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¿Por qué, desde entonces, los rasos tienen pesadillas?

Lo van a matar y lo sabe bien. De esa cárcel solo saldrá con los pies por delante, pero se siente cumplido y en paz. Cuando fue oficial le tocó hacer muchos sometimientos, conducir presos, incluso, llevar hombres hasta el sitio final, donde las balas marcadas para ellos, inexorablemente, acababan por empollar en el tibio nido de sus corazones. Porque como guardia siempre lo supo: en algún lugar, por lejano que sea, ha de haber una bala que lleva nuestro nombre, y no importa lo que hagamos, ni a dónde viajemos, ni cómo nos escondamos: infaliblemente esa, y no otra, terminará por hallarnos. Y sabe de sobra que la de él está ya en la recámara de alguno de los rifles de aquellos rasos imberbes que lo custodian. Pero no siente nada, apenas el deseo de que todo acabe de una vez. Y se acuesta de lado, sobre el piso mugriento del calabozo, y deja que su mente vuele, porque soñar es señal de que no todo se ha acabado. Y es que, a pesar de saberse muerto, no renuncia a vivir.

Pero no todo es sufrimiento aquí. En el mismo umbral de la despedida todavía tiene tiempo para intentar una carcajada con la encía sangrante, de dientes machacados a culatazos, y aunque los golpes le arden en todo el cuerpo, especialmente los latigazos propinados con cables eléctricos doblados, ríe como un poseso, o como un bendito, y ninguno de aquellos muchachos del campo que lo custodian podría entenderlo. Está condenado a muerte, y lo sabe, por eso reír, como lo hace ahora, es ponerle un rabo a la Muerte. Y ríe con fuerza, para joder al tirano que ha decretado su muerte, la de Freddy, y la de más de cien oficiales, rasos, sargentos, cabos y civiles, a los que se ha acusado de estar complotados con él para matarlo. Y, sin dejar de reír, piensa que es verdad que la mayoría de ellos lo estaban, y también iban a matar al general Federico Fiallo, que no lo merecía menos.

Ríe como un poseso y empiezan a inquietarse los guardias, a dar pasitos cortos de ida y vuelta, a echarse el kepis para atrás, a manosear los fusiles, como si aquellas carcajadas que se escapan de donde sólo se espera que escapen aullidos de dolor, gritos pidiendo clemencia, o llamando a la madre, fuesen el presagio de un peligro inminente. Sus carcajadas los inquietan, porque nadie, desde que sirven aquí, ha tenido tanta locura, o tanto valor, o tanta fuerza, después de las golpizas y torturas, como para reír como él ríe. Y lo mejor es que no pueden siquiera imaginar que no lo hace para desafiarlos, ni para darse ánimos, ni por joder, aunque sabe de sobra que se le revolverán las augustas tripas al Jefe cuando lea mañana el parte del Oficial del Día, y no halle la descripción esperada de su arrepentimiento y ruegos de clemencia. Ríe, sencillamente porque está recordando algo gracioso, y porque, aunque no pudo llevarse por delante al sátrapa, al menos en dos ocasiones, que ahora recuerda, lo desafió, y bien desafiado Y eso que en junio de 1941 era apenas un segundo teniente desconocido, y no el capitán de la Unidad de Tanques del Ejército Nacional, que cinco años después se dispuso a tomar la justicia por su mano, y había terminado delatado y preso.

En esta misma Fortaleza Ozama donde ahora esperaba la muerte, había servido durante mucho tiempo. Aquí había ido ascendiendo, grado a grado, por sus méritos y su clara inteligencia. Y también por su seriedad, pues nadie podía tacharlo de ser jugador, ni parrandero; tampoco abusador con los detenidos, esos infelices civiles que muchas veces le había tocaba encerrar, por las más disímiles causas y acusaciones. Todos lo tenían por un joven oficial respetuoso y humano, en nada semejante a tanto abusador y logrero que vestía el uniforme para hacer lo que le viniese en gana, sin tener que rendir cuentas.

En una de esas tardes de abril de 1941, recordaba bien, estando de guardia a las órdenes del capitán Luis Félix, le había tocado actuar en la detención de dos maleantes, dos peones de la Hacienda Fundación, la del Jefe, que como todos sus empleados se consideraban intocables. Ese tipo de gente solía recibir permisos para andar armados, y eran los peores elementos alborotadores en una gallera, un baile, o simplemente transitando por la calle. No respetaban ley alguna, pues el hecho de recibir un jornal directamente de manos de su patrón, que además era el patrón de todos los ciudadanos del país, los hacía sentirse por encima del común de los mortales, como debían ser los que gozaban de la cercanía, y giraban como satélites privilegiados en la órbita del Astro-rey.

