A DECIR COSAS|02 mar 2013, 12:00 AM|4|POR Aníbal de Castro

La piedra no es tan firme

Esta vez la repetición de los acontecimientos no es farsa, sino inflexión en una historia cuya apariencia traiciona una realidad de rompecabezas distante solo en tiempo y forma de aquellas conspiraciones sibilinas que dieron al trono de San Pedro un toque extremadamente terrenal. Porque el reino es también de este mundo, y de él las vilezas, vesanias, ambiciones e hipocresías que caracterizan a los bípedos cuando exceden el número gramatical denominado singular.

En las calendas de este marzo del 2013, por coincidencia litúrgica en Cuaresma, tiempo de oración y ayuno en rememoración de aquellos cuarenta días y noches de un Jesús humano en el desierto, vulnerable a las tentaciones, no hay una cabeza visible al frente del Vaticano. Por corto tiempo, ciertamente. La razón no se debe a la única imaginable hace solo semanas: la inevitable biología, ciega a terror en su implacable e incesante tarea de reproducir y disminuir la especie.

Desde hace 600 años no había vacante por renuncia en ese pequeño reducto de la Roma eterna y que, sin embargo, ejerce una influencia urbi et orbe que ninguna de las otras religiones ha logrado. La suerte de Benedicto XVI, ahora papa emeritus y no cardenal Ratzinger, difiere en mucho del viacrucis de su antecesor renunciante, el monje ermitaño Pietro da Morrone, en la nomenclatura católica Celestino V y quien presidió apenas seis meses, hasta el 13 de diciembre de 1294. Bonifacio VIII no se anduvo con miramientos y mandó a encerrarlo de por vida, temeroso de que el arrepentimiento fuese pasajero. Al menos fue generoso en la selección de la cárcel, el castillo de Fumone, en el Lacio, una de las regiones italianas con más carga histórica, y donde murió diez meses después.

Este pontífice efímero, santificado, y cuyo reverenciado nombre ningún otro papa ha tomado, oriundo del entonces reino de Sicilia y donde por lo visto aún no habían germinado ciertas habilidades, posibilitó la renuncia de Benedicto XVI al disponer como una de sus primeras medidas la abdicación: "… los Cardenales de la Iglesia Romana, quiénes son uno, y con el visto bueno y asentimiento de todos nosotros y por la autoridad Apostólica establecida, se ha decretado de que el Romano Pontífice puede libremente renunciar. Por consiguiente, para que esta promulgación con el transcurso del tiempo, no quede en el olvido y para que cualquier duda pueda revivir la discusión, ha sido puesta entre otras constituciones, bajo perpetua memoria según el consejo de nuestros hermanos". El alemán anda en buena compañía siciliana.

El tema de la abdicación de Benedicto es apasionante, más en estos tiempos de revolución tecnológica y un embajador dominicano en la Santa Sede periodista -Víctor Grimaldi-- quien generosamente ha mantenido informado a sus colegas con lujo de detalles. La pompa y las circunstancias, el protocolo riguroso, la atención hasta a lo más nimio, el velo de misterio que siempre ha rodeado las cuestiones vaticanas, los escándalos hechos públicos y la inclusión de un cardenal dominicano entre los electores aderezan el hecho inesperado. Empero, hay otra historia y consecuencias más allá de la parafernalia, el color y características del hábito que corresponderá al papa emérito, su modesta pensión, los zapatos hechos en México que reemplazarán esos calzados anticuados de colores encendidos que prescribe la tradición, su encierro en confines monacales aunque de seguro sin la simpleza de la tradicional celda de los místicos.

