A DECIR COSAS|19 ene 2013, 12:00 AM|2|POR Aníbal de Castro

Cine, literatura y una buena historia

Comprar libros es una pasión y una apuesta optimista al porvenir. Quizás el destino final de un tomo sea la estantería hogareña o un rincón sembrado de polvo, sin que mano alguna lo hojee u ojos se posen curiosos en sus páginas para llenarse del contenido. La afición a la lectura despierta la ambición desmedida del conocimiento, y un título lleva al otro en persecución implacable del saber, de la belleza del lenguaje, de esas combinaciones inauditas de palabras que conjuran imágenes llamadas metáforas y de todo el ingenio estético de los textos.

Cuando se compra un libro subyace la intención de leerlo; y este hecho simple constituye un depósito de confianza en nuestra capacidad de trascender la incertidumbre del mañana y del tiempo. Ese ejemplar que nos aguarda con una invitación constante a explorar un pequeño universo de letras e ideas nos abre las puertas a una pretensión de inmortalidad.

Se adquieren los libros sin prisa, sin fecha para leerlos, sin calendario laboral a la vista. A veces para que estén ahí, por si aflora la necesidad de consultarlos o de evaluar sus presupuestos cardinales. Otras, para devorarlos de inmediato apercibidos de que tenemos en las manos una obra maestra que mereció uno de esos premios creíbles, no los inventados por las editoriales para empujar las ventas. Muy a menudo, los sumamos a una retención de temas y títulos cuyo deleite espaciaremos a lo largo de los días, semanas y meses venideros. Y hasta años. Una biblioteca es un atado de futuro.

Las librerías tienen un atractivo particular, salvo aquellos espacios para la autoayuda y, en nuestro caso, las ingenierías, matemáticas y ciencias. Humanistas al fin, nos equivocamos a propósito y concebimos la estética, el pensamiento abierto y tolerante, los conceptos, la abstracción y todas esas consecuencias renacentistas que a nuestro entender han marcado el mundo, como el núcleo central del conocimiento y fuente de enriquecimiento personal. ¿Que si errar es propio de los humanos? Errare humanum est!

Las tiendas de impresos en los aeropuertos tienen un encanto adicional. Como en esos puntos del ir y venir incesantes, del alejamiento y del acercamiento, el tiempo tiene límites, las compras están sometidas a igual presión del reloj. Hay que decidir con premura, amén de que los libros que allí se exhiben casi siempre huelen a tinta fresca, ya sea en la versión en rústica o en tapa dura. De algún aeropuerto londinense fue a parar a la biblioteca familiar aquel ejemplar. La pegatina en la portada fue sin duda un incentivo para sacar la tarjeta de crédito. Aún está ahí: "Choose from any, 3 for 2, at Waterstone's" (Escoja cualquiera de estos, tres por dos, en Waterstone's). Del tres por dos provino la edición de bolsillo del 2003 de Life of Pi, cabeza en la lista de más vendidos y ganador del Premio Booker en el 2002.

Yann Martel, el autor canadiense nacido en España y criado en Costa Rica y México, entre otros países, gracias a las andanzas diplomáticas del padre, cabalga en buena compañía. Ganadores del codiciado galardón al mejor libro en inglés publicado en la Comunidad Británica de Naciones (Commonwealth) también han sido Kazuo Ishiguro, los Nobel J.M. Coetzee y Nadine Gordimer, sudafricanos, y el trinitario V.S. Naipul, su connacional Michael Ondaatje, Ian McEwan, Julian Barnes y la irlandesa Iris Murdoch. Grandes nombres del parnaso literario anglosajón en su versión contemporánea. La edición de bolsillo estaba guardada en la ilusión de futuro y por azar emergió de los tramos al presente cuando precisamente en el mundo se exhibe en estos días el filme basado en la prodigiosa historia contada por el escritor radicado en Montreal, y que escribe en inglés pese a ser québécois.

