Actualidad|15 feb 2012, 09:10 AM|3|POR Vianco Martínez
GUARDADO EN:Alfredo Morales,Coro Estudiantil, Cuba

Hermano Alfredo Morales sobreviviente del dolor

Alfredo Morales estudió con Fidel Castro en el Colegio De la Salle, de Santiago de Cuba
El hermano Alfredo Morales dedicó su vida a la enseñanza
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SANTO DOMINGO.-Alfredo Morales llegó a Santo Domingo el 3 de agosto de 1965 a las cinco de la tarde. La ciudad estaba llena de soldados que se disputaban centímetro a centímetro el territorio de una ciudad estremecida por la guerra. Había dejado atrás la Cuba de sus amores, donde fue arrestado tras la revolución de Fidel Castro por el delito de creer en Dios en un país que empezaba a voltear todos sus altares.
 
El hermano Alfredo Morales tenía grabada en los archivos de su memoria la llegada de los primeros rebeldes a Manzanillo, la ciudad que da entrada a la Sierra Maestra. "La avanzada de Fidel bajó por la ciudad de Manzanillo a las cuatro de la tarde del primero de enero de 1959. Nosotros salimos con banderas, todo el mundo, el pueblo entero salió al parque, y allí fue que los vimos llegar. Empezamos a saludar, les brindamos comida, les dimos de todo. Fue un momento histórico que se me ha grabado en la mente porque yo tenía la conciencia de que Cuba estaba dando un viraje definitivo, sin regreso".

Alfredo Morales estudió con Fidel Castro en el Colegio De La Salle, de Santiago de Cuba, y entre los acuerdos que guardaba de su infancia y de su juventud, Castro ocupa un lugar preponderante. Lo recordaba como un muchacho inquieto al que siempre estaban regañando. Un día lo expulsaron y su madre, Lina Ruz, tuvo que pedirle al director de la escuela que lo recomendara para otro centro, y así fue a parar a un colegio de los jesuitas.

Los padres de Alfredo Morales murieron a cientos de kilómetros de distancia de su corazón. Pidió permiso para ir a llorar a sus muertos, pero el gobierno cubano se lo negó. "Mi madre murió un día en que las amapolas estaban florecidas. Mi padre murió dos meses después. Murió de tristeza".

Entre sus dolores cubanos estaban su hermano Luis Morales, Héroe de la Revolución, quien cayó abatido por la policía política de Fulgencio Batista durante el baño de sangre que éste protagonizó en el tramo final de su dictadura. "Era nueve de abril y había sido convocada una huelga general. Batista dio la orden de "ni presos ni heridos". Ya en la noche había centenares de cadáveres en los cementerios tirados como animales. Ahí fuimos a buscar a mi hermano, que era ingeniero y dirigente de la Acción Católica. Lo habían matado en una estación de policía. El asesino le disparó tan cerca que una de las balas rebotó y lo hirió en una pierna".

El hermano Alfredo Morales vivió sin rencores ni resentimientos, a pesar de los dolores que ha cosechado a su paso por la vida. Es un humanista de convicción que ha alimentado su formación con la profesión de Hermano Lasallista, tres doctorados -uno en Teología y en Sociología Religiosa realizado en París, otro en Pedagogía cursado en la Universidad de La Habana, y un tercero en Música, del Conservatorio de Música Ernesto Lecuona.

Cuando llegó a la República Dominicana contribuyó con otros hermanos lasallistas a instaurar un nuevo modelo de educación inspirado en las ideas liberadores de Paulo Freire, y fundó el Coro Estudiantil.

Caminando por su última estación, miraba atrás y se estremecía. Entre una confesión y otra, se reía de las ironías de la vida. "Fíjate cómo es la vida: por esta nueva concepción que estábamos promoviendo aquí nos decían que éramos comunistas, y de Cuba me botaron porque decían que era anticomunista".

¿En qué condiciones se produjo su llegada a Santo Domingo?


