Los Meyers ya no viajarán...
Este hombre, que se llama Emilio Sigler, está temblando de pies a cabeza. Nadie lo diría en alguien de su corpulencia y carácter, mucho menos en quien, con mano de hierro y corazón blindado, lleva los asuntos relacionados con el importante cargo que ocupa en el gabinete del Jefe: el de Director General de Inmigración, adscrito a la Secretaría de Interior y Policía. Pero no solo está temblando, como una frágil florecilla zarandeada por el viento, sino que se ha puesto pálido y ha dejado caer de sus manazas el ejemplar de "El Caribe" que recién leía. Y desde el suelo aquellas enormes letras del titular siguen entrándole por los ojos, chupándole las fuerzas y haciéndolo buscar un sillón donde echarse, sin aliento...
"Decenas de divisiones del Ejército alemán invaden Holanda, Bélgica, Francia y Luxemburgo... Encarnizados combates en La Haya, Amsterdam y Rotterdam... Desembarcos aerotransportados, hidroaviones, tanques y trenes blindados garantizaron ventaja inicial a los atacantes... Destruida en tierra la fuerza aérea de los Países Bajos... El Partido Nazi Holandés actuó como quinta columna... Se desconoce paradero de la Reina Guillermina I y el resto de la Familia Real..."
Emilio Sigler traga en seco y no atina a nada que no sea sudar y pasarse las manazas por la cara, como queriéndose quitar las letras leídas, que lo han dejado como un muñeco sin cuerda. Pero no puede. Por primera vez en su vida militar comprende que ha cometido un error estratégico, y que por dejar pasar detalles importantes, por confiarse, ha terminado metido en una situación tan comprometida, como la de las tropas del general Henri Wilkeman, Comandante en Jefe del Ejército holandés, que comprenden ahora, bajo el fuego de los aviones Stuka, y las oleadas de paracaidistas alemanes descendiendo sobre cada rincón del país, que en la Europa de Hitler, Mussolinni, Stalin y Churchill, la neutralidad dejó hace rato de existir, y que solo de haberse armado a tiempo, y preparado a conciencia, quizás, hubiese retardado, que no evitado, la catástrofe. Y Emilio Sigler siente miedo, el mismo miedo animal, instintivo, que sacude a los combatientes bisoños holandeses que están ahora enterrados detrás de la Línea de Agua, bajo el fuego inclemente de 1378 piezas de artillería,759 tanques y 1150 aviones, intentando detener el avance de 750 mil soldados alemanes, bajo el mando del general Fedor Von Bock.
Dos meses y cinco días antes de este amanecer terrible, de esta mañana sombría del 10 de mayo de 1940, Emilio Sigler había respondido, cortésmente, el oficio 556, del 28 de febrero, mediante el cual el Tesorero Nacional le había comunicado que The Royal Bank of Canadá avisaba tener a su disposición la suma de $2500 usd para cubrir los pagos de los impuestos requeridos para que una familia de acaudalados judíos holandeses, los Meyers, pudiese emigrar a República Dominicana. En su contestación a Virgilio Abreu, el Tesorero, Sigler había afirmado, escuetamente, que tomaba nota del asunto, y nada más. Para calmarse, pensaba ahora, no podía haberse detenido en aquel asunto, por la sencilla razón de que cada día su despacho era inundado por peticiones similares de familias judías de todos los rincones europeos, canalizadas a través de los consulados dominicanos, pero también de diferentes iglesias, sociedades fraternales, gremios profesionales, organizaciones de socorro y caridad, legaciones de otras naciones americanas, empresas y universidades, galerías de arte y bibliotecas, clubes de bibliófilos, gabinetes de psicoanalistas, teósofos y ocultistas. Toda aquella avalancha, detrás de la que podían adivinarse miedos cervales, desesperaciones conmovedoras, tragedias personales y el olor dulzón de la muerte, no alcanzó nunca a conmover el corazón de Emilio Sigler, quien tramitaba los reclamos con la pulcra indiferencia de un funcionario ejemplar: no se les admitiría en el país, pues según las directivas del Gobierno, lo que la República necesitaba eran inmigrantes blancos y agricultores, capaces de interponerse entre el país y aquella otra avalancha levantisca haitiana, que a pesar de tratados y de "El Corte", de 1937, seguía perforando y moviendo los límites fronterizos. Y como, para el Jefe, los judíos no eran ni una cosa, ni la otra, las puertas para ellos seguirían cerradas.
