Los cementerios de Franklin Gutiérrez

Hay pasiones de muerte. San Agustín decía que la vida no es más que una muerte lenta. Pero uno nunca asume la irremediable sentencia del final. Ni siquiera cuando la conoce, de cerca o de lejos, en ese tránsito pesaroso que se sufre en el instante en que llega para otros y uno la ve pasar "con su coñac, su pómulo moral, sus pasos de acordeón, su palabrota" como la recordaba César Vallejo.

Ella espera en todas partes y uno va a su encuentro, sin detectarla. No sabemos cómo llega, pero sí sabemos que llegará. Oh, muerte, ¿dónde está tu aguijón? Oh, tumba, ¿dónde está tu victoria, reclama en Corintios el apóstol, interpelando la razón ante la gravedad del misterio.

Pensar en la muerte, importuna la vida. Saber que se presentará una vez, ya es suficiente para ignorarla. Hay clamores religiosos que la suplantan, verdades eternas que la reducen, pero en su vital estancia -¡vaya paradoja!- solo un acto místico, un crepitar angélico, una seducción mesiánica, puede maniatarla, engullirla en fauces de serenidad, aunque uno presume que, de cualquier manera, el asombro circunvalará su entorno y el pavor ante sus designios creará el segundo en que se deseará el "aparta de mí este cáliz".

Aunque el rostro de la muerte se muestra en el instante en que sucede, en la vastedad de las necrópolis, en esa instancia de infinitos en que la poquedad de la vida se trasunta solícita, observamos su totalidad devastadora y, más allá, los entuertos, las mojigaterías, las murrias recónditas, las piedades inclementes, los baldones impíos, las testas arrogantes, las carencias elevadas y las humildades lacerantes, todo en una, una -la muerte- en todos, encerrada la vitalidad en la holgura terrestre sin más contemplación que la invalidez de la eternidad. Espaciosa, imperdonable, arrogante, invencible, vengadora, en los fosales ningún mérito reina, solo la inmutable verdad de lo finito.

No sé si honro la verdad al decir que no la temo, sino que acato su presencia, ignorándola adrede. Nací y crecí en la que creo es la calle más larga de mi pueblo. Finaliza cuando se interna en el camino que lleva a un poblado rural, justo donde está situado el campo santo. De niño, escuché la historia de una mujer que salía de madrugada de su tumba a ambular por las calles del pueblo arrastrando sus cadenas, y confieso que escuché muchas veces el sonido metálico de su tunante esclavitud cuando pasaba por la vía de mi casa en noches que me resultaban interminables y donde la imaginación construía su cauce en espacios de insondable misterio. Adolescente, en las enredaderas del amor, hacía la mensajería a un amigo a quien, por los inconvenientes paternales de la dulcinea, encontraba como único resguardo de su pasión el encuentro necrófilo tras las oscuras, pero propicias, escondederas de las losas sepulcrales. Tres hijos tuvieron, el mayor concebido en aquel escondrijo de huesos y espíritus.

Aunque me cuelo ahora de tarde en tarde -los años modifican algunas mancuernas- a visitar la estancia donde mora mi madre, sigo teniendo aversión a los cementerios. He estado en el Pere Lachaise, de París, y en el Pardo, de Madrid, tras los espacios finales de escritores y dictadores, y me devuelvo del portón de entrada. Miro de soslayo el Colón de La Habana, y no me detengo. Estuve a la puerta del famoso cementerio judío de Praga, donde hacen cola los turistas para internarse en aquella enredadera de tumbas holocáusticas, y casi al pagar el bono de ingreso preferí dar marcha atrás. En Cuneo, Santo Stefano Belbo, en Italia, en compañía de poetas del patio, no tuve menos que aceptar la invitación del Alcalde y de nuestro guía, un admirado escritor, para visitar, caminando a pie desde el poblado, el cementerio local que se abre con el mausoleo donde se encuentras los restos de uno de los escritores italianos más importantes del siglo veinte, César Pavese. Pero, las experiencias creo que no pasan de estas que señalo.

Tengo un amigo escritor que para él, sin embargo, el afán de conocer cementerios y tumbas se ha convertido en una obsesión que asume con vitalidad estremecedora, a un nivel de que ha terminado contagiando a muchos de sus cercanos, inclusive el contrapuesto asere de esta pasión retintada de los rancios vapores de la parca, o sea el suscrito, quien de visita en un viejo monasterio de Lisboa se atrevió a fotografiar la tumba del gran poeta lusitano Camoens para traerlo como reliquia al amigo necrófilo.

