Una Trinitaria con Aroma de Café

Surgió en San Carlos a finales de 1968 como una iniciativa modesta, en un rinconcito de la casa de la buenaza de Lala (Idalia Guaba, la hacendosa costurera esposa de Peña Gómez, madre de José Frank, Tony y Luchy). En una residencia que hace esquina en la Trinitaria con la 30 de Marzo, en cuyas inmediaciones permaneció un cadáver sin ser levantado durante la guerra del 65 que obligaba a taparse las narices cuando se pasaba por su lado. Transcurrían los 12 años del apacible doctor de la Máximo Gómez y la casa de Lala era frecuentada por los sabuesos que seguían los pasos al inquieto dirigente político. Allí traté y aprecié a esta virtuosa dama -quien le cosía a mi hermana Flérida-, así como a la queridísima Virtudes Uribe, quien había sido compañera de ésta en el Instituto de Señoritas Salomé Ureña. Hija de don Max Uribe, una gloria de la filología, autor de Notas y apuntes lexicográficos, americanismos y dominicanismos, quien mantuvo una columna de orientación sobre estos temas en el Listín Diario por más de veinte años.
Tras almorzar en la Trinitaria 4 en casa de mi abuela, como alguien que retorna a sus orígenes, tras casi seis años fuera del país, me dejaba caer por esa esquina, antiguo solar de encuentro de la muchachada del barrio en el traspatio amable del Palacio Nacional, en las proximidades del parquecito travieso de los guardias y las muchachas del servicio. Allí me aguardaba en los 70 una confortable y coloquial mecedora, una tradición muy nuestra que compartía con Virtudes, su cuñado Juan Báez y en ocasiones con Peña Gómez. Mientras Lala, concentrada en la faena, pedaleaba la máquina de coser, fijaba un encaje, abría ojales y daba puntadas maestras a un vestido de mujer.
La Librería La Trinitaria -que debe su nombre a la calle de sus orígenes- se dedicó a la venta de libros marxistas, demandados por una juventud enfebrecida por las ideas revolucionarias tras la eclosión de abril del 65. Aparte del PRD y su escisión progresista el PLD, los cuadros militantes del 14 de Junio, MPD, PCD, PACOREDO, CORECATO y una amplia gama de grupos de izquierda con expresión en el movimiento estudiantil, los sindicatos, los gremios profesionales, clubes culturales barriales y en la UASD, buscaban esa literatura. No exenta de apremios persecutorios y censura por parte de los organismos de seguridad del Estado. Y de la aplicación de un filtro selectivo en las aduanas y oficinas de correos por parte del J-2 de las FFAA. Tanto fue el celo confiscatorio de las autoridades confundido con el consabido ladronismo nacional, que muchos grupos de izquierda optaron por instalar imprentas para reproducir libros marxistas y de paso imprimir sus periódicos, folletos y volantes. Cuyo radio se extendería en algunos casos al pirateo de bestsellers y textos universitarios.
Con el cambio político y la liberalización que representó el gobierno de Antonio Guzmán en 1978, esta literatura fue perdiendo atractivo como opción de mercado, al normalizarse la vida política enmarcada en el juego democrático. Año que coincide con la instalación de La Trinitaria en su actual local en la calle Arzobispo Nouel frente al antiguo teatro Leonor. Otras librerías -entre ellas las desaparecidas Profesional de Julio César Martínez hijo, frente al Hospital Militar en la Correa y Cidrón, la José Martí de Felucho Jiménez y Maritza Olivier, en la bajadita de la Alma Mater- suplían ampliamente el mercado universitario o se especializaban en textos de educación básica y literatura en general. Ello llevó a Virtudes y a su socio Juan Báez a reorientar el negocio, identificando en el libro dominicano un nicho no cubierto. Es así como el inventario se fue cargando de obras salidas de las prensas nacionales con el sello autoral local.
El rico acervo bibliográfico atesorado por Emilio Rodríguez Demorizi con las colecciones de la Academia Dominicana de la Historia, la Sociedad Dominicana de Geografía y la Fundación Rodríguez Demorizi, pasa a ser distribuido por La Trinitaria. Se suman las obras editadas a partir de 1978 por los Premios Siboney -autores como Carlos Esteban Deive, Mora Serrano, Juan Carlos Mieses, Cayo Claudio Espinal, García Cartagena, José Enrique García, Claudio Soriano, Bruno Rosario, José Luis Sáez, Luis Oraa, Julio Brea Franco, José del Castillo- bajo el mecenazgo de Vincenzo Mastrolilli con la colaboración de Manuel Rueda, Marcio Veloz Maggiolo, Ramón Francisco, Freddy Gatón Arce, Avilés Blonda y José Alcántara. Los libros de la UCMM: Moya Pons, Hoetink, Incháustegui Cabral, Dobal, Danilo de los Santos y Valentina Peguero, Ramón Francisco, Vega Batlle.