Claro, también Emilio Sigler sentía, como el Jefe mismo y el resto de los oficiales y funcionarios de su gobierno, una indiscutible fascinación por "los líderes fuertes" que estaban cambiando la faz de Europa, como si se tratase de rectificar siglos de debilidades, anarquías, errores raciales y demagogia liberal. Y no había razón alguna para enemistarse con aquellos, acogiendo o mostrando alguna simpatía por estos. "Que cada cual cargue su cruz -se reconfortaba pensando al dar un carpetazo a cada una de aquellos alaridos desesperados que eran las solicitudes de visado de los judíos europeos- como mismo se la hicieron cargar al Redentor". Y seguía, satisfecho en su rutina habitual.
Pero Emilio Sigler ahora no para de sudar, siente, incluso, cierta opresión sospechosa en el pecho. ¿Cómo pudo, en el caso de los Meyers, no haberse dado cuenta, a tiempo? ¿Cómo pudo estar tan ciego, o tan indiferente, o tan dormido embutido en su impecable uniforme militar y sus botas lustrosas?
Ahora, hurgando en su mente, recordaba que el 5 de marzo, el Tesorero Nacional, Sr Abreu, le había reenviado el texto de un radiograma recibido desde Amsterdam, mediante el cual Ernest Meyers, el cabeza de la familia, comunicaba que "...por gravedad súbita de nuestra madre, estamos imposibilitados de viajar... Ruégole devolverme telegráficamente la suma enviada para los impuestos, menos gastos..."
Así fue, recordaba: los Meyers ya no viajarían, bien por decisión familiar, ante la inesperada indisposición de la matriarca del clan, o por haber hecho el balance de costos- beneficios del proyectado desplazamiento de vidas y negocios, desde el corazón de Europa a una isla desconocida del fin del mundo. Y en ese preciso momento, se lamentaba ahora un desfallecido Emilio Sigler, fue cuando su aguzado olfato de perro de presa debió alertarlo. Y esa alarma fue la que jamás se dejó escuchar. Y ojalá no fuera ya tarde para actuar, como la situación exigía, piensa.
Y este hombre fuerte y decidido, de bruscas maneras militares, siente, de pronto, que una reconfortante oleada de calor lo invade, ascendiendo desde los pies hasta la cabeza. De golpe recobra la compostura, deja de sudar y le regresa aquella fiereza natural de peleador nato, que lo ha sacado siempre con ventaja de cada trance. Este hombre es de nuevo Emilio Sigler, el Director General de Inmigración del Jefe: duro, despiadado, inconmovible, enérgico, aplomado... Y, no sin cierta vergüenza, se levanta de un salto, pisa el ejemplar de "El Caribe", que sigue anunciando desde el suelo el hundimiento del gobierno holandés y la ineludible incorporación del país al Reich, y se sienta a su escritorio, del que penden los tenues hilos que hoy separan la vida y la muerte de muchos fugitivos y perseguidos. Y siente de nuevo ese enorme poder que le endereza los hombros, le tonifica los músculos y hasta le provoca cierto cosquilleo de poder en la entrepierna.
