A DECIR COSAS|16 feb 2013, 12:00 AM|1|POR Aníbal de Castro

Ese otro país en el paralelo emocional

La ciudad inverosímil se yergue sobre un maremágnum de alborotos, caos vehicular, basura, mal gusto arquitectónico, cemento y varilla sembrados al desgaire y una incivilidad rampante que apabulla la convivencia. Ni siquiera la noche se salva, ahíta también de ruidos y atentados contra el derecho al descanso y la paz hogareña tras la jornada laboral.

Contrasta ese Santo Domingo infernal con el país ameno, dulce, de sonrisa abierta y calidez no solo tropical del que me han hablado en el extranjero en innúmeras lecciones espontáneas cuando leves indicios delatan mi origen, a veces confundido con una procedencia más exótica a fuer de unos rasgos comunes y que, afortunadamente, aparecen duplicados en varias geografías humanas.

La discreción y prudencia son virtudes que pautan el comportamiento del británico, indispuesto casi siempre para las preguntas personales o la transgresión de la frontera autoimpuesta entre lo público y lo privado. Meses y meses de contacto diario y no asoma la curiosidad por los medios materiales, nacionalidad o cualquiera de esos rastros que avisan la ubicación social, tan importante en otras latitudes para signar la interacción o el trato personal. Quizás por mi acento, porque oyó mi español dominicano o qué sé yo, la entrenadora en aquel gimnasio gigantesco del norte londinense se enteró de que mi lugar de nacimiento estaba en el Caribe, en un lado de la isla en donde también se originó ese proceso de expansión colonial europea conocido como "Conquista". La cortina de simples saludos e instrucciones para los ejercicios que nos había separado se descorrió momentáneamente, y supe por palabras corteses, amistosas, que su madre visitaba invariablemente cada año la República Dominicana, que había hecho ya una costumbre vacacionar en esas tierras donde los extremos climáticos no existen y el sol no se cansa de brillar y quemar, ya sea verano, primavera, otoño o invierno.

Ella también participaba de esas excursiones anuales. Ausente por varias semanas, a su regreso me dijo que estaba en Puerto Plata donde se había reunido toda la familia para una celebración por razones que ya he olvidado o quizás nunca me dijo.

En una oportunidad cumplía un trámite kafkiano para sobrepasar las medidas de seguridad exigentes en el aeropuerto principal de Londres y acceder a ciertas áreas restringidas. Aquel señor de barba rala, cargado de años que habían dejado huellas, no contuvo su alegría cuando vio mi pasaporte. Un "yo conozco su país" rompió la monotonía burocrática y ser dominicano fue el visado para atenciones rápidas, corteses y obviar algunos de los pasos molestosos para la documentación especial. No una sino varias veces había gozado de las delicias dominicanas, entre ellas el ron más playa, más arena, más una música cuyo ritmo no aprendió ni aprenderá a llevar con su cuerpo de pensión al doblar de la esquina en el calendario.

Llegaba a mi antiguo lugar de trabajo en pleno disfrute de un taxi londinense, con espacio en el habitáculo posterior suficiente para contener a uno de los "yahoos" o de los habitantes de Brobdingnag con que tropezó Gulliver en sus viajes, cuando el conductor advirtió la bandera que flotaba al frente. De nuevo un "yo he estado en ese país", seguido de un catálogo de alabanzas que apenas comprendía en la jerga cockney. Otro taxista que una vez me recogió frente a la embajada dominicana sentó cátedra sobre las reglas sanitarias en los hoteles y las razones de los problemas que una vez tuvieron turistas británicos en Puerto Plata, lo que provocó un descenso pronunciado del flujo de visitantes desde el Reino Unido. Los periódicos sensacionalistas masacraron nuestra industria y costó años y mucho esfuerzo recuperar el mercado perdido. Aquel sabelotodo, viajero inveterado, con un callejero de Londres en la cabeza más efectivo que cualquier GPS, me hizo un recuento pormenorizado de su último viaje a la tierra que más amó Colón. No terminaba el relato efusivo pese a que el portero del hotel donde almorzaría con unos amigos empresarios dominicanos montaba guardia a un costado del vehículo, sorprendido porque no salía del taxi negro pese al cumplimiento del ritual del pago.

Sería una historia más interminable que la del taxista un recuento de los tantos elogios que escuché de labios británicos que pocas veces se abren para que afloren cuestiones personales. Me mostraban en los acentos más diversos las facetas del país que sirve de anfitrión cada año a poco menos de cinco millones de visitantes y que la meta oficial en un futuro cercano quiere duplicar, con sobradas razones para el bienestar de nuestra economía y los dominicanos, sobre todo dominicanas, que han encontrado una vida digna gracias a la llamada industria sin chimeneas.

No es solo en España, Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido donde centenares de miles de europeos hablan sobre las bondades de los dominicanos, de cómo sonríen pese a la pobreza evidente y la miríada de dificultades que componen la rutina o el simple hecho de existir. Dudo de que se trate de la corroboración del refrán aquel de que al mal tiempo, buena cara. Me inclino por entrever una personalidad en la que se dan todas las complejidades y contradicciones típicas del ser humano, pero en la que sobresale la hospitalidad como virtud que trasciende lo comercial, el entrenamiento para servir al extranjero con eficiencia y, sobre todo, el valladar de la ignorancia. No es deferencia, mucho menos servilismo, sino la manifestación de una cultura cuyos rasgos rurales no han desaparecido del todo. Abomino de la tesis de Rousseau sobre le beau sauvage, pero atisbo rasgos de ingenuidad en esa conducta de los dominicanos cuya descripción he seguido embobado por el orgullo en tantos lugares de un mundo tan ancho como siempre pero cada vez menos distante.