Yo llegué a Santo domingo el 3 de agosto de 1965, en plena guerra constitucionalista. Mi entrada a la ciudad de Santo Domingo fue muy dramática por la situación de guerra que imperaba. Llegué por el aeropuerto Punta Caucedo. Allí nos recibieron unos militares que nos revisaron de abajo a arriba, investigaron todo. Luego nos encontramos con el corredor de la Avenida San Martín, donde estaban los americanos. Nos obligaron a bajarnos del carro a punta de carabina y nos revisaron. Cuando llegamos empezaban los clásicos tiroteos. Eran como las siete de la noche. Ya oscurecía.

En el edificio delantero del Colegio De La Salle había 600 refugiados de la zona Este que dormían en el salón de actos. Había un grupo de hermanos de La Salle que se jugaba la vida buscando desayuno, comida y cena para 600 personas durante los dos meses que estuvieron ahí. En el segundo piso estaba el Departamento de Guerra Sicológica del ejército americano. Los americanos salían por la César Nicolás Penson y los refugiados se movían por la  Avenida Bolívar para que no se encontraran en el mismo momento. Estaba prohibido que se cruzaran ambos grupos. Ellos lo tomaron, lo alquilaron por ley militar, aquí llegamos y aquí estamos.

Cuando llegué me encargaron de la Juventud Estudiantil Católica (JEC). Eran grupos juveniles del medio estudiantil secundario y universitario organizado bajo el lema "Ver, juzgar y actuar", y "Fe, autoridad y servicio", pero servicio cultural, servicio espiritual. El cardenal Beras, que en paz descanse, me consiguió de Caritas un Volkswagen nuevo, me lo puso aquí en la puerta y me dijo: Recorre el país. Y recorrí el país por todas partes, hasta la frontera.

En el 1967 ocurrió el hecho tan bonito como el nacimiento del Coro Estudiantil, al que he dedicado gran parte de mi vida. El Colegio De La Salle siguió toda la corriente pedagógica de Paulo Freire, la educación liberadora, y de la iglesia católica, que se lanzó desde el 68 en Medellín. Con eso nos buscamos tremendo problema con el gobierno del doctor Balaguer. Nos acusaron de marxistas, expulsaron al hermano Miguel Domínguez y a otros hermanos.

En ese momento comenzó ese proyecto de la educación liberadora, que implicaba, según lo que decía Medellín, que el educando fuera el sujeto de su propio desarrollo. Entonces, se le dijo a los muchachos: tienen que estar en un grupo activo y educarse, no sentarse ahí. Apareció el grupo de teatro La Carreta; Freddy Ginebra fue uno de los que estaban ahí, antes de que empezara Casa de Teatro. Después empezó un grupo de música, un coro, siete muchachos de segundo y tercer año, pero tuvieron dificultades, entonces recurrieron a mí.

Eso era a principios de octubre. El 25 de octubre hicimos el primero ensayo con un piano que está ahí, testigo de la historia, ya tiene 28 anos. En ese momento fundamos el coro que no tenía nombre, pero como estaba integrado por estudiantes le llamamos Estudiantil, Coro Estudiantil. Eran varones nada más, el colegio no era mixto, no había ningún colegio mixto en el país. Después, en el año 70, este se convirtió en el primero.

Como resultado de este proceso de educación liberadora dijimos que la forma normal de conducta es la relación de los dos sexos en una convivencia permanente. Esto se consideraba peligroso en la visión de aquella época, eran juntos la dinamita. Yo hablé con el Arzobispo y me dijo: Vamos a probar por un año a ver qué pasa.

Mientras tanto, el Coro Estudiantil necesitaba voces de muchachas. Los muchachos fueron a buscar jóvenes que eran sus hermanos del Colegio Santo Domingo, del Colegio del Apostolado, del San Francisco de Asís, del Colegio del Carmen, y apareció un grupo femenino de sopranos y contraltos, y presentamos el primero coro mixto del país -el Coro Estudiantil- que se paseó por todo el país, ofreció mas de 500 conciertos.

