20180526 https://www.diariolibre.com

Se me subieron los colores patrióticos al rostro no obstante el tostado permanente de mi tez. Turno de Seattle en mi andadura profesional y en la sede de la Fundación Gates, por ejemplo, la recepción estuvo saturada de referencias a Robinson Canó y las expectativas creadas por su reciente incorporación a los Marineros, a punto de naufragar en las temporadas previas.

Si hoy visitara esa perla del noroeste estadounidense y alguien mencionase ese nombre, el rubor me abrasaría por razones muy diferentes. El segunda base dominicano acaba de ser suspendido por 80 partidos tras comprobarse que violó el programa antidopaje del béisbol. Otro número engrosa las tristes estadísticas que colocan a los jugadores nativos a la cabeza de los trapaceros.

Andaba bien encaminado Platón al prescribir el gobierno de los filósofos como necesidad insoslayable para un mundo ideal, con habitantes poseedores del equilibrio preciso entre la razón, apetito y ánimo. En la armonía de estos tres elementos consubstanciales al alma y de donde deriva la ética, residen el bienestar y la salud mental.

En la propuesta platónica, la razón controla, genera las ideas y, a su vez, es reforzada por el ánimo. Utopía, ciertamente, que revela la complejidad de la naturaleza humana y la dificultad que conlleva el orden en las sociedades. Como nunca gobernarán los filósofos, especie en peligro de extinción por el olvido de las Humanidades en el siglo de la tecnología y la informática, la imperfección rige y regirá en el universo de los bípedos.

No se jugaba béisbol en los tiempos del gran filósofo griego y a los atletas de la época bastaba la corona olímpica de laurel para compensar el esfuerzo del músculo. El desequilibrio entre la razón y el apetito, tan evidente en el deporte más popular en nuestro país, conduce a la ineludible conclusión de que el espíritu destructivo es intrínseco al ser humano. Subvierten el ánimo y debilitan el alma las noticias comprobadas de que los dominicanos en la pelota organizada de los Estados Unidos ocupan lugares precedentes en las estadísticas funestas de los consumidores de sustancias prohibidas. La dureza de las penas debe igualar la falta, y no puede ser de otra manera si se quiere salvar los principios básicos de la buena lid que rigen toda competencia deportiva. Como disuasivo, empero, el castigo ha fracasado.

Canó es una megaestrella y anda en compañía semejante, la de Alex Rodríguez. Caso relevante el del relevista dominicano Jenry Mejía, primer pelotero en toda la historia suspendido de por vida luego de comprobarse por tercera vez que había consumido substancias prohibidas. Vaya honor: presidir el listado de la ignominia mayúscula, encabezar la alineación de mañosos que nunca más ejercitarán profesionalmente la disciplina que los hizo ricos, famosos.

No bien se anunciaba la desgracia de Canó cuando otra noticia acarreaba vergüenza nacional. Wellington Castillo, receptor de los Medias Blancas de Chicago, sancionado también por el uso de sustancias prohibidas. Doloroso leer en ESPN Deportes: “Los números hablan por sí solos. Los cinco jugadores (...) que han sido suspendidos por MLB por violar la política antidopaje en el 2018 son dominicanos. El receptor Randy Read, de los Nacionales de Washington, fue el primero el 7 de febrero, una semana antes de que arrancaran los entrenamientos primaverales, y luego siguieron el jardinero Jorge Bonifacio, de los Reales de Kansas City; el torpedero Jorge Polanco, de los Mellizos de Minnesota; Canó y Castillo”.

La ignominia no termina: “También eran quisqueyanos los únicos dos castigados en 2017 (el jardinero Starling Marte, de los Piratas de Pittsburgh, y el lanzador David Paulino, de los Astros de Houston). Además, son quisqueyanos ocho de los últimos diez y 10 de 16 suspendidos en los últimos tres años”.

