ACTUALIDAD|04 ene 2013, 12:00 AM|15|POR Nikaury Arias

Pasaportes haitianos en San Pedro de Macorís

Elmase Jeune sostiene su pasaporte, mientras cuenta que no ha podido viajar a Haití por falta de recursos.

No solamente la discriminación racial les persigue, ahora también el temor de no tener un documento de identidad que les garantice seguridad en un país al que por nacimiento no pertenecen. Esta es la situación de nacionales haitianos que residen en bateyes del municipio de Consuelo, ubicado a unos 12 kilómetros de San Pedro de Macorís, en el Este del país.

Con la discriminación se puede vivir. Ese prejuicio racial por razones de color de piel está intrínseco en la sociedad dominicana, por cuestiones históricas más que obvias. ¿Sin identidad? No, implicaría vivir en constante miedo.

Tener un pasaporte supone estar acreditado por parte de las autoridades correspondientes de un país para viajar al extranjero. El pasaporte es la identidad de estos inmigrantes, quienes lo adquieren en el Centro de Atención Jesús Peregrino, a través de la Embajada de Haití.

Aunque al escuchar la palabra pasaporte, por defecto, las personas suelen remontarse a un viaje al exterior, para inmigrantes haitianos que residen en los bateyes del municipio de Consuelo, dista mucho ese parecer. Y es que para ellos, tener un nombre y un apellido que avalen su existencia ya es suficiente.

En lo que va de año, el Centro de Atención Jesús Peregrino, ubicado en Consuelo y levantado por la Asociación Scalabriniana (Ascala) en el país, ha dotado a 2,010 nacionales haitianos de pasaporte (haitiano). A primera impresión esto significaría una esperanza de regresar al país que los vio nacer y reencontrarse después de largos años con sus familiares. Pero no es así. Sus salarios no alcanzan para bien comer y el visado conlleva un pago, que si bien no es alto para muchos, para ellos es una fortuna, sin contar el costo del pasaje ida y vuelta.

El Centro de Atención Jesús Peregrino ayuda a los inmigrantes haitianos en procesos de documentación (actas de nacimiento y pasaporte). La directora de la entidad sin fines de lucro, Idalina Bordignon, cuenta que hace 20 años trabajaban como iglesia, organizando a través de las parroquias comités que atendían las necesidades en los bateyes. Se trata de un grupo de religiosas scalabrinianas, cuya misión es ayudar a este segmento. A través de las parroquias empezaron a crear conciencia de la realidad de los bateyes, pero más adelante sintieron la necesidad de erigir un centro para atender de manera personalizada a nacionales haitianos sin documentos. Es por ello, que a sus diez años en el país optaron por levantar el centro, donde ofrecen una atención continua a los inmigrantes y, planifican proyectos a largo plazo.

Con la colaboración de la Unión Europea (UE), Justa Alegría (organización española), el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y el Ayuntamiento de Málaga, España, -entidades que según Bordignon se sensibilizaron a raíz del terremoto de Haití en 2010- este año 2,010 nacionales haitianos fueron beneficiados de una "identidad" (pasaporte).

Aunque para algunos podría significar un alivio por razones de seguridad ante las autoridades policiales dominicana, como haitianos afirman: "El pasaporte no le sirve mucho a un haitiano aquí… pero le da mucha seguridad", expresa Bordignon. Sin dudas, más que una oportunidad de viaje a su país natal, el pasaporte para los nacionales haitianos es sinónimo de identidad y seguridad. Al menos, los pocos que han viajado "se trasladan y regresan y la policía no puede molestarlos porque tienen visa".

Bordignon narra que los haitianos sin pasaporte- porque no tienen ningún otro documento que haga constar que existen- no pueden declarar a sus hijos. Es útil para adquirir la paternidad. El pasaporte les ofrece una identidad "real". Y es que para conseguir trabajo no es de mucho provecho, o más bien no funciona. Para laborar sólo hay que estar dispuesto a ejecutar trabajos forzosos, llámese construcción o corte de caña, además de cumplir las condiciones de los empleadores, entre ellas, el paupérrimo salario quincenal que brindan.