Una semana después, toda resistencia ha concluido. Ya se sabe la magnitud del desastre: Amsterdam inmisericordemente bombardeado y reducido a cenizas, con el costo de 900 vidas de civiles sacrificadas. El Gobierno y el Ejército holandés, rendidos La Reina obligada a huir a Londres, donde ha formado un gobierno en el exilio, tras eludir a los oficiales alemanes de las SS, que se habían entrenado en el protocolo para poder mostrar maneras elevadas al arrestar a la Casa Real. Y lo peor: medio millón de judíos holandeses, entre ellos los Meyers, atrapados y sin salida, a merced de aquel poder ciego y metódico, que hizo de su exterminio total un slogan movilizador del pueblo.
Pero Emilio Sigler presenciará todo eso desde la distancia, desde su despacho, cómodamente instalado y dando las órdenes que cuadraban al capitán de un buque que se hunde, pero tiene el deber, y la fuerza necesaria, para salvar lo esencial del naufragio. Y lejos de aquel momentáneo desconcierto del 10 de mayo, el Director General de Inmigración sabrá enfocarse y actuar, leyendo, con gusto, papeles gubernamentales que, a cada paso, le darán la razón.
"Los judíos holandeses-escribía Carlos Brebbia, el Embajador argentino en los Países Bajos, en un informe confidencial a su gobierno, convenientemente "caído" en manos del Jefe, y circulado por este entre sus incondicionales- no son los pobres judíos de Varsovia. Pertenecen a la categoría de los magnates de las finanzas, la industria y el comercio. Dominan la Bolsa de Diamantes, el Mercado de Valores, la Cámara de Cereales, y ejercen gran control sobre la "Royal Dutch" y la "Shell"... (Por ellos), como no está en nuestras posibilidades vencer al Minotauro, sería locura desafiar sus iras."
Emilio Sigler, ya no es más aquel muñeco fláccido y desmoralizado de hace unos días. Sonreía, henchido de poder y autosatisfacción cuando, después de la rendición holandesa, y dando por perdidos a los Meyers, dictó una carta privada dirigida al Tesorero Nacional. En ella le insinuaba, muy discretamente, la alta conveniencia patriótica de reclamar al The Royal Bank of Canadá, para empezar, aquel suculento depósito de los inmigrantes que nunca viajaron, y que pronto, gracias a la maquinaria nazi, ya nadie podrá seguir reclamando.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
"Decenas de divisiones del Ejército alemán invaden Holanda, Bélgica, Francia y Luxemburgo... Encarnizados combates en La Haya, Amsterdam y Rotterdam... Desembarcos aerotransportados, hidroaviones, tanques y trenes blindados garantizaron ventaja inicial a los atacantes... Destruida en tierra la fuerza aérea de los Países Bajos... El Partido Nazi Holandés actuó como quinta columna... Se desconoce paradero de la Reina Guillermina I y el resto de la Familia Real..."
Emilio Sigler traga en seco y no atina a nada que no sea sudar y pasarse las manazas por la cara, como queriéndose quitar las letras leídas, que lo han dejado como un muñeco sin cuerda. Pero no puede. Por primera vez en su vida militar comprende que ha cometido un error estratégico, y que por dejar pasar detalles importantes, por confiarse, ha terminado metido en una situación tan comprometida, como la de las tropas del general Henri Wilkeman, Comandante en Jefe del Ejército holandés, que comprenden ahora, bajo el fuego de los aviones Stuka, y las oleadas de paracaidistas alemanes descendiendo sobre cada rincón del país, que en la Europa de Hitler, Mussolinni, Stalin y Churchill, la neutralidad dejó hace rato de existir, y que solo de haberse armado a tiempo, y preparado a conciencia, quizás, hubiese retardado, que no evitado, la catástrofe. Y Emilio Sigler siente miedo, el mismo miedo animal, instintivo, que sacude a los combatientes bisoños holandeses que están ahora enterrados detrás de la Línea de Agua, bajo el fuego inclemente de 1378 piezas de artillería,759 tanques y 1150 aviones, intentando detener el avance de 750 mil soldados alemanes, bajo el mando del general Fedor Von Bock.