Hay otras circunstancias que trascienden la despedida emotiva y el corto viaje en helicóptero al alojamiento provisional en la residencia veraniega papal de Castel Gandolfo, no muy lejos de Roma, propias esas últimas horas de un guion de Hollywood o de la narrativa de las celebridades. Porque esta renuncia no obedece, por ejemplo, a las motivaciones del fundador de la Orden de los Celestinos y abanderado de la vida frugal, contemplativa, como la que llevaba en la belleza prístina de los Abruzos antes de que el Sacro Colegio Cardenalicio lo escogiese a unanimidad y rompiese el impasse que por dos años mantuvo acéfala a la iglesia, no tan poderosa como ahora en aquella oscuridad del siglo XIII y cuando la verdad cristiana se limitaba a unas cuantas provincias del imperio romano en sus tiempos de máximo esplendor. Celestino V llegó a su papado en burro, como el Jesús de la entrada triunfal a Jerusalén poco antes de la crucifixión.

Igual que en aquel entonces, hay una Iglesia en crisis. Con matices similares de urgencia sobresalen las divergencias doctrinales, los afanes por parcelar el poder de la Casa de Pedro y las intrigas en los corredores vaticanos que esta vez abarcan las finanzas y los pecados y pecadillos de unos pastores que igual atienden almas que los intereses más terrenales, en obediencia a pasiones non-sanctas que el secreto oficializado cada vez alcanza menos a ocultar. La Iglesia del aggiornamento pasó a peor vida. Como antes de aquel cónclave revolucionario del Juan XXIII de la opción preferencial por los pobres, la institución que ha sobrevivido cismas, proscripciones, el abanderamiento de causas innobles y silencios cobardes, necesita "adaptar mejor las necesidades de nuestro tiempo a las instituciones susceptibles de cambio, promover todo lo que pueda ayudar a la unión de todos los creyentes en Cristo, y fortalecer lo que puede contribuir para llamar a todos al seno de la Iglesia". Las esperanzas de que al habemus papam que acompaña al humo blanco siga un período de cambios están menguadas ante el blindaje aparente del sector más conservador, con disfraz imperfecto de ovejas mansas pero camándulas de sobras en el inventario.

Sin embargo, la razón inquiere sobre la prevalencia del sentido de supervivencia que la ha caracterizado siempre, camaleón por excelencia desde el evangélico "tu es Petrus et super hanc petram ædificabo ecclesiam meam et portæ inferi non prævalebunt adversus eam", (tú eres piedra -de ahí Pedro--, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella), italianizado en letras eternas en lo más alto de la impresionante cúpula de la catedral vaticana. El donativo de las llaves del cielo que asegura el texto a continuación, supone la apertura previa de muchas pero muchas otras, factor que sobre todo garantiza la pericia al frente del timón legendario.

Como tarea inmediata del próximo papa que escogerá el Colegio Cardenalicio, santo solo en la adjetivación, figurará la recomposición del poder sumariado en la imagen pétrea del primer ocupante de la principalía cristiana. Rehacer la autoridad papal, despeñar esas figuras que ofician detrás del trono y aclarar las reglas del juego sin posibilidad de contradecir efectivamente al árbitro, suponen de por sí tareas magnas, necesitadas de una voluntad de roca firme. A menos que nuevamente las conveniencias del momento determinen la elección de otro actor de reparto, más cerca del más allá que del más acá y por tanto con pintas de transición. Fue lo que se dijo desde un principio del cardenal Ratzinger, agotados su tiempo y energías en la dirección firme de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el dicasterio tenebroso conocido en otros tiempos como Inquisición. Después de un Juan Pablo II doctrinario, enérgico, sepulturero del socialismo real y vencedor glorioso de la Guerra Fría, en el Vaticano por casi treinta años, la astucia eclesiástica aconsejaba un período de espera en el que la correcta lectura del momento primara sobre motivos más trascendentales. El cielo siempre puede esperar.

Ni los magos cardenalicios y toda la sapiencia de los secretarios de Estado podían anticipar los tantos escándalos, sobre todo la pedofilia extendida como metástasis final por el cuerpo eclesiástico. La perfidia detrás de los muchos esfuerzos para proteger a los curas perversos compara en gravedad con los delitos. Y con la carga económica que ha conllevado la retribución millonaria a las tantas víctimas de una práctica que hasta algunos cardenales, y se conjeturó que el mismo Ratzinger, apañaron sin misericordia cristiana alguna. Esa mancha indeleble permanecerá pese a lo albo del hábito que lleve el papa emérito.