Las revistas EME EME Estudios Dominicanos, Estudios Sociales editada por el CIAS de los jesuitas, Ciencia y Sociedad del Intec, Ciencia y Ecos de la UASD. Las publicaciones de la UCE con las historias de la medicina dominicana de Moscoso Puello y de la literatura dominicana de Néstor Contín Aybar. Las ediciones de la UNPHU, UNAPEC, UNIBE, el Museo del Hombre, Casas Reales, Bibliófilos, fundaciones Corripio y García Arévalo. De las secretarías de Estado, instituciones autónomas, entidades profesionales y ongs. Una presencia destacable en el inventario de La Trinitaria han sido los títulos de la dinámica Editora de Colores y el sello Manatí dirigidos por Miguel Decamps, con su catálogo de autores como Manuel del Cabral, Diógenes Céspedes, Andrés L. Mateo, Diógenes Valdez, Viriato Sención, Armando Almánzar, Bonaparte Gautreaux. Los títulos de Editora Taller -un hito en la historia del libro, bajo el aliento de José Israel Cuello, Carlos Dore y Lourdes Camilo. Y los del Ministerio de Cultura con sus diferentes series de obras, los Coloquios y su excelente revista.
Autores individuales como Campillo Pérez con El grillo y el ruiseñor, Efraím Castillo, con sus narraciones y ensayos, Hamlet Hermann con su saga sobre la guerrilla de Caamaño y todo lo referente al héroe de abril. Melvin Mañón y su versión de estos hechos codificados bajo Operación Estrella. La prolífica producción de Bernardo Vega y su fundación sobre historia dominicana y las relaciones con EEUU. Bonaparte Gautreaux acerca de la guerra de abril y Juan Bosch. Grimaldi sobre la muerte de Trujillo y la Ocupación Americana. Obras de Manuel García Arévalo y José del Castillo como Antología del Merengue y Artesanía Dominicana. Las colecciones dirigidas por José Chez Checo desde la Comisión del Quinto Centenario y sus sucesivas mutaciones orgánicas. Las de la Comisión de Efemérides Patrias bajo orientación de Juan Daniel Balcácer. La espléndida del Centenario de E. León Jimenes, con historias de las artes plásticas, la fotografía, la cerveza y el tabaco.
Virtudes ha lanzado sus propias ediciones. Más de cien títulos, entre los que figuran clásicos como los Federico (García Federico Godoy y Henríquez y Carvajal), Peña Batlle, Larrazábal Blanco. Plumas consagradas como las de Rueda, Mir, del Cabral, Hernández Franco, Sánchez Lamourth, Lacay Polanco, Max Uribe, Jimenes Grullón, Alemar, Alfau Durán. Autores del calibre de Moya Pons, Tolentino, Franco, Lozano, Mateo, Céspedes, Alba, Molinaza, Mora Serrano, Veloz Maggiolo, Minaya, Ayuso, Albert. Extranjeros relevantes como el entrañable Harry Hoetink, San Miguel, Di Prieto, Quackenbush y Bissainthe, cuya última obra, Haití: el drama nacional, suscita creciente interés. Desde 1985 La Trinitaria da a la estampa un Catálogo del Libro Dominicano que registra las novedades y sirve a la promoción editorial del país. Herramienta para las ventas que se cierran en las ferias internacionales de Guadalajara, Caracas, Bogotá, Santiago de Chile, Bs Aires, La Habana, Madrid, a las que acude Virtudes o Juan. En las que se nutren bibliotecas de universidades europeas y norteamericanas, la Biblioteca del Congreso, así como especialistas en estudios del Caribe. Antes anduvo Virtudes recorriendo los caminos de la patria con exposiciones del libro dominicano que arrancaron en aquella Casa de Bastidas que encariñaban las damas Rosa María Vicioso y Ligia Fernández. Transitando universidades y palacios municipales.
Uno de los rasgos más singulares de La Trinitaria es la acogida que ofrece a peñas de intelectuales y bibliófilos con el premio del café recién colado. Sencillamente exquisito, aromático, ambientador. Allí oficiaron los grandes, Pedro Mir, Gatón Arce, Virgilio Díaz Grullón (siempre acompañado por su primo Orlando Haza del Castillo). Han mantenido la antorcha viva Bonaparte Gautreaux Piñeyro, Franklin Franco, Frank Moya Pons, Diógenes Céspedes, César Mella, Guaroa Ubiña Renville, Hamlet Hermann, Pedro Wagner, Antinoe Fiallo, Andrés L. Mateo, Tony Raful, Antonio Thomén, Virgilio Gautreaux, Bernardo Defilló, Emilio Cordero, Amadeo Julián. De vez en cuando, el bibliófilo que late en Leonel Fernández se deja caer por el local de la Nouel de su vieja amiga. Un libro de visitantes notables registra a Saramago, Vargas Llosa, Bosch.
La Nouel ha sido asiento de buenas librerías como el Instituto del Libro de los hermanos Escofet, la Nacional de Franco Pichardo, la América de Perucho Bisonó, la Central del Libro del querido Ramón Grullón -fundador del Partido Socialista Popular y del movimiento obrero moderno a mediados de los 40 del siglo pasado, quien pasó su exilio en México-, el local mágico de Macalé donde los mejores dulces criollos armonizaban con libros, periódicos y revistas, más la crónica al día del acontecer nacional e internacional del propio Macalé. Más la católica San Pablo, todas ya desaparecidas. Junto a La Trinitaria, hoy se mantiene Avante del señor Valdez, con el estandarte en alto del libro impreso que libra una dura batalla frente a la magia del Internet, las tabletas como Kindle que comercializa Amazon y los libros digitales que ponen en un adminículo verdaderas mega bibliotecas con movilidad plena. Todo al alcance de los dedos.
Pero la palabra impresa permanecerá, adaptada al nuevo entorno tecnológico. Esa es la esperanza que mantiene a Virtudes en el campo de batalla.
Diario Libre
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