Dos meses y cinco días antes de este amanecer terrible, de esta mañana sombría del 10 de mayo de 1940, Emilio Sigler había respondido, cortésmente, el oficio 556, del 28 de febrero, mediante el cual el Tesorero Nacional le había comunicado que The Royal Bank of Canadá avisaba tener a su disposición la suma de $2500 usd para cubrir los pagos de los impuestos requeridos para que una familia de acaudalados judíos holandeses, los Meyers, pudiese emigrar a República Dominicana. En su contestación a Virgilio Abreu, el Tesorero, Sigler había afirmado, escuetamente, que tomaba nota del asunto, y nada más. Para calmarse, pensaba ahora, no podía haberse detenido en aquel asunto, por la sencilla razón de que cada día su despacho era inundado por peticiones similares de familias judías de todos los rincones europeos, canalizadas a través de los consulados dominicanos, pero también de diferentes iglesias, sociedades fraternales, gremios profesionales, organizaciones de socorro y caridad, legaciones de otras naciones americanas, empresas y universidades, galerías de arte y bibliotecas, clubes de bibliófilos, gabinetes de psicoanalistas, teósofos y ocultistas. Toda aquella avalancha, detrás de la que podían adivinarse miedos cervales, desesperaciones conmovedoras, tragedias personales y el olor dulzón de la muerte, no alcanzó nunca a conmover el corazón de Emilio Sigler, quien tramitaba los reclamos con la pulcra indiferencia de un funcionario ejemplar: no se les admitiría en el país, pues según las directivas del Gobierno, lo que la República necesitaba eran inmigrantes blancos y agricultores, capaces de interponerse entre el país y aquella otra avalancha levantisca haitiana, que a pesar de tratados y de "El Corte", de 1937, seguía perforando y moviendo los límites fronterizos. Y como, para el Jefe, los judíos no eran ni una cosa, ni la otra, las puertas para ellos seguirían cerradas.
Claro, también Emilio Sigler sentía, como el Jefe mismo y el resto de los oficiales y funcionarios de su gobierno, una indiscutible fascinación por "los líderes fuertes" que estaban cambiando la faz de Europa, como si se tratase de rectificar siglos de debilidades, anarquías, errores raciales y demagogia liberal. Y no había razón alguna para enemistarse con aquellos, acogiendo o mostrando alguna simpatía por estos. "Que cada cual cargue su cruz -se reconfortaba pensando al dar un carpetazo a cada una de aquellos alaridos desesperados que eran las solicitudes de visado de los judíos europeos- como mismo se la hicieron cargar al Redentor". Y seguía, satisfecho en su rutina habitual.
Pero Emilio Sigler ahora no para de sudar, siente, incluso, cierta opresión sospechosa en el pecho. ¿Cómo pudo, en el caso de los Meyers, no haberse dado cuenta, a tiempo? ¿Cómo pudo estar tan ciego, o tan indiferente, o tan dormido embutido en su impecable uniforme militar y sus botas lustrosas?
Ahora, hurgando en su mente, recordaba que el 5 de marzo, el Tesorero Nacional, Sr Abreu, le había reenviado el texto de un radiograma recibido desde Amsterdam, mediante el cual Ernest Meyers, el cabeza de la familia, comunicaba que "...por gravedad súbita de nuestra madre, estamos imposibilitados de viajar... Ruégole devolverme telegráficamente la suma enviada para los impuestos, menos gastos..."
Así fue, recordaba: los Meyers ya no viajarían, bien por decisión familiar, ante la inesperada indisposición de la matriarca del clan, o por haber hecho el balance de costos- beneficios del proyectado desplazamiento de vidas y negocios, desde el corazón de Europa a una isla desconocida del fin del mundo. Y en ese preciso momento, se lamentaba ahora un desfallecido Emilio Sigler, fue cuando su aguzado olfato de perro de presa debió alertarlo. Y esa alarma fue la que jamás se dejó escuchar. Y ojalá no fuera ya tarde para actuar, como la situación exigía, piensa.