Si la tarea anterior está diseñada para titanes, no menos fortaleza reclama la otra gran urgencia del momento, y es acomodar la institución a los nuevos tiempos, recoger los reclamos de una grey que ya no obedece a los pastores por la causa sencilla de incompatibilidad entre la doctrina y la realidad. En primera línea se erige la postura tozuda frente a la sexualidad y el derecho inalienable a pausar o detener la reproducción. Hablamos de un apartado extenso, muy complejo, pero que otros signos cristianos han resuelto de manera satisfactoria.

La Iglesia, en su acepción de comunidad, marcha en falta. Se discrimina cruelmente a las minorías mientras se reivindican hipócritamente los derechos humanos y demás anexos simples de la vida en democracia. La homofobia se ha convertido en doctrina con pretensiones de infalibilidad. Peor aún, se predica con desparpajo cruel y se tilda a estos nuevos heréticos con epítetos tan subidos de tono que retallan insultantes cuando emergen con arrogancia en las prédicas y enseñanzas eclesiásticas. De nuevo la duplicidad que también subvierte a menudo el principio del celibato asumido junto con las órdenes sacerdotales. Porque en el mundo de los oficiantes de la ortodoxia doctrinal, la homosexualidad es secreto a voces, práctica que el sigilo acompañante convierte en pulsión irrefrenable que conlleva conductas ya no propias de una elección sexual voluntaria, sino patológicas, desviadas, profanas del respeto a la minoría de edad y en el mercado de favores a cambio de dinero.

La peor calificación merece la misoginia que a contrapelo de las primeras comunidades cristianas se ha instalado con anclas seguras en la Iglesia pétrea. Aunque en las epístolas del fundador del cristianismo, el Pablo transformado luego del rayo que lo derribó del caballo, se atisba ya la condena de la mujer a categoría segunda, la exclusión femenina de las labores de evangelización y oficios ceremoniales no era la regla. Ahí están los evangelios para probar una tarea femenina de primer orden y que no se limita a la concepción de Jesús. La igualdad de género ha sido secuestrada a las puertas de los templos, y los nuevos tiempos reclaman a gritos no solo que el papa tenga una cuenta de twitter, que las nuevas tecnologías sean un instrumento poderoso de catequesis o que la parroquia sea más que un edificio o la casa curial, sino que la mujer sea integrada con pleno derecho.

Iglesia y ministros andan demasiado empeñados en los aprestos terrenales, pero sin abandonar la atalaya del aislamiento donde apenas llegar el olor a multitudes. La matrícula más numerosa de fieles no mora en las antiguas provincias romanas, tampoco en los países desarrollados. Se la encuentra sobre todo en la América Latina, en África, en los rincones del mundo pobre y donde las necesidades espirituales palidecen frente a las materiales. El evangelio de la comunidad a cuya dirección renunció Benedicto XVI dejó de ser un mensaje de cambio en la boca de tantos sacerdotes hipócritas, con anemia de talento y de vocación verdadera. Revertir tanta desidia, corregir tantos males, equivalen casi a fundar otra Iglesia. Está por verse quién será este nuevo Pedro. Y si no faltará a las expectativas mucho antes de que el gallo cante por tercera vez.

Iglesia y ministros andan demasiado empeñados en los aprestos terrenales, pero sin abandonar la atalaya del aislamiento donde apenas llegar el olor a multitudes. La matrícula más numerosa de fieles no mora en las antiguas provincias romanas, tampoco en los países desarrollados. Se la encuentra sobre todo en la América Latina, en África, en los rincones del mundo pobre y donde las necesidades espirituales palidecen frente a las materiales. 

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