De ahí salió Retoños, de ahí salio Raíces, y también la fundación Coro Estudiantil. Esa es la herencia de esta dinámica del colegio que dijo el que le guste el teatro que funde el teatro, el que le guste la música que funde coros, y los demás que se vayan a cortar caña para que sepan lo que sufren los campesinos y se vayan a sembrar para que sepan lo que es sembrar y a coger sol de la mañana a la noche. Hubo una capa social que gritó: Comunismo, y como son cubanos todos!

Y fíjese cómo es la vida: por esta nueva concepción que estábamos promoviendo aquí nos decían que eramos comunistas y de Cuba me botaron porque decían que era anticomunista. Lo que sucede es que nuestros acusadores le tenían un miedo que rayaba en el pánico a todo lo que olía a libertad, a la palabra libertad. Nosotros llamamos a nuestro proyecto "Educación en la libertad y para la libertad". Era una concepción irresistible para la mentalidad de aquella época.

¿Qué recuerda de sus relaciones con Fidel Castro?

Yo lo conocí en el Colegio de La Salle. Sencillamente era muy inquieto. Cuando íbamos de paseo siempre lo estaban regañando, Fidel pa qui Fidel pa lla. Raúl era una cosita chiquitita de cinco años. Se dormía en el sillón del director, se pasaba el día entero porque eran internos los tres. Ramón era el más callado, es el mayor y siempre ha tenido una posición muy discreta. Después era el ganadero de la familia, el que se dedicaba al sector agrícola. Así ha sido siempre, todavía ahora. Por eso no es muy conocido y nombrado Ramón Castro. Pero Fidel sí era muy inquieto. A tal punto que al terminar la Primaria el director del colegio dijo que no podía seguir, entonces vino Lina Ruz, la mama de Fidel, le pidió al director que le recomendará otro colegio católico, que ella quería que siguiera en un colegio católico, y así fue como pasó al Colegio Dolores, de los padres jesuitas.

Al poco tiempo, ya el director de los jesuitas dijo: Qué pasa con este muchacho, no se puede con él. Entonces, optaron por mandarlo al colegio de los jesuitas de La Habana, el gran colegio Belén, el colegio de más prestigio de Cuba. El padre jesuita determinó su bachillerato. Fidel Castro es graduado de los hermanos De La Salle, de padres jesuitas, alumno del colegio católico de primer grado a cuarto ano de bachillerato.

Incluso, en el libro Fidel y la religión, Frei Betto dice que los métodos que usa la revolución son aprendidos de los jesuitas. Fidel reconoció que ahí aprendió la disciplina militar, la logia, el ordenamiento de ideas se lo dieron los jesuitas. Primera vez que él decía en público una cosa así.

Años después, los primeros rebeldes, o sea, la avanzada de Fidel, bajaron por la ciudad de Manzanillo, a las cuatro de la tarde del primero de enero del 59. Nosotros salimos con banderas, todo el mundo, el pueblo entero salió al parque, y allí fue que los vimos llegar. Empezamos a saludar, les brindamos comidas, les dimos de todo. Fue un momento histórico interesante que se me ha grabado en la mente porque yo tenia la conciencia de que cuba estaba dando un viraje definitivo, sin regreso.

El 26 de julio del 59 -el primer 26 de julio de Cuba liberada ya- hubo una gran ceremonia de acción de gracias en la Catedral, en la que coincidieron todo el Episcopado cubano, el cardenal haitiano, el Arzobispo de La Habana, Fidel y todos los comandantes, dándole gracias a Dios por el éxito de la revolución cubana, y la iglesia promoviendo eso.