Todo se había originado por una denuncia interpuesta por un humilde chofer de una guagua, nombrado Rafael Fabián, recordaba, que venía de Baní, y cerca de San Cristóbal se había topado con los dos peones, apellidados León y Alcántara, quienes conducían un ganado para embarcar. Por alguna razón, probablemente por el derecho de vía, se había producido una fuerte discusión entre el chofer y los vaqueros, y estos últimos, con un machete y un puñal, sintiéndose absolutamente respaldados, arremetieron contra la guagua, destruyéndole los faroles y dañándole el radiador. Por suerte para su salud, Fabián había tenido el buen tino de no detenerse.

La denuncia fue presentada a la Fortaleza Ozama y el capitán me dio la orden de someter a los infractores, lo cual hice de inmediato. Los peones no se resistieron de obra, pero sí de palabra: como si se tratase de mis superiores, tuve que aguantarles advertencias irónicas, miradas despectivas y frases amenazantes. Esa noche durmieron en un calabozo, y aunque fueron dejados en libertad al día siguiente, por supuesto por órdenes superiores, eran otros, muy lejos de como habían sido cuando entraron. Aquellos trabajadores cabizbajos, puestos en libertad, no recordaban a los ignorantes, soberbios y desafiantes que había estado a punto de matar a otro trabajador por una sencillez.

En junio de ese mismo año, por azares de la vida, le había tocado actuar de nuevo por otro accidente de tránsito. Y no pudo evitar nuevas carcajadas al evocarlo, porque aunque fuese difícil concebirlo, una vez más la denuncia la había presentado aquel humilde chofer de guagua de apellido Fabián, solo que esta vez no contra dos peones farrucos de la Hacienda Fundación, sino contra el sargento Manuel García, de la 17ª compañía del Ejército Nacional, quien conducía el auto oficial 644, propiedad del Jefe. Ahora la guagua había sido embestida por el auto, que transitaba a exceso de velocidad, y sin respetar las leyes del tránsito, invadiendo el carril contrario y adelantando en las curvas. Al producirse el choque del que era responsable, el sargento García, lejos de reconocerlo, había bajado a Fabián a punta de pistola de la guagua, haciéndolo tenderse en una cuneta, como si se tratase de un criminal, y no de una víctima.

Porque si los peones que arreaban el ganado del Jefe se conducían como sultanes, ¿qué podía esperarse de un sargento que conducía uno de sus autos?

Los policías que habían actuado tras el choque, a pesar de que Fabián tenía la razón, una ceja herida y la guagua había quedado bastante averiada, no solo dejaron ir al sargento García, tras colmarlo de atenciones, excusas y zalamerías, sino que le fueron dando pescozones hasta dejarlo encerrado en un calabozo de la Fortaleza, "…por haber osado chocar contra el carro del Generalísimo", amenazándolo, además, con quemarlo junto con la guagua, si nada más recibían una seña de la Superioridad.

Para mala fortuna del sargento García, como antes para la de los dos peones, en ambos accidentes le había tocado actuar, al mismo segundo teniente, recto y justiciero que ahora reía a carcajadas sobre el piso de un calabozo, mientras su saliva goteaba de la boca destrozada. Y reía con tantas ganas, porque la vida lo había situado dos veces en el camino de hacer justicia a un infeliz trabajador de su país, que por cierto, tenía una mala suerte de campeonato. Y había tenido el coraje, también dos veces, de apresar a los verdaderos responsables de los hechos, porque, claro que había encerrado al sargento García, a pesar de que este, más osado que los peones, lo había colmado de improperios personales y veladas amenazas de muerte. Y al final, no solo Fabián tuvo su recompensa, al ser indemnizado por la Jefatura debido a los daños y la herida, sino que el abusador de García, gracias a su informe, fue hallado culpable y expulsado de las filas, no sin antes pagar los desperfectos sufridos por el vehículo del Jefe.

Y con carcajadas, aparentemente las de un loco, atronando el silencio de su última noche, festejó la pequeña revancha de haber propiciado un poco de justicia en un país carente de ella.

Cuando lo pusieron de espalda para fusilarlo, dando la cara a un paredón musgoso, alcanzó a vislumbrar los rostros de los cuatro compañeros que lo acompañarían en el viaje final. El primero era un joven teniente de Santiago, lector empedernido; el segundo, un cabo soñador de San Pedro de Macorís, el tercero era un raso de Dajabón, al que la Guardia le había matado al padre, y el cuarto, como era de esperar, era el chofer Fabián.

Después de la descarga, aún por largo rato, quedó flotando en el aire la carcajada desafiante de aquel héroe.

Pero no todo es sufrimiento aquí. Está condenado a muerte, y lo sabe, por eso reír, como lo hace ahora, es ponerle un rabo a la Muerte.

Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.