La Moca que vivimos. Breve repaso del pasado (1 de 3)

Para nosotros, no importa cuán lejano esté el pasado que recordamos, Moca sigue siendo un punto vivo en el recuerdo y un destello firme de luz que se irradia dulcemente sobre los soberanos vestigios de la memoria.

Estas letras de hoy constituirán una honda y larga travesía por los senderos de la nostalgia. Amor y vivencias las impulsan. Sueños de inspirada presencia y dulces fantasmas memoriosos las identifican. Voy a hablarles del pasado, porque quizá, en lo más profundo de nuestros ensueños y vitalidades, sólo el pasado puede hacer el milagro del abrazo común y de las comunes conquistas, en medio de los avatares que nos distancian y en medio de las diferencias que nos desunen.

Un gran pensador del siglo veinte, el mexicano Octavio Paz recuerda en una de sus obras que “una sociedad se define no sólo por su actitud ante el futuro sino frente al pasado: sus recuerdos no son menos reveladores que sus proyectos... Nuestra historia es un texto lleno de pasajes escritos con tinta negra y otros escritos con tinta invisible. Párrafos pletóricos de signos de admiración seguidos de párrafos tachados”. Quiero poner a la luz de la lámpara del recuerdo nombres y acontecimientos que por su lejanía en el tiempo parecen ser invisibles; hechos y recuerdos que transitan fijos por los caminos de la memoria aun cuando parezcan párrafos tachados de nuestra historia común.

El pasado, escuché decir alguna vez, es nuestra dignidad. En él debemos abrevar siempre para encontrarnos con la fuente nutricia de nuestras vivencias personales. Hacia él debemos ir siempre para abrirnos a las esperanzas vivas. Desde él debemos siempre venir para poder construir, en la fiesta de la vida, el porvenir insospechado que siempre nos aguarda. Para nosotros, no importa cuán lejano esté el pasado que recordamos, Moca sigue siendo un punto vivo en el recuerdo y un destello firme de luz que se irradia dulcemente sobre los soberanos vestigios de la memoria. Los que nacimos y crecimos en Moca, sabemos que desde allí nos vienen creciendo los rigores y las ilusiones, las venturas y los reveses, la firme estela del pensamiento creador y el invariable entramado de la fe, las virtudes y los apremios, la entereza y la rectitud, las intenciones nobles y el afán de superación, y, al final –sólo para seguir creando nuevas rutas y nuevos haberes- la celebración del ideal sobre los anchos muros y las resistentes cortezas del tiempo. Moca es, por tanto, más que una geografía. Moca es la biografía de nosotros, del mismo modo que nosotros formamos parte de la suya propia. Moca es una vivencia, un hito de la memoria y un permanente y juguetón ardid de la nostalgia.

Está muy lejano el día en que don Elías Jiménez escribió estos apuntes con los que daba inicio a ese clásico de la bibliografía de nuestro pueblo que son sus Tradiciones Mocanas: “Emplazado en el mediodía de la ciudad de Moca, se encuentra un lugar elevado y prominente desde donde se domina la preciosa esmeralda de los cultivos, hasta que sus nuevas tonalidades van palideciendo a la distancia para confundirse con el perfil sinuoso de la montaña. Este otero se llamó El Alto de la Ferrera, después El Alto de las Canas, y hoy se conoce con el nombre de La Antigua Fortaleza. Es el núcleo tradicional, sincero y legendario, a cuyo alrededor nació y creció la Villa del Viaducto. Su amor está vinculado intensamente en el corazón de los viejos mocanos, que lo consideran como el tabernáculo de sus recuerdos más amados”.

Cuando don Elías escribió esta introducción a su bello libro, el siglo veinte apenas se contorneaba en sus meandros de oscuridad y pobreza, pero ya los mocanos de entonces, nuestros ancestros, hablaban de sus recuerdos, y en un lugar específico, El Alto de la Ferrera, El Alto de las Canas o La Antigua Fortaleza –nombres que fueron dándoles los antiguos mocanos según sus épocas- rememoraban el tiempo de sus hazañas juveniles y de sus venturas y desventuras comarcales. Uno repasa la historia de Moca, la que alejada de nuestras historias personales, al margen de los Contreras y Passicá, de los Cáceres, Lara y Vásquez, o sea, de las epopeyas y tiranicidios, y disfruta en toda su plenitud vivencial lo que fue nuestra patria chica para aquellos que nos precedieron, y lo que significaron sus personalidades más representativas en la configuración del alma mocana.