Al terminar -fue la única vez después de la revolución cubana que yo he hablado con Fidel- todo el mundo fue a saludar a Fidel porque en ese tiempo era muy accesible, muy cercano, y yo pasé y me identifiqué. El me dijo: Donde están los hermanos que me dieron clases, el hermano tal, el hermano tal, el hermano tal...? Y me dijo: Búscamelos que me quiero comer un macho asado con ellos un día. Eso era en un banco de la Catedral, cosas fugaces que pasan y uno dice: Pero que memoria! En medio de esa barahúnda de gente que viene a saludar al comandante, que lo teníamos ahí, a diez centímetros, acordarse de tanta gente.

¿Qué sucedió con usted cuando se inició el conflicto con la iglesia?

Cuando la invasión de la Bahía de Cochinos, abril del 61, a los hermanos lasallistas los agarraron presos a todos. Los metieron en el calabozo de los policías, cinco hermanos de La Salle y tres sacerdotes franciscanos, que eran párrocos. Los franciscanos eran españoles los tres, y el cónsul español inmediatamente protestó y hubo que sacarlos. Pero los cinco restantes éramos cubanos, no teníamos padrinos y ahí nos quedamos.

Estuvimos detenidos diez días. Nos mantuvieron en el calabozo de la estación de policía, en el mismo lugar donde meten los borrachos mientras deciden qué hacer con ellos. Nos agarraron a los cinco en distintos lugares y todos fuimos a parar ahí. Uno siempre se junta en la desgracia con sus iguales. Nos agarraron en casas particulares.

Yo estaba en una casa y el señor de la casa me dijo: Hermano, ya saben que usted esta aquí. Yo tengo que proteger a mi familia y a mis hijos, discúlpeme, y me entregó. Los policías entraron y me dijeron: Usted es Hermano de La Salle? Si, les dije. Entonces, venga con nosotros y me llevaron. Ahí estaban los otros hermanos lasallistas. Eso fue al comienzo de la revolución.

Después nos enteramos que el gobierno entendía que todo el que trabajaba con juventudes podía organizar algo para apoyar la invasión. Fue una medida de persuasión. Ahí había de todo, dirigentes del Club Rotario, de los Boys Scouts. Había ciento y pico de miles de gente presa, en el estadio, en todas partes. Los fueron soltando poco a poco. Así salimos nosotros. Además de eso pasamos otras escaramuzas más desagradables, que no te las cuento porque no conviene.

Siempre notamos la presencia de gente serena, gente que comprendía más la situación, junto con los que saltaban y gritaban. Había uno o dos cerebros fríos que se daban cuenta de lo que estaba pasando y reaccionaban fríos, y logramos hacer contacto con esa gente. Incluso, una de las personas nos dijo, un día que pasó un avión de la invasión, Esta cárcel es un poco peligrosa. En caso de que sientan que están bombardeando pónganse detrás de este árbol.

Todo eso se mezcla en la memoria de uno, hechos muy tristes, muy vergonzosos, con hechos muy nobles de gente que en el momento difícil asume su rol, y lo humano pasa por encima de lo político, de lo ideológico. Después salimos el primero de mayo. Fidel en su discurso declaró que había un solo sistema educativo en Cuba, por lo tanto, toda la educación privada desaparecía automáticamente. Todos los colegios católicos, los colegios particulares, evangélicos, de todo tipo, pasaron al poder del Estado y se terminó la educación privada en Cuba.

Entonces se organizo la salid. Éramos 125 hermanos de La Salle. Hubo que fletar un avión y salimos Miami, de donde nos repartieron por todo América Latina. Yo fuí a México. Esa es la historia.

¿Qué significó para usted salir de Cuba en esas condiciones?


En aquel momento estábamos tan abrumados de la presión que había sobre nosotros -toda la opinión pública estaba en contra de nosotros, de la iglesia, de los católicos, de los religiosos, yo había estado preso bajo una presión tremenda- y en ese momento lo que uno sintió fue como un alivio. Debía haber algún sicológico para que anotara las reacciones.

Hubo tres tipos de reacciones. Hay gente que cuando la azafata dijo Estamos en aguas internacionales, aplaudió, se empezó a reir nerviosamente. Hubo gente que se calló la boca y no dijo una palabra, y hay gente que se puso a llorar.