El argumento es fascinante y al mismo tiempo un encuentro cultural entre el oriente y el occidente. Lirismo y un aguzado sentido del humor se entrelazan en la prosa límpida de Martel mientras recorre el despertar espiritual de Pi y la razón de un nombre tan particular. El padre del joven indio era una fanático de las piscinas, y en París quedó cautivado por la Piscine Molitor. A su hijo lo nombró Piscine Molitor Patel. Pi es la abreviatura y el derecho a usarla la ganó cuando llenó dos pizarras con los números que miden la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro, expresados por la letra griega.

Nacido hindú, incorpora el islamismo y el cristianismo a su práctica religiosa, una parábola que apunta directamente contra el monopolio de la verdad que cada fe proclama. Su padre es el dueño de un zoológico, espacio que se convierte en inspiración para sus reflexiones sobre la naturaleza, los animales y la vida. La aventura se inicia cuando, forzado por la crisis político-económica que sacudió a India en los años de la década de los 70, el padre decide emigrar con su familia a Canadá. Embarcan todos en un carguero japonés, incluidos algunos ejemplares del zoológico ya vendidos en el nuevo destino.

Cuál primero o después, poco importa. El libro y la película son dos portentos de creatividad, una poderosa obra de ficción que deviene reflexión filosófica sobre el hombre, las creencias religiosas, la existencia de un dios y la naturaleza. Tanto la narrativa como el lenguaje cinematográfico reflejan el profundo conocimiento de Martel de las costumbres y religiones orientales, así como de la historia y peculiaridades de la India y sus habitantes, sobre todo en el sur que alberga a Pondichery, antigua colonia francesa donde se origina la trama.

Ang Lee, el director de cine taiwanés que ya ganó un Oscar por Brokeback Mountain, el western de los vaqueros gays, pero también una meditación bien hilada sobre la soledad, el amor y la amistad, muestra de nuevo sus credenciales impresionantes en esta oferta tridimensional que atrapa al espectador no bien corre el primer fotograma. Técnica y actuaciones magistrales se combinan para poner en pantalla la aventura espiritual y física de Pi luego de que se hundiera el barco en que emigraba de la India a Canadá. Único sobreviviente del naufragio y con un tigre llamado Richard Parker a bordo de un bote salvavidas en la inmensidad del Océano Pacífico, el joven se reinventa y se impone al darwinismo en una épica de soledad, ingenuidad y comunión con la naturaleza.

El cine se nutre de lo inesperado, de hacernos visualizar los sueños que sus directores han creado. Quizás sea mucho pedir de un Hollywood empeñado en estrenar secuela tras secuela, pero las ideas originales aún existen. Literatura y el cine han tenido una relación tumultuosa, mayormente causada por las altas expectativas de los cinéfilos. Una buena adaptación no debería llevarnos a comparar libro con película, sino a descubrir lo trascendente que no encontramos en el otro.

Balance difícil de conseguir, pero la adaptación de Life of Pi de Ang Lee logra esto y más. Llamada "la película imposible" por varios medios cuando se anunció la producción, Life of Pi le infundió nueva vida a la novela homónima de Yann Martel. Esta historia de supervivencia y perseverancia arranca con un final ya anunciado, pues desde un principio sabemos que el protagonista sobrevivirá su odisea. Esta nueva técnica cinematográfica de adelantar el final de la historia, también presente en Zero Dark Thirty, no disminuye el impacto de la argumentación, más bien nos acerca al protagonista en un ejercicio de relato retrospectivo dirigido directamente a cada uno.

