Uno de mis cuentos

Apretó el manuscrito contra el pecho. Suspiró, y se recostó cansado sobre la vieja almohada, mientras sus manos, aquejadas por el Parkinson, iban a dejar caer una de sus páginas en el suelo.

Luego llegó a un parque sombreado de robles y samanes, y siguió hacia el pueblo abajo, pasó por el ruido del mercado, siguió hacia el cementerio y sus pies cansados y su espalda de viejo jubileo no le impidió continuar. Si siguió por ruta de platanales y amapolas florecidas, esas que en el mes de mayo adornan las montañas. Llegó a Monte de Jagua, y se detuvo. Se sentó sobre una piedra grande y miró a cada lado. Nadie parecía verlo pero miraba al que pasaba. Había hombres que cargaban en sus hombros sacos llenos de plátanos y yuca, mujeres que llevaban en su cabeza canastas con flores y pimientos, y niños que jugaban con pelotas y los viejos sentados al sol como ropa secándose con la lluvia. Siguió la ruta por un caminito estrecho de cadillos y lirios hasta detenerse en el portal de una casa de madera.

Ella lo esperaba. Se miraron y ella abrió la puerta. Se quedaron en silencio. Ella, mulata, pródiga en sus carnes, labios rumorosos como agua de un río de montaña, senos amplios que apenas cabían en la blusa, ojos negros tan negros como un pozo, le sonrió. Y él, de pelo cano y poco, de manos arrugadas y temblorosas, de ropa desteñida y piernas flacas, también sonrió.

Y así un día y otro día, hasta llegar al mes, la historia repetida se convirtió en paisaje. Desde entonces, él y ella supieron que se amaban. Pero no sabían sus nombres, ni de a dónde venía cada uno.
Ella oía caer la lluvia y él cantaba boleros con su temblorosa voz. Alguien dijo que ella tenía muchos amantes, pero continuaban y él seguía igual y nada le importaba.

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