Cada cual reaccionó de acuerdo con la presión que llevaba dentro y los peligros y tensiones que había vivido las semanas anteriores. Nadie le preguntó nada a nadie. Es que no se podía hablar; hay un momento en que el silencio es un lenguaje. Cuando hay una cantidad de recuerdos que se agolpan uno tiene que procesar todo eso. Entonces uno quiere vivir otro momento. Yo necesitaba otro tiempo para tomar distancia y ponerme a procesar todo porque los hechos históricos son tan abrumadores que no se pueden digerir en 24 horas. Y la revolución cubana ha sido tan combativa y tan ambigua en tantas cosas.

¿Cómo se produjo la muerte de su hermano?

Se llamaba Luis. Era profesor universitario y presidente de la Acción Católica Cubana. Se había ganado unas becas de post grado en los Estados Unidos, tenía titulo de maestro en suelo, era agrónomo y perito químico azucarero. Tenía un porvenir brillante. El nuevo de abril, que fue la gran huelga para tumbarlo y que paralizó el país entero, Batista dio la orden de ni presos ni heridos, en caso de duda disparen. Así amontonó docenas de cadáveres en los cementerios.

La noche de aquel día había centenares de muertos en los cementerios tirados como animales y ahí fuimos a buscar a mi hermano con otros dirigentes de Acción Católica. Lo habían matado en una estación de policía y a los tres días se me presentó el recibidor del Colegio De la Salle y me dijo: Usted es hermano del ingeniero Luis Morales? Le dije Si, y me respondió informándome Nosotros hemos localizado al asesino de su hermano y venimos a pedirle permiso para matarlo porque le tiró tan cerca que él mismo se hirió con una bala que rebotó.

Entonces mis padres estaban en La Habana. Yo consulté a mi madre. Le dije Pasó esto y mi madre me dijo Con hacer sufrir a otra madre Luis no va a resucitar. Dile que no lo maten, y así se lo dije de parte de mis padres, que no lo maten. Ese militar que mató a mi hermano Luis yo se quién es y dónde está.

¿Nunca se volvió a reunir con sus padres?

Yo los vi en el 1975. Mi madre estaba enferma y la Cruz Roja Internacional intervino, y debido al apellido de nosotros y a Luis ser un Héroe de la Revolución, hicieron un gesto de reconciliación y me dejaron ir a verla. Quince días estuve allá. Pero al momento de la verdad y la muerte, a ningún familiar mío he podido ver porque los tramites son tan largos que fallecen antes de llegar. Mi padre se llamaba Osvaldo Morales, de profesión farmacéutico, y mi madre Dolores Morales, Lolita le decía. Murieron con dos meses de diferencia el uno del otro. Murieron en Cuba, pero el gobierno de Fidel Castro no nos dejó ir.

Cuando papá murió, a mi hermano le permitieron hacer una llamada por la mañana, el 8 de diciembre. Mi hermana Carmen, que nunca salió de Cuba, me dijo papá está grave. Yo le pregunté ¿Qué puede durar? Me respondió Una semana, un día, unas horas, pero ya no regresa. ¿Está consciente? Si, esta consciente. Dale mis saludos, dile que yo lo quiero mucho y que nunca lo olvidaré.

Por la tarde, a las cinco, una persona me llama. Era la segunda llamada que yo recibía de Cuba desde que había salido, y m dijo simplemente: Tu papá se fue a descansar con tu mamá. Respondí con el silencio que nace del dolor.

Mes y medio después, vía Praga, Checoslovaquia, llegó la carta donde me explicaban los últimos momentos de mi papá. Pero yo me pasé mes y medio sin saber lo que había pasado. Supe que mi hermana Carmen le preguntó si había recibido el cable de felicitación que yo le había mandado porque él cumplía años el nueve, el día siguiente. Y dice ella que hizo un gesto diciendo que si, que entendía y que recibió el mensaje, pero ya no habló más.

¿De qué murió?


De tristeza.
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