¿Indigentes? Bueno… aquellos que viven en bateyes de Consuelo sí, pero conformes. En el último de los casos hasta felices. Esa es la sensación que se percibe cuando entras a sus viviendas y hablas con ellos. Se han adaptado a un ritmo de vida "mísero", que quizás, aunque esperan cambiarlo, son conscientes de que es muy difícil.

Para la hermana scalabriniana "esta es una región donde miles de jóvenes están destinados a ser delincuentes o analfabetos o a autosuicidarse, porque están condenados a ser mano de obra barata, todo "porque el Estado les impide un desarrollo humano profesional, digno"… "Esa gente tiene que acabar robando, limitarse a trabajos informales donde no le exijan documentación. Es muy triste, principalmente en los jóvenes que van a la caña y las mujeres que se embarazan de doce y catorce años. Entonces el tema de la documentación se va triplicando…es una realidad difícil", enfatiza con un dejo de desesperanza.

Hasta la fecha, el pasaporte para los residentes de Consuelo es una brecha a una "mejor" calidad de vida limitada a "su existencia" en este país. Bordignon cuestiona esa "calidad" de vida que llevan los haitianos en los bateyes y asegura que el pasaporte hoy día para ellos es "más un problema que una ayuda". Y es compresible que sea una traba. Estas personas no cuentan con los ingresos ni para visa y mucho menos para renovar. De hacer un primer viaje, como ha pasado con algunos como Nelson Luigen, no podrían luego costear una renovación.

Llegar a la vivienda de Nelson es toda una travesía. El camino es un pedregal, cuyos laterales son cañaverales. Ahí, justamente al final de ese sendero, se encuentra el Batey Don Juan, donde reside. Aunque el piso de la casa de este nacional haitiano de 37 años de edad está encaminado a desaparecer, las acicaladas cortinas color azul cielo disimulan a la perfección las malogradas planchas de zinc. Su casa, flanqueada por varias en la misma condición, se ve oscura y apiñada. Se desempeña como guardián de seguridad de un negocio en las cercanías del batey. Su esposa no trabaja y sus ingresos ascienden a RD8,000 al mes.

Aletargado en una silla de madera, evoca el visado que logró hace un tiempo, pero en este momento no pasa por su mente renovarlo. "Apenas me alcanza para comer", dice.

De los entrevistados, Nelson es el único a quien le entregaron el pasaporte en el 2011 y también el único que ha viajado. Sus ojos dilatados y saltones y sus fuertes músculos denotan aún la fuerza que desarrolló durante 25 años trabajando en el corte de caña. Para él, la identidad que le ha aportado el pasaporte se traduce en quietud. La vida en los bateyes de Consuelo es dura y aunque el centro significa un aliciente para las penas de los immigrantes, aún es mucho lo que esta gente necesita.

En el Batey Don Juan también vive doña Dalila Osias, quien durante dos décadas ha librado una batalla campal por la falta de recursos. Su esposo se encuentra en Bávaro "probando suerte a ver qué encuentra" y ella se dedica a cuidar a cinco de sus ocho hijos. Contraria a la de Nelson, su vivienda es espaciosa y a la cocina se puede accesar con facilidad. Dalila afirma que el pasaporte le ha dado seguridad. "Mucho beneficio el pasaporte… porque ya no tengo miedo… se habla sin miedo", dice. En viajar ni piensa porque le es "imposible" reunir el dinero.

En el batey AB-4 reside Elmase Jeune, una doméstica de 35 años, y cuya realidad pretende esconderse entre plantas de rubros, cultivos que hacen su vida más llevadera, pues su esposo trabaja sólo medio tiempo cortando caña de azúcar y los ingresos no dan abasto. Cuenta que tener identidad es bueno por los maltratos a que están expuestos -los nacionales haitianos- por parte de las autoridades policiales en RD. "No he podido ir a Haití a ver a mi familia porque no me alcanza para comer", dice con voz entrecortada y cabeza baja sosteniendo su pasaporte.

Las condiciones sórdidas de los bateyes de Consuelo se vislumbran a metros. No son dominicanos, sí seres humanos, muchos con más de 20 años aquí tratando de subsistir, o más bien, de no morir.

Bordignon sugiere que el Estado dominicano reconozca a inmigrantes con décadas trabajando en el país y cuyos hijos nacieron en RD.

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