A decir cosas|11 feb 2012, 12:02 AM|9|POR Aníbal de Castro

Los derechos de los considerados torcidos

Ilustracion RAMON L. SANDOVAL
Me tomó algún tiempo acostumbrarme a una realidad que en la Europa Occidental liberal y los Estados Unidos ya no enarca cejas, provoca comentarios burlones o gestos de desagrado. En los cruceros de mayor lujo, en los vuelos hacia los destinos turísticos de relumbrón, en autobuses y lugares públicos, se pasean y actúan con la naturalidad que les ha proporcionado la extensión de la franquicia ciudadana de derechos y un cambio de mentalidad, a contrapelo de prejuicios de larga data asentados en un pretendido código de alta moral y la inflexibilidad legal. Los homosexuales son cada vez más miembros de pleno derecho de la sociedad, pero restan muchos reductos de hipocresía y cerrazón atribuibles a concepciones erradas, religión o al machismo que aún permea las latitudes subdesarrolladas.

Están por todas partes, en las actividades más diversas y sofisticadas. Y no se ocultan, sino que parecen proclamar con orgullo su diferencia sin temor a la censura pública. Creí mis oídos me traicionaban cuando en el vino de honor que ofrecía un colega en Londres a raíz de la presentación formal de sus credenciales, agradecía a sus padres y a su pareja por ese momento decisivo en su carrera diplomática. No hablaba de una compañera, sino de un compañero, a quien luego veía habitualmente en los convivios sociales, siempre dueño de una conversación amena, educada, erudita, a tono con su experiencia periodística en agencias internacionales de noticias y prestigiosos medios. Nadie en el auditorio se escandalizó, mucho menos los padres latinoamericanos de aquel joven profesional exitoso y para quienes el hijo no era un descarriado sino...su hijo querido. ¿Cuántos estaríamos dispuestos a comportarnos así con nuestros descendientes?

Para un caribeño e isleño, dos hombres tomados de la mano o abrazados en público, intercambiando arrumacos en la intimidad a medias de un restaurante o un bar iluminado, transmiten una imagen que violenta las nociones sobre las relaciones de amor, decididamente heterosexuales, de acuerdo con la práctica social de su micromundo. Las circunstancias cambian en éste y otros sentidos, como la reivindicación de la mujer y el respeto a las minorías oprimidas, para bien. Benditos tiempos, benditas costumbres.

El protocolo en los países desarrollados es complaciente, y no se ocupa del sexo de la pareja. Ni siquiera en las instancias reales de la monarquía más vieja del Viejo Continente, porque en la boda histórica del príncipe Guillermo en Londres, Elton John y su cónyuge, varón con el que comparte vida desde hace años y, recientemente, un hijo adoptado, ocupaban lugar de principalía. En el Reino Unido, por ejemplo, la homosexualidad es ampliamente aceptada, mas no esconderla con mentiras y comportamiento falso. Más de una figura del mundo de los negocios o de la política ha resbalado por el precipicio de la desgracia pública, y todo porque su verdadera orientación sexual ha salido a relucir luego de años de mascaradas e, incluso, de discurso homofóbico. El closet no está permitido.

En una imitación aguerrida de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos, los distintos colectivos de hombres y mujeres con preferencia por el mismo sexo han enfrentado por décadas los viejos dogmas y recompuesto a medias el concepto tradicional de la pareja y la familia e incorporarse a la vida ordinaria sin levantar ronchas. Se ha llegado muy lejos, por lo menos de la estrechez de visión que persiste en países como la República Dominicana, donde el tema de la homosexualidad es tabú y la calificación se esgrime como insulto. En el norte poderoso, los candidatos de los dos partidos mayoritarios, el Republicano y el Demócrata, se cuidarán de no ofender a los homosexuales, asegurarles sus derechos y cortejar su voto para las elecciones de noviembre. Su alto poder adquisitivo, además, los hace favoritos de la tentación consumidora que se esparce por doquier en el capitalismo moderno.

La lucha ha tenido sus mártires, y también guerreros de prosapia y poder, para quienes los derechos humanos abarcan a esas minorías, sin excusas ni reparos. La diplomacia norteamericana y la británica han adoptado una política de defensa vigorosa del derecho de los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales "a llevar una vida productiva y digna, libre de miedos y violencia". La voz de Hillary Clinton mantiene un tono permanente de reclamo para los derechos de los LGBT como se llama al conglomerado por las siglas en inglés de lesbiana, gay, bisexual y transexual. Sin fanfarria, la República Dominicana ha suscrito la declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de esas minorías y figuró entre los 80 países que en marzo del año pasado apoyaron la declaración del Consejo de los Derechos Humanos para extinguir los actos de violencia y violaciones basadas en orientación sexual e identidad de género. E, igualmente, también ha respaldado las resoluciones sobre el mismo tema adoptadas por la Organización de los Estados Americanos (OEA). Pero del dicho al hecho hay un trecho, muy, pero muy largo.

