“Todos los teóricos del proceso de mercado comparten una profunda insatisfacción con la manera en que la economía del equilibrio mira el mundo. Mientras, como hemos visto, éstos últimos ven el fenómeno del mercado en cada momento en el tiempo, como correctamente expresando el balance de fuerzas relevantes a la data subyacente en ese momento, los teóricos del proceso de mercado miran las cosas de manera muy diferente. Las constelaciones de precios, calidad de los productos, métodos de producción e ingresos observados en cualquier instante dado no son tomados, de ningún modo, como los relevantes valores de equilibrio”. Israel Kirzner, The meaning of the market process, 1992

El paradigma neoclásico dominante en la disciplina económica presenta al mercado como una extensión del equilibrio que predomina en el mundo de la física: un equilibrio estable que es afectado por una fuerza externa tenderá a retornar a su posición original de equilibrio. Las desviaciones del equilibrio, por tanto, son tratadas como casos especiales que normalmente se resuelven asumiendo que el ajuste ocurre relativamente rápido o instantáneamente. Es decir que el estado natural del mercado es el equilibrio. De esta manera, no hay que explicar esos complicados procesos que ocurren entre distintos puntos de equilibrio. En contraposición, los economistas, que interpretan al mercado como sometido a un proceso continuo de ajuste, entienden que el equilibrio en el mercado es un caso especial y que, en consecuencia, lo normal es tener un mercado que continuamente está en búsqueda de ese equilibrio.

Uno de los economistas que mayores y mejores contribuciones han hecho al estudio del mercado es Israel Kirzner -a sus casi 87 años de vida es profesor emérito de New York University- quien acumula aportes extraordinarios, que han permitido una mejor comprensión del funcionamiento de la institución llamada mercado. Su concepción del proceso de mercado se basa en una serie de premisas, entre las que se destacan: primero, que en una sociedad libre que respeta los derechos de propiedad, el comportamiento económico se verifica a través del mercado; segundo, que el mercado nunca está en estado de equilibrio; tercero, para que el proceso de mercado funcione es imprescindible la libertad de entrada para la competencia empresarial; y cuarto, solo en una economía de mercado es posible resolver el problema del cálculo económico.

El cálculo económico se refiere a la forma en la que la sociedad determina la asignación de recursos -producción y consumo- a través de los precios resultantes en los distintos mercados. Solo el sistema de precios es capaz de transmitir toda la información necesaria para que los agentes económicos fundamenten adecuadamente sus decisiones. Si el sistema de precios se elimina -como ocurre en un sistema socialista con un órgano de planificación centralizada- no hay forma humana de hacer esos cálculos. Es lo que Mises denominó como «la imposibilidad del cálculo socialista».

Para Kirzner, el modelo de competencia perfecta no puede explicar la innovación empresarial, pues se trata de un modelo sin incertidumbre; con información perfecta, como presume ese modelo, no hay lugar para la innovación. La incertidumbre y las brechas percibidas entre oferta y demanda de los bienes y servicios son las fuerzas que guían la acción empresarial en la búsqueda de las oportunidades de negocios y beneficios. En este sentido, el rol del conocimiento es crucial. Kirzner cita a Hayek como el economista que mejor ha definido ese rol del conocimiento en el proceso del mercado, y cómo el sistema de precios tiende a resolver el problema económico que la sociedad enfrenta. El problema es la utilización del conocimiento en una sociedad en la que cada miembro tiene una limitada proporción. Es por eso que el sistema de precios permite la coordinación entre agentes económicos con un conocimiento disperso. Y para Kirzner la literatura económica no ha reconocido en su justa dimensión el aporte de Hayek en esta dirección, pues el problema de la economía o de la sociedad no se limita a una simple asignación de unos recursos limitados, sino al mejor uso de esos recursos dada la limitación de conocimiento de cada individuo. Es una coordinación, repito, que solo el mercado a través del sistema de precios puede hacer.

Pudiera pensarse que si el mercado a través del sistema de precios proporciona las señales que permiten a los agentes económicos -con conocimientos dispersos- coordinar sus decisiones, entonces no habría espacio para la intervención del Estado, o que esa intervención solo podría causar daño a un sistema de precios eficiente. Sin embargo, dado que el conocimiento es limitado y disperso, la acción del Estado podría resultar positiva si está dirigida a promover una mejor diseminación de la información que por su condición de regulador puede obtener y que no está disponible para el consumidor. Por ejemplo, en el mercado de medicamentos y alimentos. Es muy costoso para la sociedad -en términos de muertes o enfermedades- esperar que los flujos normales de informaciones den la alerta de los efectos perniciosos de productos que se fabrican sin el debido respeto a la salud de los usuarios. Corresponde al Estado proveer oportunamente esas informaciones. No basta con decir que hay productores inescrupulosos; es necesario nombrarlos, como protección a la integridad sanitaria de los consumidores.

El mercado es, pues, un proceso continuo de ajustes y descubrimientos de nuevas oportunidades que alimentan el espíritu empresarial; esto es, la búsqueda de opciones para las inversiones que sustentan la capacidad productiva de la economía y permiten las satisfacciones de las necesidades de los consumidores. Por tanto, la innovación empresarial presupone un estado de alerta para detectar esas oportunidades y proveer a la sociedad de los bienes y servicios que muestran sus preferencias. Un proceso que se traduce en una verdadera labor social.

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