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"Benditos los que matan..."

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Benditos los que matan...
El ajusticiamiento
[b]Historia DL.[/b]

[b]El ajusticiamiento[/b]

Escondidos en la casa de familia, contigua al comercio, se encuentran Jacobito de Lara, hijo del dueño y Ramón Cáceres. Llegada la hora decisiva, cruzan la sala y por el pasillo del mostrador se dirigen a la puerta que da al almacén.

En la puerta de despacho del almacén se encuentran conversando, de pie, Heureaux, de espaldas al comercio, y Jacobo de Lara (padre), de frente a los conjurados. Los hechos ocurren con rapidez pasmosa.

Jacobito, el más impulsivo de los dos, sin medir las consecuencias de que su padre está en la línea de fuego, o quizás demasiado confiado en sus habilidades de tirador diestro, apunta al dictador y le dispara a la cabeza con el fusil de un tiro que porta. La bala roza la nuca y la oreja derecha de Lilís, y con el impacto, éste cae de bruces entre las patas de los caballos que relinchan y cocean espantados.

Mon Cáceres entra entonces en acción. Cruza el mostrador y sale a la acera de la calle Libertad desde donde tiene mejor visual de su objetivo. En ese momento, Lilís se incorpora. Intenta, torpemente, tomar su revólver con la mano derecha que tiene lisiada por un viejo lance en la frontera, pero no puede pasarlo a la izquierda, su mano hábil para disparar, y tiene frente a sí al ajusticiador, revólver en mano que avanza disparando.

El marrullero dictador intenta, entonces, robarle el blanco al agresor moviendo su sombrero en forma de abanico. Algunos interpretan el gesto como la forma de Lilís evitar los disparos por medio de un conjuro o fórmula de hechicería a la que era tan familiar.

Pero Mon sigue descargando su revólver. Una de las balas le atraviesa el pulmón. Falto de aire, el dictador abre la boca buscando el hálito de vida que se le escapa, y la última bala del ajusticiador le entra por la abertura y se aloja en la nuca, sin romperle un diente.

El dictador entonces, cae de espaldas apoyado en la vieja mata de guázuma. Los disparos son mortales por necesidad.

Uno de los disparos, no se sabe si de Lilís en su torpe intento por manipular su arma, o de Cáceres en el calor de la refriega, hiere mortalmente al pordiosero Eduardo Ignacio, quien se encontraba en la escena de los hechos esperando el gesto de la caridad.

A la sombra de un árbol, en medio de una calle polvorienta, en forma tan violenta como se había iniciado, ha terminado la Era de Lilís.

Los revolucionarios se esconden momentáneamente, se reagrupan, y de ahí se dan a la fuga. Luego de unos fracasos iniciales, la revolución gana apoyo y se encamina triunfante hacia Santo Domingo.

Los "Héroes de Moca" llegan a la Capital el 5 de septiembre entre aclamaciones. Al pasar bajo la Puerta del Conde, Arturo Pellerano Castro, el Byron Dominicano, les declama:

Benditos los que matan!

Si es una bestia de sangre la que se hunde

y un pueblo el que se salva!