Tampoco es condescendencia con el caribeño perdido en las intríngulis de culturas extrañas. Los estereotipos crecen con igual vigor en todas las latitudes, y en múltiples ocasiones he debido enmendar planas sin violar las reglas de la diplomacia y mucho menos de la decencia. Pero a quien pregunta con el asombro que enmascara el cinismo por qué sé ciertas cosas cuando en los ambientes refinados se desgranan teorías, se alardea de savoir vivre o se ingresa en pretendidos recovecos académicos e interviene segura la voz del Caribe pobre, le respondo con igual dosis de hipocresía que se supone que yo sea un hombre educado. La pretensión es a veces un arma letal.

En un rincón del Georgetown de solera, ya en el Nuevo Mundo, hay una sastrería donde entre otras destrezas figura la reconversión de aquellos trajes costosos cuando la moda los deja atrás. Un paño fino, domesticado en cada pliegue por el roce de la misma piel y conocedor pleno de la individualidad que todos poseemos, no se echa a un lado porque simplemente la veleidad sartorial decreta un estilo ligeramente diferente, con medidas de solapa, por ejemplo, más chicas. O más ajustado en la cintura, a contrapelo de ciertos excesos grasientos en áreas claves pero que la generosidad del tejido y la ciencia del buen corte ocultan o acomodan. Allí oficia un turco a quien el amor común por su ciudad de nacimiento, Estambul, anima de inmediato un diálogo vinculante en el que la riqueza de la cocina otomana y las buenas vistas del Bósforo irrumpen con una estela de recuerdos, añoranzas y nostalgias que la esperanza de otra visita mitiga.

Lo que adereza el encuentro, con reducción incluida de la tarifa para el trabajo cuidadoso que el encargo requiere, no son las especies exóticas del bazar ni el té de manzana que se puede tomar en las calles de ese trofeo urbano con extremidades en dos continentes, sino la confesión del turco de que ama a la República Dominicana; de que sus gentes no tienen parangón; de que tiene allí un amigo entrañable; de que con frecuencia toma el avión para aterrizar en el pedazo de una isla que no tendrá tantos emblemas históricos ni monumentos como el Estambul propio de Las mil y una noches, pero sí abundancia de afecto y cariño, vigorosos como la voz del muecín que llama a oración desde las tantísimas mezquitas que pueblan uno de mis lugares favoritos.

Yacía boquiabierto en el sillón del dentista en un consultorio en piso alto con pared de vidrio que dejaba captar a mis ojos el paisaje semiurbano del Gran Washington próximo a sus confines. Una pausa bienvenida en la tortura obligada, a causa de una urgencia en otro de los salones para el cuidado dental. La asistenta, una de las tantas emigrantes etíopes que dejan ya huellas culturales en la capital de los poderosos Estados Unidos, me pregunta de dónde soy. La reto a que adivine y me dice a seguidas dos nacionalidades que a menudo me atribuyen: egipcio o judío. Amaina la tensión común a todo paciente dental, y la animo a que continúe. Yerra repetidas veces hasta que le digo: dominicano.

No lo puede creer pero se repone pronto y me dice: "Jamás lo hubiese adivinado. Es el mejor lugar sobre la tierra. Allí pasé los mejores momentos de mi vida cuando fui para mi luna de miel. Usted sabe cómo es la vida, ya tengo hijos y mi esposo y yo pagamos una hipoteca. Pero mi sueño es volver, y ya estamos ahorrando para esas vacaciones". Quien volvió fue el doctor, a violar con sus pinzas e instrumentos que para mí siempre serán extraños la santidad de mi boca, excepto cuando dispara las maldiciones consuetudinarias para consumo exclusivamente mío. Cuando me marchaba, aliviado solo unos instantes hasta que me pasaron una cuenta más dolorosa que el tratamiento, la enfermera me acompañó y me dijo: "Ustedes los dominicanos son gentes increíbles, tan amistosas, siempre sonrientes".

El secreto mejor guardado del Caribe, rezaba la publicidad con que una vez se promovía el país en el exterior. La referencia llevaba a unas playas de arenas blancas, de belleza serena, de un encuentro de azul perfecto de mar y cielo en el horizonte congelado en la foto. Una imagen que invita al ocio, al descanso, a comulgar con esa naturaleza esplendorosa que tanto gusta al visitante. El secreto mejor guardado es otro: nosotros mismos. Digamos, para no pecar de hiperbólico, que esa combinación eficiente de humanidad y paraíso terrenal, diseñados para marcar por siempre a quienes nos visitan para alejarse de problemas, climas inclementes, y permitir lo anestesien con atenciones espontáneas, reveladoras de una calidad sencilla, desprovista de afectación.

Hay abundancia de generosidad en nuestra gente humilde, la que en gran medida ha decretado el éxito de República Dominicana como destino turístico y tierra que acoge al extranjero con un abrazo sincero y sin ínfulas. Pocos días atrás me lo decía sin tapujos el nuevo representante de Massachusets, Joseph Kennedy III, el último de la ilustre dinastía que llega a la política y quien fue un voluntario del Cuerpo de Paz en los alrededores de Puerto Plata. La generosidad con que la familia pobre que lo albergó compartía con él lo poco que tenía se resiste a ser recuerdo en su mente, deduzco por la efusividad en sus palabras. Más bien es un estímulo, un abono más a su vocación de servicio público.

Ese es el país localizado en el paralelo emocional.

Me inclino por entrever una personalidad en la que se dan todas las complejidades y contradicciones típicas del ser humano, pero en la que sobresale la hospitalidad como virtud que trasciende lo comercial, el entrenamiento para servir al extranjero con eficiencia y, sobre todo, el valladar de la ignorancia. No es deferencia, mucho menos servilismo, sino la manifestación de una cultura cuyos rasgos rurales no han desaparecido del todo.

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