Pero, vengan las verdades completas. Mi amigo Franklin Gutiérrez, doctor en Literatura Hispanoamericana y Caribeña y catedrático de York College, de la Universidad de Nueva York, se ha internado en cementerios de aquí y de allá, ambulando feliz -hay que escucharlo hablar de esta aventura- en esos intersticios de sombras para indagar sobre las últimas moradas de un poeta, de un novelista, de un luchador político, de víctimas de desafueros históricos, de notables figuras públicas que yacen en esos espacios, muchos rodeados de yerbas malas, otros de las malezas que la municipalidad no corrige, otros tantos olvidados hasta por sus propias descendencias. Por una década incesante y más de doscientos camposantos visitados, viajando de la urbe newyorquina para arribar a los huertos del Señor en campos y llanuras, en metrópolis y aldeas, en grandes ciudades y en pequeñas comarcas, con la ayuda de guardianes desconocidos que ubican, y enfrentando las sutilezas de espíritus rebeldes que rehusan ser embestidos por los flashes o a ser molestados en sus falsos descansos por la impertinencia de un investigador que no se inmuta ante las presencias inauditas, que rebate, de esos manes no tutelados.

El mundo de los muertos es tan excitante y decepcionante como el de los vivos, ha escrito con un desenfado tal que uno termina por justificarlo. Y tiene pruebas, Dios lo guarde. En esos espacios, ha hecho decenas de tomas fotográficas que luego no se registran; intenta poner a andar su vehículo y no logra siquiera que encienda, los sistemas de combustión de su carro se perforan, los neumáticos se desinflan, la gasolina se transforma en líquido acuoso y espeso de color y forma del chocolate mal cocido, el instrumento fotográfico sufre calentamientos repentinos y expele olores a cauchos incinerados. Y aún sigue. Un mecánico que le atendió en uno de sus trances vehiculares posmorten, le espetó en tono que él califica de ceremonioso y firme: "La bomba de gasolina acaba de fallecer". Y en otra ocasión, el guardián del camposanto, al ver los estragos sufridos por su cámara fotográfica le hizo saber que el responsable era el Barón del Cementerio que tiene aversión a las fotografías.

"Componente folklórico y cabalístico" le llama Franklin Gutiérrez a estos pormenores ¿de la casualidad o del misterio? Lo relevante empero, es el resultado de este trabajo, creo que sin precedentes. Aparte de mostrarnos la deprimente situación de las desoladas ciudades de los muertos, llenas de yerbajos, abandonadas en su aseo, enterramientos sin orden, vertederos de despojos humanos condenados a la indiferencia, Gutiérrez ha develado la sociología de la muerte en República Dominicana: los muertos de primera, segunda y tercera, los mausoleos fastuosos, las tumbas de ilustres políticos, gobernantes y escritores, las tumbas sencillas, las celebridades olvidadas, la escritura de los epitafios, conforman un tinglado de conocimiento, historia y criticidad del que nadie se había ocupado antes. Completando esta geografía de la muerte y sus espacios, encontramos las descripciones de los cementerios de Santo Domingo, de los provinciales y municipales, de los cementerios de nadie -que los hay-, de las supersticiones y leyendas que estos espacios generan, de las inscripciones lapidarias, divididas por Gutiérrez en sinceras, discursivas, ilusas, usurpadas, incongruentes, despiadadas, desinhibidas, de oficios y profesiones, y de estilos de vida. (Un ejemplo del sincero: "Aquí yace el que quiso ser y no pudo, quiso ser oído, pero nadie lo oyó, quiso volar muy alto, pero su vuelo se cansó". En el cementerio municipal de Tamboril.)

Más de un centenar de personalidades mostradas en las terrazas de la eternidad, donde mora la pequeñez humana, junto a la galería luctuosa del Generalísimo y de los doce años aquellos. Pero, sobre todo, la muestra pionera de la pasión del autor por la muerte y sus moradas, en una inigualable antología de cementerios, huesos, tumbas y reflexiones plurales, orientadas a convertir la muerte en un asunto cotidiano, propósito manifiesto -y logrado- del autor. Pasión de muerte, tensión de vivos.

("De cementerios, varones y tumbas. Múltiples caras de la muerte en la cultura y la literatura dominicana". Franklin Gutiérrez. Ediciones de Cultura: 2012 / 380 pp.)

www. jrlantigua.com

Pensar en la muerte, importuna la vida.

Saber que se presentará una vez,

ya es suficiente para ignorarla.

20130427 http://www.diariolibre.com

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