Como rezaba la declaración del Consejo en marzo del año pasado, se trata de un tema sensitivo para muchos, en muchas sociedades. De ahí, se indicaba, la importancia de un diálogo respetuoso para encontrar puntos comunes y lograr que nadie sea estigmatizado o sufra violencia o abuso por su orientación sexual. Igual ocurre con la violencia doméstica y el derecho de la mujer a la igualdad: el reconocimiento de esos derechos se estrella contra un muro de incomprensiones, barreras culturales y cerrazón mental. La realidad es otra, apabullante, descorazonadora, fuera de esos oasis de tolerancia ya descritos. También allí de tiempo en tiempo se registra una violencia odiosa contra esas minorías. La diferencia estriba en que la impunidad no está asegurada.

En 76 países, el amor entre individuos del mismo sexo es ilegal y conlleva penalidades que van desde prisión hasta la muerte. No muy lejos de nosotros, en el Caribe, hay naciones con leyes muy severas, como Trinidad-Tobago y Jamaica. En Mauritania, Arabia Saudita, Sudán y Yemen, la homosexualidad se salda en el cadalso, un castigo que tiene antecedentes bíblicos en el referente de Sodoma y Gomorra. Al homosexual se le veja, ridiculiza y su conducta se atribuye a perversión y distanciamiento de las reglas correctas en una sociedad de valores. En el seno de las familias tradicionales, al vástago que desde temprana edad da señales de apartarse de la heterosexualidad se le considera como una desgracia. Recuerdo aquella redacción, donde al final de la jornada laboral en días de pago se producía una estampida hacia el prostíbulo cercano, con las jóvenes de alquiler previamente asignadas y algunas, amantes oficiales. Quien no se sumaba a la costumbre, era mirado con ojeriza y se le suponía "del otro bando". Hay otra violencia abierta y perversa y que se vive a diario en los medios de comunicación y en ciertos púlpitos que repiten criterios desfasados y amenazan con la furia divina a quienes la genética o cuáles fuesen las razones, ninguna reprochable, aconsejaron preferir a su propio género.

Culpas son de los tiempos. En la antigüedad grecorromana, por ejemplo, la homosexualidad acarreaba una connotación diferente. Alejandro Magno tenía su efebo, y Nerón fue más lejos: se casó dos veces con hombres, fungiendo en una ocasión de novio y, en otra, de novia. Los temibles samurais japoneses practicaban la homosexualidad. Una vez se entronizó el cristianismo, el imperio romano criminalizó la práctica y hasta muy recientemente, el ejemplo de un Oscar Wilde prisionero se repetía en el civilizado Occidente. Desapareció la sanción penal, pero no de inmediato la moral. En el catálogo de enfermedades siquiátricas y desórdenes de personalidad, la homosexualidad figuraba destacadamente. El viejo debate de si es aprendida o genética aún ocupa tiempo y provoca discusiones encendidas.

La Constitución dominicana, en su versión más reciente, define el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, y de ahí se derivan derechos implícitamente negados a la pareja del mismo sexo. Al legislador se le olvidó adicionar en el artículo 39, que versa sobre los derechos de la persona, una prohibición expresa contra la discriminación por razones de inclinación sexual. Esa omisión revela la prevalencia de un prejuicio que no se borra con la adhesión dominicana a declaraciones en los foros internacionales. En cambio, la violencia de género está claramente proscrita en referencia a la mujer. No hay, empero, dos prejuicios más parecidos: ambos se hermanan en la relación de poder que se da en nuestras sociedades. La supremacía corresponde al hombre, al macho viril que al menor estímulo eyacula millones de espermatozoides cuando sólo se necesita uno para la reproducción. Ergo, no es casual que al homosexual se le defina como "afeminado". A la mujer se la tacha de débil, impropia para tareas relevantes que reclaman vigor, concentración mental y disposición para enfrentar las circunstancias más adversas. Apenas han transcurrido meses de que se abrieran de par en par las puertas del uniforme militar a los gays norteamericanos.

Vencer prejuicios asentados en la firmeza de los años y enseñanzas para las cuales toda contestación es inadmisible requerirá de grandes esfuerzos, de voluntades comprometidas con la insatisfacción que genera la negación de sus derechos a individuos por el solo hecho de ser diferentes. Son situaciones inaceptables. De necesitarse más argumentos, habría sólo que leer el único reporte de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos de los LGBT y que me ha despertado el interés para escribir esta columna. Todavía vivimos en un mundo donde a la gente se la mata, tortura, se la hace objeto de violencia motivada por el odio, se la detiene, se la tilda de criminal y se la excluye del sistema educativo y de salud exclusivamente por una orientación sexual o identidad de género que puede ser real, pero también pura percepción. Peor aún, como señala ese informe erigido en un gran fiscal con acusaciones que taladran las conciencias: esa violencia execrable es muchísimas veces dejada de lado por los gobiernos. Tocan a mea culpa en la tierra que más amó Colón.


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