$!Música
La pianista Catana Pérez.

Hoy la lengua y la ortografía me van a servir como excusa para rendir un homenaje humilde a Catana Pérez, musicóloga, pianista, ensayista y divulgadora, fallecida hace unas semanas. Catana Pérez era música; y lo era en varias de las acepciones que este hermoso sustantivo de origen griego tiene en nuestra lengua.

En la Edad Media las primeras letras del alfabeto latino servían para nombrar las notas musicales. El monje benedictino Guido de Arezzo cambió sus nombres para siempre a comienzos del siglo XI. Se sirvió de un himno dedicado a san Juan Bautista cada uno de cuyos versos empezaba con una nota musical superior a la del verso anterior. El monje utilizó la primera sílaba de cada verso en latín para denominar las notas musicales: Ut queant laxis/Resonare fibris/Mira gestorum/Famuli tuorum/Solve polluti/Labii reatum,/Sancte Ioani. Más tarde cambiamos el nombre de la primera nota en la escala musical por el italiano do.

Las notas musicales son extraordinarias; sin embargo, los nombres que las designan (do, re, mi, fa, sol, la, si) son sustantivos comunes y, como tales, deben escribirse con minúscula inicial; son además sustantivos monosílabos y, por lo tanto, deben escribirse sin tilde.

Catana era música, esa mujer que conoce el arte de la música o lo ejerce. Hacía ambas cosas de tal forma que compartir con ella su pasión nos acercaba a la música, a la que el Diccionario de la lengua española dedica una de sus más bellas definiciones: ‘arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente’.

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