Algunos ingredientes tóxicos del modelo económico dominicano

La historia económica de América Latina parece repetirse interminablemente, siguiendo ciclos irregulares y dinámicos. Este sentido de circularidad es particularmente sorprendente en lo que respecta al uso de políticas macroeconómicas populistas con propósitos redistributivos. Una y otra vez, y de país en país, los hacedores de políticas se han aferrado a programas económicos que dependen fuertemente de políticas fiscal y crediticias expansivas y una moneda sobrevalorada para acelerar el crecimiento y redistribuir el ingreso. Dornbusch y Edwards, 1991
América Latina es un laboratorio en donde se prueban repetidamente las mismas políticas viciosas que siempre terminan con los mismos resultados: crisis y subdesarrollo. La excepción sigue siendo Chile, que a pesar del peligro de la Bachelet, está situado en el umbral del desarrollo. Brasil y Argentina son recurrentes en sus episodios de crisis y recuperación. Esos son ejemplos muy notorios por el tamaño de esas economías, pero es una historia similar para la gran mayoría de nuestros países. Definitivamente, el recetario de las políticas públicas que se ha seguido en la región está lleno de ingredientes tóxicos. En el caso dominicano se pudieran identificar -sin carácter limitativo- algunos de esos ingredientes:
Endeudamiento público excesivo. El ritmo de endeudamiento público que lleva el país es motivo de preocupación aun para organismos internacionales como el FMI. La mayor preocupación radica en que la espiral de endeudamiento obliga subsecuentemente a un creciente endeudamiento, mientras la capacidad de repago es lamentablemente menor. En algún momento esas tendencias chocarán de frente con la realidad, si no hay una corrección que cada vez se hace más difícil de implementar.
Remesas familiares. Muchos se sorprenderán de que las remesas estén incluidas en esta lista. Sobre todo, por el impacto social y económico que tienen en las condiciones de vida de muchos dominicanos, los que en su conjunto reciben por este concepto más de RD$150 mil millones al año; equivalen prácticamente a un 25% del presupuesto nacional; y son, por tanto, las transferencias más importantes en la economía dominicana. Sin embargo, tiene sus daños colaterales. Primero, porque distorsiona la relación ocio-trabajo en los recipientes, quienes en muchos casos sencillamente deciden no trabajar. Segundo, porque tienen un impacto -similar a la enfermedad holandesa- sobre la apreciación de la moneda nacional, afectando la competitividad de los sectores transables internacionalmente.
Tributación e informalidad. No hay manera de desligar al sistema tributario de los niveles de informalidad de una economía. En general, se tiene una presión fiscal moderada –bajo los estándares latinoamericanas-, pero mal distribuida, pues el alto grado de informalidad de la economía crea un sesgo tributario muy dañino en perjuicio de las empresas o negocios que están capturados dentro de la red de la formalidad. La formalidad tiene un alto costo tributario y promueve que las empresas se vean obligadas a no transparentar -desde el punto de vista fiscal- una proporción de sus transacciones económicas. Enfrentar la informalidad implica reducir -entre otras cosas- los costos tributarios de la formalidad.
Corrupción e institucionalidad. De acuerdo con Transparencia Internacional, la República Dominicana sólo es superada en corrupción por siete países de América Latina, entre los que se encuentran Haití, Venezuela y Ecuador. Además, nos coloca en el lugar 103 de 165 países evaluados. Independientemente de ese ranking, la corrupción se percibe como uno de los principales problemas del país, según revelan diferentes encuestas recientemente realizadas. Pero la percepción de corrupción pudiera estar subestimando sus verdaderos niveles, pues la corrupción ha ido evolucionando -tal como hacen los virus- hacia formas más sofisticadas de operación que hacen muy difícil su detección. Su contraparte es el deterioro progresivo de las instituciones que conforman los poderes del Estado.
Narcotráfico. Es difícil medir el impacto del narcotráfico en la economía; pero es obvio que en nuestro país es una importante fuente de movilización de recursos para barrios marginados y comunidades pobres, en donde los capos son vistos como benefactores, y se mezclan entre negociantes, militares y políticos. A veces todos en uno. El narcotráfico se encuentra en una etapa en nuestro país en la que todavía no tiene un impacto significativo en la estabilidad política, el gasto militar y las decisiones de inversión, tanto extranjeras como domesticas; sin embargo, eso pudiera cambiar más rápido de lo que quisiéramos. Estas experiencias no están muy lejanas de nosotros.
Estos ingredientes tóxicos -y otros más- pudieran dar la falsa impresión de que el país avanza por la ruta del progreso; peor aún, pudieran llevar a la conclusión -errada, por cierto- de que no es necesario cambiar de rumbo mediante la implementación de profundas reformas económicas. De hecho, el masivo endeudamiento público es un retardador temporal de esas reformas; mientras sea posible endeudarse no hay por qué preocuparse. Al final, parece que el entonces candidato a la Presidencia -y hoy Presidente- tenía razón cuando en el 2012 planteaba que era necesario cambiar el modelo económico... eso era entonces.
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Pedro Silverio Alvarez
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