A DECIR COSAS|02 feb 2013, 12:00 AM|POR Aníbal de Casro

Sutilezas de un momento histórico

La marejada humana se formó temprano. Apenas clareaba y ya centenares, miles, habían dejado la cobija del hogar, hotel o medios de transporte para enfrentar la mañana helada en peregrinaje hasta el histórico lugar de Washington conocido como The National Mall, la avenida ilusoria que lleva desde el Monumento a Lincoln hasta el Capitolio, contigua al silencioso río Potomac. Se renovaba la historia inverosímil con la juramentación para un segundo período del primer presidente afroamericano, Barack Hussein Obama, en las escalinatas del edificio majestuoso que alberga el Congreso de los Estados Unidos.

Esos casi doscientos mil metros cuadrados capitalinos han sido testigos de muchos otros momentos históricos. Como las gigantescas manifestaciones antibélicas y la concentración multitudinaria a favor de los derechos civiles de la minoría descendiente de los esclavos arrebatados a Madre África. Allí, un Martin Luther King agigantado conmovió almas y abrió mentes con la evocación de sueños que nunca vio convertidos en realidad. De sus ambiciones oníricas, una es verdad en la Casa Blanca, un poco al nordeste de donde galvanizó los ánimos de los devotos de la libertad y la justicia con su visión del hombre norteamericano valorado por "el contenido" de su carácter y no por el color de la piel. ¿Y qué mejor valoración que un torrente millonario de votos para Obama, en contra de todos los pronósticos en los prolegómenos de la costosa campaña electoral, para que continúe por cuatro años más en el timón de la nave más poderosa?

Precisamente en la festividad del nacimiento del profeta de la igualdad racial -y de la Altagracia dominicana-, se juramentaba el cuadragésimo cuarto presidente norteamericano. Una ceremonia solemne en la que una y otra vez surgía el tema de King: la verdad incuestionable de que todos nacemos y somos iguales, la décimo tercera enmienda constitucional norteamericana que abolió la esclavitud y ahora ocupa espacio protagónico en el relato fílmico Lincoln, todo un éxito de pantalla. Fue también en un final de enero, en 1865, cuando la Cámara de Representantes dio la aprobación definitiva a esa reforma impulsada por el presidente Abraham Lincoln.

Nunca segundas partes fueron buenas. El entusiasmo, advertían las cadenas de televisión, no sería el mismo en la inauguración del presidente Obama, parte dos. Se anticipaba una asistencia reducida, quizás la mitad de la primera vez. No fue así, alrededor de un millón de personas se dieron nuevamente cita para celebrar la fiesta de la democracia norteamericana y rendir tributo a las instituciones que han soportado las pruebas más diversas y salido incólumes de momentos verdaderamente trágicos, desde que Abraham Lincoln fuese asesinado en el teatro Ford tras haber reunificado el norte y el sur de la guerra civil y conseguido los primeros grandes avances en la larga lucha por los derechos humanos. Esta vez las segundas partes también fueron buenas.

Estruendosos aplausos para Hillary y Bill Clinton, para el vicepresidente Joseph Biden, para la familia presidencial. Delírium trémens cuando asoma Obama y se sienta muy cerca del pódium donde le tomará el juramento el presidente de la Suprema Corte de Justicia. Inteligente manejo de la fórmula Montesquieu de la separación de poderes. Un comité congresional prepara el programa que se desarrollará en los predios del Capitolio. El máximo representante del Poder Judicial legitima la consagración del nuevo jefe del Poder Ejecutivo. Sobre las biblias de Lincoln y King, sostenidas por Michelle Obama, se posa una mano mientras que la otra, levantada, cumplen con la liturgia donde se asume el sacrosanto deber de cumplir y hacer cumplir las leyes, el gran compromiso presidencial. Y allá, rebosando el espacio que diseñó el arquitecto L'Enfant como una avenida magna que nunca fue terminada y ahora es un parque visitado al año por más de veinte millones de turistas, la multitud: el pueblo que delega el poder, entusiasmado, satisfecho, un corte transversal de la diversidad racial que ha aportado grandeza y dolor a los Estados Unidos de América.

La juramentación presidencial es un reencuentro de Norteamérica con sus tradiciones políticas y culturales, un recordatorio viviente de una historia asimétrica donde la búsqueda de la libertad y la igualdad es objeto y sujeto. He terminado por convencerme de que se trata de un continuum sin final, común a todas las sociedades, aunque muchísimo más dinámico en algunas que en otras. Las manifestaciones podrán ser diferentes, también las razones, las causas y la ubicación de estas en el tiempo. Cada país tiene su especificidad y los derechos y deberes ciudadanos adquieren fisonomía propia. Mañana serán otros los espacios que necesitaremos para ser nosotros mismos, para vivir en sociedad y realizar nuestro potencial colectivo e individual. Ayer era la libertad de los esclavos y el reconocimiento de sus derechos. Hoy, por ejemplo, los derechos de las minorías: reclamos en contradicción con los cánones legales vigentes y tradiciones asentadas en creencias y enseñanzas que se remontan siglos atrás, cuando se construía la nación y esta dejaba de ser la llamada comunidad imaginaria.

Lo que hoy son derechos aceptados como tales en contados países, mañana serán universales en virtud de que el hombre, pese a la diversidad racial, étnica y cultural, es básicamente el mismo, urgido siempre de nuevos márgenes para la acción y la creatividad. Aspiramos a lo que otros ya tienen, como el derecho a la interrupción del embarazo, el matrimonio entre personas de un mismo sexo, la igualdad de género, y tomará tiempo lograrlo. La libertad sólo será tal cuando todos la tengamos por igual, y ésa es tarea eterna.

