08 Noviembre 2013

El multiplicador de la corrupción

"El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido." (Groucho Marx, comediante)

Han pasado ya cerca de cuarenta años desde que el laureado economista Gary Becker publicó su reconocido trabajo "Crimen y Castigo: una aproximación económica", en el que establecía las bases metodológicas para evaluar la conducta humana en aéreas aparentemente tan lejanas de la racionalidad económica como las violaciones, el robo, el asesinato, la discriminación racial, e incluso las decisiones sentimentales y familiares. Aún en ese mundo de emociones, muchas veces consideradas irracionales, parecía existir una lógica económica que Becker con gran agudeza logró describir en ese y otros trabajos posteriores.

Particularmente, Becker estuvo intrigado por la cantidad de recursos que se debe dedicar para la prevención y detección de la delincuencia, por un lado; y por el grado de severidad, por el otro lado, que debe tener la pena para desincentivar la conducta criminal. Dado que toda legislación es, en cierto grado, incompleta, se deben determinar las perdidas sociales que originan las conductas violatorias de las normas y la cantidad de recursos que deben utilizarse para minimizar esas pérdidas. Y el castigo es uno de esos recursos. Sin embargo, el castigo pierde significación si la probabilidad de descubrir al delincuente (independientemente del color del cuello) es muy baja. Incluso, un castigo muy severo pudiera ser ineficiente si la percepción es que al final de cuentas no se será aplicado. De todas maneras, el nivel de tolerancia de la conducta criminal y el castigo deben ser evaluados a la luz de los recursos económicos que la sociedad está dispuesta a sacrificar para mantener una combinación deseada de ambos. Estos importantes aportes de Becker propiciaron el surgimiento de una extensa literatura y un nuevo campo de estudio que se conoce hoy día como economía de la familia.

En el caso específico de la corrupción pública es sumamente difícil medir su costo social, pues son tan numerosas sus manifestaciones intangibles que hacen casi imposible una estimación razonable. No obstante, el profesor H.D. Vinod, un destacado econometrista de Fordham University y director del Institute for Ethics and Economic Policy, ha estudiado el tema de la corrupción en países emergentes, haciendo énfasis en los efectos acumulativos que negativamente impactan el desempeño económico. De acuerdo con Vinod el monto envuelto en un acto de corrupción causa un daño económico mucho mayor que su valor monetario . De hecho, en su trabajo "Study of corruption data and Using the internet to reduce corruption" estima que un dólar de corrupción genera un daño económico de USD1.67, utilizando datos de países asiáticos, en donde algunos países castigan con la pena de muerte a los funcionarios encontrados culpables de actos de corrupción. Una obligada interpretación económica que se deriva de ese hallazgo es que la corrupción tiene un efecto multiplicador extremadamente dañino, reduciendo tanto la tasa de ahorro como la eficiencia y la acumulación de capital. En cierta forma, la corrupción actúa como un impuesto ilegal y como tal debiera incluirse en el cálculo de la presión tributaria, con la salvedad de que la corrupción es mucho más distorsionante que los impuestos formales.

El hecho de que la corrupción tenga ese efecto multiplicador tan negativo puede ser intuitivamente explicado. Cuando se toman decisiones en base al soborno no hay garantías de que esas decisiones representen la mejor solución. Peor aún, se produce un deterioro institucional que a su vez genera nuevas distorsiones que van comprometiendo todo el proceso de toma de decisiones en materia de políticas públicas. De ahí que la corrupción puede ser considerada como una de las principales causas del subdesarrollo.

Un punto que discute Vinod es el de si un funcionario corrupto tiene incentivos para trabajar más fuerte que los demás. La respuesta parece ambigua. En algunos casos, parecería que sí: el soborno podría ser un incentivo para trabajar más rápidamente y acelerar la toma de decisiones, favoreciendo la ejecución de determinados proyectos. En otros casos, pudiera ser lo contrario: ante la posibilidad de generar nuevos sobornos, el funcionario corrupto pudiera dilatar o entorpecer los procesos de aprobación. En la práctica, me parece que esta última posibilidad es la más frecuente; sobretodo, cuando se constatan los innumerables trámites y procesos que contaminan las decisiones de políticas públicas.

Sin dudas, la corrupción plantea un serio desafío a la supervivencia misma de la sociedad. La frase de Groucho Marx que encabeza este artículo expresa un estado de escepticismo ante los valores morales, suplantados por el talento para la simulación; sin embargo, no es posible promover una agenda para el desarrollo sin minimizar el problema de la corrupción. Después de todo, ninguna sociedad puede enriquecerse robándose a sí misma.

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De Pedro Silverio Álvarez