Nuestros atletas ocupan espacios precedentes en las casillas de la excelencia en los circuitos grandes y menores. También en el apartado del escarnio, donde ya estuvo otro lanzador, Bartolo Colón. Inmediatamente antes le había precedido en el escándalo y la vergüenza Melky Cabrera, castigado con la misma pena de 50 partidos sin participar. Al parecer, les faltaba hombría de bien y creyeron suplirla con unas dosis de testosterona. Machismo de pacotilla y traición a un deporte con raíces profundas en los surcos de nuestra cultura, y por añadidura a los compañeros de equipo y fanáticos. Ambos caminan en la muy mala compañía de reconocidos folloneros nacionales: Manny Ramírez, Guillermo Mota, José Guillén y Neifi Pérez, entre otros que engrosan la contabilidad del béisbol vergonzoso.

Para disminuir el inri, se argumenta la presión que sufren estas celebridades para producir sin descanso, sin bajas, sin lesiones y siempre a tono con las expectativas de quienes pagan sus salarios millonarios y los fanáticos que los idolatran. Cualquier ensayo de justificación está de antemano condenado al fracaso. Las reglas son muy claras y las advertencias, sobran. El uso de esteroides se contrapone a la regla de oro que caracteriza todo deporte y el espíritu de competencia anejo: igualdad de condiciones. El engaño se lleva de encuentro el concepto de juego limpio, el fair play como lo llaman los ingleses, y lo que de meritorio tiene superar al rival gracias a las habilidades desarrolladas en base al talento natural y al esfuerzo llevado al límite de la resistencia física, no potenciadas con drogas o elementos químicos.

Que la deshonestidad sea un vicio de alto predominio en los peloteros dominicanos, llena de espanto. Al uso de substancias prohibidas se suman las alteraciones de actas de nacimiento para ocultar la verdadera edad y la adopción de identidades falsas. Podría ser señal de un strikeout del alma nacional que se revela en la aceptación extendida del concepto maquiavélico de que el fin justifica los medios, de que en la persecución de la gloria no hay fronteras válidas.

La teoría marxista de la naturaleza humana difiere de Platón en la insistencia en las condiciones materiales como determinante. Una y otra, no obstante, coinciden en que el hombre es eminentemente social y en la importancia del grupo o la clase. En la variante aristotélica, sin sociedad no seríamos humanos. Ergo, se impone reflexionar sobre nosotros en tanto colectivo para dirimir esa tendencia destructora tan acentuada en nuestros peloteros.

Apuntaré un dato simple que me remite a mis años tempranos, porque, a mi entender, es ahí donde se templa el carácter, donde se genera la tesitura que abre espacio a Platón. Rastros primigenios se encuentran en el aula dominicana, donde copiar, sacar “chivos” o chuletas no conlleva el mismo repudio que en otras latitudes. La deshonestidad académica es tolerada y practicada con asiduidad en el sistema educativo dominicano. Si en esos primeros niveles de escolaridad no se aprende a competir armado solo con el esfuerzo propio, lo que sigue es la imprudencia, la derrota de la razón en la batalla por la vida y, por supuesto, en el estadio de pelota. Cojeamos demasiado temprano, y la impunidad aneja y el aparcamiento de las inconductas se convierten en el espejismo que nubla la razón.

El cerebro no es un músculo. De amor platónico, la escasez me acompaña igual que la razón en esos peloteros dominicanos. Pero en el montículo, en el plato y en cualquier posición incluida la filosófica, la armonía a que hacía referencia Platón en sus diálogos ilustradores carece de fecha de caducidad.

Que la deshonestidad sea un vicio de alto predominio en los peloteros dominicanos, llena de espanto. Al uso de substancias prohibidas se suman las alteraciones de actas de nacimiento para ocultar la verdadera edad y la adopción de identidades falsas. Podría ser señal de un strikeout del alma nacional que se revela en la aceptación extendida del concepto maquiavélico de que el fin justifica los medios, de que en la persecución de la gloria no hay fronteras válidas.

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