Con la juramentación del vicepresidente se inicia la cadena de mensajes sublimes y humanos que darán a esta fiesta de la democracia un sentido único. Entogada, ceremoniosa, Sonia Sotomayor, la primera mujer de origen hispánico en llegar a la Suprema Corte, le da ingreso a Biden al Poder Ejecutivo con el juramento sobre la Biblia. Quién lo hubiese dicho unos cuantos años atrás: una puertorriqueña crecida en la pobreza de un gueto neoyorquino, con un padre alcohólico y miles de dudas sobre su cultura y origen, tal como relata en sus memorias aún con la tinta fresca, y que leo casi a cuentagotas para que no se me extinga la fruición, Mi mundo adorado. Ella es un producto terminado de la lucha por los derechos civiles y de esas ventanas abiertas a las minorías para acceder a los centros académicos otrora reservados a la élite. Lo imposible derrotado, relegado al diccionario de los tontos, en un trayecto de vida donde la dignidad, el coraje, la determinación y la creencia en sí misma la condujeron a feliz término.

Antes de que Sonia Sotomayor apareciera en escena, Myrlie Evers-Williams invocó las gracias y bendiciones superiores con palabras firmes e ideas lúcidas. Su presencia no era casual. Viuda de un activista afroamericano, compendia los esfuerzos inauditos y sacrificios que signaron la liza por los derechos civiles en el sur norteamericano. A su esposo lo emboscó un racista fanático cuando regresaba al hogar donde lo esperaba la familia de tres hijos pequeños. Apostado detrás de un árbol, le disparó con un rifle de cacería. Dos juicios anulados, el asesino quedó libre y, fanfarrón, se jactaba en privado del crimen. Periodista y académica, Myrlie no se dio por vencida y treinta años más tarde logró que en un nuevo juicio el asesino fuese condenado a prisión. Murió tras las rejas, ya anciano. Ghosts of Mississippi, que he disfrutado hace poco, recrea con el vigor de las producciones fílmicas magistrales ese episodio a su vez grande y urticante de los Estados Unidos contemporáneos.

Cuando el frío me llegaba hasta la última vértebra no obstante las incontables capas de tejidos térmicos, el pesado abrigo y el gorro siberiano, Richard Blanco, el poeta de la ocasión, me calentó la sangre de la herencia cultural con la lectura de su canto a la cotidianidad. One today (Un hoy) es un recorrido lírico por la extensa y variada geografía norteamericana y, simultáneamente, por los vericuetos de la jornada diaria, las naderías que no advertimos y sin embargo están ahí, como accesorios imprescindibles de la rutina. Como un repique de campanas, el llamado a la unidad suena estentóreo, porque el día es de todos y el sol a todos nos alumbra sin distinción. Todos estamos convocados. Es, sin embargo, en la alusión a sus raíces caribeñas donde Blanco también nos invita a un cosmos en el que compartimos una comunidad cultural. Sentí que el sol invernal resplandecía con más vigor cuando habló de la madre que lavaba frutas en el mercado y del padre que cortaba caña de azúcar.

El poeta de la inauguración presidencial de Obama nació en Cuba y luego de España llegó a los Estados Unidos donde enseña y escribe, ahora convertido en una celebridad cuyos compromisos literarios se extienden hasta el 2014 cuando apenas arranca el 2013. Blanco es latinoamericano de origen, y, además, homosexual. Doble militancia minoritaria, y las piezas del rompecabezas encajan perfectamente en esa ocasión memorable, donde el poema del bardo es tan importante como su preferencia sexual. Ambos son un mensaje potente en una sociedad donde ese continuum de que hablaba tampoco se agota. Ato cabos posteriormente, y en el discurso vibrante de Obama, ya en la antesala del cierre de la ceremonia, brota el reclamo de que se reconozca el derecho de los gais a participar plenamente en la sociedad sin que se les discrimine u ofenda porque rompen con el estereotipo del amor y el goce sexual. ¿Dónde estoy, qué momento tan singular me ha tocado? ¡Un presidente negro, de padre keniano, que vivió y fue a la escuela en Indonesia y a quien confundían con un dominicano cuando estudiaba en Nueva York, reclama ante un millón de personas, la mayoría de los congresistas de su país y el cuerpo diplomático en pleno que a los homosexuales se les trate como iguales! ¿Quijote redivivo o Ulises en su travesía épica?

Material indispensable para entender a fondo la segunda vuelta de Obama fue la bendición final, a cargo de Luis de León. Más o tanto como el mensaje, importa el mensajero. El hoy sacerdote episcopal fue uno de los muchos niños cubanos enviados a Estados Unidos en la llamada Operación Peter Pan. Poco después de llegado Fidel Castro al poder, y al calor de la guerra fría, los opositores pensaron que el régimen tardaría poco en sucumbir y, mientras tanto, los hijos estarían a salvo de la indoctrinación comunista. La historia fue otra y la mayoría de esos niños jamás regresaron a Cuba. Otros nunca más vieron a sus progenitores.

Luis de León fue adoptado por la Iglesia Episcopal, de la que hoy es ministro. Casado y con hijos, su episodio abona la teoría del melting pot. En la Florida encontró la oportunidad que sus padres no vislumbraban en la patria de nacimiento. Un triunfo más de la perseverancia, pero también de la sociedad incluyente, abierta. Una sutileza más de un momento trascendente en una historia que continúa, ahora contentiva de cambios que hacen pensar en una grandeza aún mayor.

Lo que hoy son derechos aceptados como tales en contados países mañana serán universales en virtud de que el hombre, pese a la diversidad racial, étnica y cultural, es básicamente el mismo, urgido siempre de nuevos márgenes para la acción y la creatividad.

La libertad solo será tal cuando todos la tengamos por igual, y esa es tarea eterna.

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