Música de película
Chavela Vargas.

Daba por sentado que los días de vino y rosas de Pedro Almodóvar habían quedado tan lejanos como los tacones aquellos en uno de sus aclamados filmes, hasta que vi Julieta, su última producción y rebrote de virtuosismo en la construcción cinematográfica de una historia compleja. Porque no se trata de una sino de varias, tal como acontece en Escapada (Runaway) de Alice Ann Munro, y que aparecen enhebradas en la pantalla sin salto alguno.

Casualmente de vacaciones en estas tierras a las que más amó Colón y al calor de la hospitalidad dominicana, Almodóvar leyó Chance, uno de los relatos en el libro de la canadiense ganadora del Premio Nobel de Literatura 2013, y quedó hechizado. En dos más, Soon (Pronto) y Silence (Silencio), aparecía también Juliet Henderson, a la que convierte para deleite estético de cinéfilos en Julieta: una fugitiva española del amor y del pasado, mas prisionera en el presente de una conciencia culposa que la amarga sin cesar en un Madrid sin señas.

Pese a alinearse en la mejor tradición del Almodóvar de personajes de caricatura, drama y tragedia que se mueven en el encuadre cinematográfico con soltura, gracia y apego absoluto a una dirección estricta incluso en detalles nimios, la película no ha tenido éxito. Tampoco en España, donde estaba en la televisión por paga unos pocos meses después de estrenada. El último varapalo sobrevino con el descarte en la primera selección para las postulaciones a la 89 edición de los Óscar de la Academia Norteamericana de Cinematografía. Lamentablemente, este año no habrá muestra iberoamericana alguna en la competencia por la codiciada estatuilla.

La aceptación en Hollywood no tiene por qué ser baremo definitivo. Terminé de convencerme del regreso victorioso del manchego al final, cuando en compañía de los créditos aparece la voz incomparable de Chavela Vargas en Si no te vas. Regreso a las andadas de mano de historias de mujeres abrasadas por ardores emocionales insospechados y constantemente en búsqueda del espacio que la dura realidad les ha birlado. Pero también al cancionero latinoamericano, a los boleros y baladas que con una carga lírica repleta de pesares, dolores y anhelos de redención completan en paralelo la conversación cinematográfica. Más que un complemento, la música en la filmografía de ese español genial es protagonista. El mismo lo ha confesado: “Las canciones en mis películas son parte esencial del guión, una especie de voz en off musical que explica, desvela secretos y enriquece la acción donde aparecen”.

Los intérpretes saltan a la fama o recobran el esplendor perdido, como ocurrió con La Lupe y su inolvidable Puro teatro, pieza descriptiva esencial en Mujeres al borde de un ataque de nervios, probablemente la primera aproximación de muchos de nosotros al cine de Almodóvar.

Relegada al camerino oscuro de su propia vida, la cantante cubana experimentaba la desolación de quien fue y ya no es en el arte popular. Culpas suyas eran los tantos errores: droga, alcohol e interregnos fantásticos de santería y fundamentalismo cristiano. Puro teatro volvió a sonar y “la falsedad bien ensayada” y el “estudiado simulacro” pintados con mucha bizarría en la peli inolvidable compartieron escenario con La Yiyiyi rescatada, aunque no por mucho tiempo, junto a la composición del periodista puertorriqueño Tite Curet Alonso, quizás el verdadero padre de la salsa y autor de otro éxito de la cantante de Cuba, La tirana. Salí porque salí, también del inmenso Curet y que Cheo Feliciano elevara al firmamento, se escucha Entre tinieblas, al igual que Encadenados, en la voz inconfundible de Lucho Gatica.

Como La Lupe, Chavela Vargas deambulaba en el mundo del alcohol cuando la descubrió Almodóvar, posteriormente su cicerone artístico y “esposo en esta tierra”. En Tacones lejanos, de 1991, Luz Casal interpreta Piensa en mí, autoría a cargo de Agustín Lara y punto luminoso en la carrera de Chavela, a la que Almodóvar llevó al Olympia de París y que oyó cantar con Jeanne Moreau al lado. Quiso traducirle algunas de las canciones pero la francesa le dijo que era innecesario. Los sentimientos trascienden idiomas. Como escribiera Rafael Vidal Sanz a raíz del fallecimiento de la artista, “Chavela Vargas es una voz rasgada que arde, un hondo quejido que inmola, en cohabitación, a quien le escucha. Mexicana inmortal, pese a nacer en Costa Rica, ella solita ha desmontado el género más masculino de la música de su país, la ranchera, generando una aparente oposición entre voz y destinatario: ambas son de mujer. Porque ella insertó el deseo lésbico en lo más profundo de la masculinidad al cantar canciones compuestas normalmente para hombres, y así se convirtió en el margen de la cultura, en el último estadio de la subversión. Escuchar a Chavela es beber cien tequilas para obnubilarse, para quebrantar los relojes y habitar en un único instante de desgarro, que ella siempre desplaza hacia el final de la canción”.

En dos bandas sonoras más antes de Julieta, la vocalista mexicano-costarricense deja huellas. En Kika reaparece ese estilo simpar con Luz de luna, de Álvaro Carrillo. Somos es plural y singular en la voz de Chavela en Carne Trémula, de 1997. Había una complicidad de vida entre el cineasta y la cantante que rima con las letras del bolero de Mario Clavell: “Somos dos seres en uno que amando se mueren/para guardar en secreto las cosas que quieren”.

Hay unas escenas memorables en Tacones lejanos gracias a la genialidad de Almodóvar y que a nosotros tocan porque interviene música nuestra. Bibiana Fernández, Chon en el filme, es la prostituta que apedrea a un policía para que la encarcelen y así estar cerca de su novia. Bajo la mirada asombrada de Victoria Abril (Rebeca), las reclusas ejecutan una coreografía impecable al ritmo de Pecadora, merengue de Los Hermanos Rosario.

No podía creer a mis ojos cuando vi la película hace ya 25 años. De nombre artístico Bibi Ándersen en ese entonces, la actriz monta un baile tan espectacular como su anatomía transexual decididamente femenina desde el pelaje rubio hasta los pies. Camina del brazo de otra interna cuando suena la música que la invade poco a poco con movimientos rítmicos apenas perceptibles. Al llegar al final del paseo entre las dos alas de celdas, se devuelve bailando y al jolgorio se suman las demás. A ratos todas se emparejan o forman un círculo alrededor de Chon, quien aprisiona a su chica y se enredan en un abrazo y en la cadencia pegajosa del merengue, con un arrebato de trompetas que ya anunciaban el éxito de la banda dominicana.

Claro que las letras de Pecadora armonizan con el relato fílmico, de una intensidad dramática indiscutible y en el que, sin embargo, hay lugar para el descanso emocional con el detalle del baile. El genio de Almodóvar rompe moldes con su atención a la música popular, a la que indiscutiblemente eleva de categoría. O, al menos, la reconoce como un vehículo válido para canalizar emociones, sentimientos, pasiones y todas esas notas que sobresalen en una filmografía con altas y bajas, pero que con Julieta, a mi entender, reprende el camino a la cima.

No habrá un Óscar y la sombra de los Papeles de Panamá, manipulada en los medios y por sus enemigos políticos, no lo abandona. Empero, la música en su larga lista de producciones, sobre todo la que viene de este lado del mundo donde hemos convertido el idioma del conquistador en el de la independencia, es, sencillamente, de película.

(adecarod@aol.com)

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