Y este hombre fuerte y decidido, de bruscas maneras militares, siente, de pronto, que una reconfortante oleada de calor lo invade, ascendiendo desde los pies hasta la cabeza. De golpe recobra la compostura, deja de sudar y le regresa aquella fiereza natural de peleador nato, que lo ha sacado siempre con ventaja de cada trance. Este hombre es de nuevo Emilio Sigler, el Director General de Inmigración del Jefe: duro, despiadado, inconmovible, enérgico, aplomado... Y, no sin cierta vergüenza, se levanta de un salto, pisa el ejemplar de "El Caribe", que sigue anunciando desde el suelo el hundimiento del gobierno holandés y la ineludible incorporación del país al Reich, y se sienta a su escritorio, del que penden los tenues hilos que hoy separan la vida y la muerte de muchos fugitivos y perseguidos. Y siente de nuevo ese enorme poder que le endereza los hombros, le tonifica los músculos y hasta le provoca cierto cosquilleo de poder en la entrepierna.
Una semana después, toda resistencia ha concluido. Ya se sabe la magnitud del desastre: Amsterdam inmisericordemente bombardeado y reducido a cenizas, con el costo de 900 vidas de civiles sacrificadas. El Gobierno y el Ejército holandés, rendidos La Reina obligada a huir a Londres, donde ha formado un gobierno en el exilio, tras eludir a los oficiales alemanes de las SS, que se habían entrenado en el protocolo para poder mostrar maneras elevadas al arrestar a la Casa Real. Y lo peor: medio millón de judíos holandeses, entre ellos los Meyers, atrapados y sin salida, a merced de aquel poder ciego y metódico, que hizo de su exterminio total un slogan movilizador del pueblo.
Pero Emilio Sigler presenciará todo eso desde la distancia, desde su despacho, cómodamente instalado y dando las órdenes que cuadraban al capitán de un buque que se hunde, pero tiene el deber, y la fuerza necesaria, para salvar lo esencial del naufragio. Y lejos de aquel momentáneo desconcierto del 10 de mayo, el Director General de Inmigración sabrá enfocarse y actuar, leyendo, con gusto, papeles gubernamentales que, a cada paso, le darán la razón.
"Los judíos holandeses-escribía Carlos Brebbia, el Embajador argentino en los Países Bajos, en un informe confidencial a su gobierno, convenientemente "caído" en manos del Jefe, y circulado por este entre sus incondicionales- no son los pobres judíos de Varsovia. Pertenecen a la categoría de los magnates de las finanzas, la industria y el comercio. Dominan la Bolsa de Diamantes, el Mercado de Valores, la Cámara de Cereales, y ejercen gran control sobre la "Royal Dutch" y la "Shell"... (Por ellos), como no está en nuestras posibilidades vencer al Minotauro, sería locura desafiar sus iras."
Emilio Sigler, ya no es más aquel muñeco fláccido y desmoralizado de hace unos días. Sonreía, henchido de poder y autosatisfacción cuando, después de la rendición holandesa, y dando por perdidos a los Meyers, dictó una carta privada dirigida al Tesorero Nacional. En ella le insinuaba, muy discretamente, la alta conveniencia patriótica de reclamar al The Royal Bank of Canadá, para empezar, aquel suculento depósito de los inmigrantes que nunca viajaron, y que pronto, gracias a la maquinaria nazi, ya nadie podrá seguir reclamando.
Pero Emilio Sigler ahora no para de sudar. ¿Cómo
pudo, en el caso de los Meyers, no haberse dado
cuenta, a tiempo? ¿Cómo pudo estar tan ciego,
o tan indiferente, o tan dormido embutido en
su impecable uniforme militar y sus botas lustrosas?
pudo, en el caso de los Meyers, no haberse dado
cuenta, a tiempo? ¿Cómo pudo estar tan ciego,
o tan indiferente, o tan dormido embutido en
su impecable uniforme militar y sus botas lustrosas?
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
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