Aún con una banda sonora excelente y un actor capaz de mantenernos cautivados con solo un tigre de compañía, el verdadero triunfo de esta adaptación es visual. Además de secuelas, Hollywood ha insistido en la tercera dimensión desde el éxito arrollador de Avatar en el 2009. En verdad, Ang Lee no podría haber hecho justicia a la creación de Martel en ningún otro formato. Las simples bellezas naturales que olvidamos admirar, como las estrellas se reflejan en el agua o la puesta del sol en el horizonte, son ofertadas de manera tan extraordinaria que pueden competir con las escenas de laboratorio de la película, de las cuales hay muchas. La narración, tanto fílmica como literaria del naufragio de Pi, refleja una de las moralejas de la historia sin necesidad de comentario alguno: es posible encontrar belleza hasta en los momentos más obscuros.

Mi hija leyó Life of Pi en formato digital después de haber visto la película, y pudo concentrarse más en el aspecto de la supervivencia y de cómo una bestia se convierte en aliento de vida para quien se supone sea su víctima. Primero me tocó el libro impreso, y me detuve una y otra vez a releer admirado las descripciones de una naturaleza pródiga, amorosa y también cruel. Como este párrafo del capítulo 78, que traduzco: "Había muchos cielos. Había un cielo invadido por grandes nubes blancas, planas abajo pero redondas y ondulantes arriba. Otro cielo estaba completamente despejado, de un azul que atenazaba los sentidos. Un cielo era pesado, una manta sofocante de nube gris pero sin la promesa de lluvia. Otro cielo estaba ligeramente nublado. El cielo estaba manchado con pequeñas nubles blancas, huidizas. El cielo estaba rayado por nubes altas, delgadas que parecían bolas de algodón que se deshacían al alargarse. El cielo era una neblina lechosa, amorfa... El cielo no era otra cosa sino un torrente de agua, un diluvio incesante que arrugaba e hinchaba mi piel y me dejaba helado, petrificado."

Tratando de descifrar la credibilidad de esta historia, aunque sea ficticia, tropezamos con la de Alain Bombard, un doctor francés que en 1952 se propuso examinar las posibilidades de sobrevivir un naufragio sin compañía y sin comida, agua, o tecnología. Bombard empezó en Mónaco, y después de 65 días y 4,345 kilómetros llegó a las playas de las Bermudas donde fue hospitalizado, pero sobrevivió para contar su historia. Ambos casos, ficción y realidad, nos remiten al poder de nuestra fuerza interna, y la importancia de la creatividad. El discurso de J. K. Rowling en la ceremonia de graduación de Harvard en el 2008 es el mejor ejemplo y está disponible en YouTube.

Si la historia es mágica, igual ocurre con la producción cinematográfica. Suraj Sharma, el adolescente indio que hace de Pi, actuó todo el tiempo frente a una gigantesca pantalla azul y un tanque de agua (facilidades similares construye Indomina en la República Dominicana en asociación con los estudios británicos Pinewood). En la posproducción se agregó la invención digital del tigre, de la isla flotante carnívora y demás efectos que aderezan de drama a Vida de Pi, y llevaron a decir a un crítico de cine que esta obra hace por el agua lo que Lawrence de Arabia por las arenas del desierto.

Aparentemente el argumento parte con el propósito expreso de probar la existencia de Dios. Así lo dice el protagonista, ya adulto y en Canadá, al periodista que acude a visitarlo. Sin embargo, Pi reflexiona antes de la emigración a Canadá: "Todos nacemos como los católicos, ¿no es así?, en un limbo, sin religión, hasta que alguien nos introduce a Dios.."

Si la Vida de Pi no logra convencer de la existencia de Dios como era el propósito, sí consigue plenamente restaurar la fe en el ser humano. Y convencer que cuarenta años de diferencia en edad no son óbice para disfrutar y apreciar la belleza, tanto en la literatura como en el cine.

* Carla de Castro, mi hija, estudió literatura inglesa en Montreal, Canadá, y ahora es alumna en el Fashion Institute of Design and Merchandising, en Los Ángeles,

California.

La narración tanto fílmica como literaria del naufragio de Pi reflejan una de las moralejas de la historia sin necesidad de comentario alguno: es posible encontrar belleza hasta en los momentos más obscuros.

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