El mismo don Elías Jiménez recuerda –al construir la memoria de aquellos compueblanos que vieron la luz del sol entre los años 1869 y 1870, como fue su caso– a un personaje al que quizá muchos mocanos de nuestros tiempos no habían oído mencionar nunca: Don Maximiliano Anaxímenes Anaxágora del Bosque y Llanos, Secretario Perpetuo de la Alcaldía Constitucional, conforme su identificación, a quien describe como una “figura típica, vanidosa y oronda” y de quien hace mofas por sus actuaciones como abogado. Desde luego, don Elías, que era un humorista fino, probablemente ocultaba con ese nombre a alguien de quien buscaba burlarse en sus crónicas. O de aquel alcalde que identifica como don Carlos Reyes y Montesinos, de origen español, y a quien define sarcásticamente del siguiente modo: “Enfundado en un chaquetón de paño oscuro, que vestía habitualmente, un pantalón de rayas, un chaleco de chupa y un grueso bastón con puño de plata, don Carlos Reyes y Montesinos tenía un aspecto formidable, era algo así como un sacramento en marcha”. O aquel personaje pintoresco que nunca conocimos –en una Moca que en cada época ha tenido siempre sus personajes inolvidables-, a quien las memorias de los más viejos reconocen con el nombre de Pancho Bidasoa, “borrachón impenitente y contumaz, que se gozaba en pasearse por las calles repartiendo saludos protectores como si fueran bendiciones papales”.

Y así, sobre los fastos de la memoria, encontramos, sin haberlos vivido, la elocuencia de Ramón Amado Guzmán, el virtuosismo de Gabriel del Orbe, la capacidad para la composición musical de Luis Ramírez, el civilismo de don Carlos María de Rojas, primer gobernador de la provincia Espaillat; y con ellos, las nobles familias de una dignísima estirpe de Laras y Rojas, de Guzmanes y Rodríguez, de Taveras y Bencosmes, de Rojas y Estrellas, de Jiménez y Morales, de Espaillat y Morillo, de Sanabias y Vásquez, de Hernández y Compreses, de Henríquez y Micheles, de Tejadas y García, que dieron lustre a una época y que acabaron identificando con sus blasones propios a esa “preciosa esmeralda de los cultivos” que define con tanta propiedad don Elías Jiménez.

Los sencillos y humildes, los del montón salidos, también tuvieron sus descendencias inauditas. Al borracho Pancho Bidasoa lo sustituyó en el tiempo El Malévolo; a Titico, “un humano zafacón ambulante” como lo recordó otro gran escritor humorístico de nuestra tierra Rubén de Lara Viñas, “cuyo único destino era el de recoger desde que asomaba la luz del día, como si estuviese a sueldo de alguna oficina sanitaria, todo cuanto la humanidad ha declarado sin valor alguno”, personaje pintoresco de los años treinta y cuarenta del pasado siglo, lo sustituyó en el tiempo Fello el Tíguere; a Rosendo, un personaje de los años cuarenta, limosnero de cuerpo deformado, famoso entonces porque viajaba entre pueblos en un carricoche destartalado, lo fue sustituyendo La Mula; mientras que a La Momia, que conocimos todos los de nuestra generación, no lo sustituyó nadie, porque La Momia, cuyo cuerpo desgarbado, al decir de Rubén de Lara en memorable estampa, constituía un triple desafío al tiempo, a la miseria y a los microbios, fue figura pintoresca desde principios de los años cuarenta cuando se apareció en Moca como si hubiese escapado de un sarcófago de las pirámides de Keops, y fue trasvasando las edades y los tiempos hasta llegar a la contemporaneidad con su edad indefinida y su anonimato perenne porque nunca se supo qué nombre trajo o le pusieron al nacer.

(Siga la ruta a esta historia el próximo sábado)

Libros
  • Tradiciones Mocanas
  • Elías Jiménez
  • Ediciones de Cultura, 2009. 187 págs.
  • Considerado el César Nicolás Penson mocano. Clásico de las letras de esa comunidad, este libro esboza las principales tradiciones de Moca. Se publicó en 1970 con notas y adiciones de Adriano Miguel Tejada.
  • ¿Eres mocano? Y otras páginas
  • Ramón Amado Guzmán
  • Editora Universitaria, 1986. 103 págs.
  • Fue en su tiempo el principal vocero de la mocanidad intelectual. Estos textos, aparecidos en tres distintos medios periodísticos de la Moca de principios de siglo, fueron recopilados por Julio Jaime Julia.
  • Perfiles Mocanos del Ayer
  • Pablo Valentín Michel
  • Ahora Printing, Miami, 2003. 215 págs.
  • El hijo mayor del inolvidable profesor Valentín Michel, escribe unas formidables evocaciones que abarcan los orígenes, la tragedia, la epopeya, la vida religiosa, con una sección dedicada a los mocanos prominentes.
  • Fragancias del recuerdo
  • José Abigaíl Cruz Infante
  • Rafael Martínez González
  • Amigo del Hogar, 1988. 239 págs.
  • Estampas de la Moca de ayer. El vivo retrato de un pueblo desde la narración de episodios que identifican su andadura. Una obra importante en la bibliografía mocana.
  • Moca, el pueblo de antes
  • Eduardo García Michel
  • Grupo Diario Libre, 2018. 386 págs.
  • Fascinante conjunto de estampas de la historia de Moca, que incluye aspectos fundamentales del pasado, la familia García-Michel y sus vínculos con la historia y la presencia de Moca en la gesta del 30 de mayo.

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