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Conmemoran 17 años de la tragedia en la discoteca "Happy Land"

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Conmemoran 17 años de la tragedia en la discoteca Happy Land
NUEVA YORK._ El domingo 25 de marzo de 1990 marcó el día más trágico de una primavera de la década para la ciudad de Nueva York.

La tragedia en la que perecieron quemadas 87 personas en su mayoría hondureñas, varios dominicanos, puertorriqueños, ecuatorianos y mexicanos, demostró que la tétrica "discoteca" Happy Land, nunca fue un pedacito de "Tierra Feliz".

Situada en las esquinas de Southern Boulevard y la calle 180, intersección que posteriormente fue bautizada como "Ochenta y Siete" y en la que se construyó un monumento de recordación, más que un centro de entretenimiento en el que los moradores de la zona, acudían, bebían y bailaban todos los fines de semana, "Happy Land", era la hoguera en la que se quemarían las vidas de sus parroquianos.

En eso, la convirtió el cubano del Mariel, Julio González (36años de edad) que celoso con su ex novia - Lidya Feliciano - una mujer que trabajaba en el establecimiento, fue a una estación de gasolina cercana, compró un galón del combustible, lo roció por la brecha de la puerta principal y prendió un fósforo.

Hasta ahí, llegó la historia de los que nunca se imaginaron un final tan estremecedor.

La mujer en disputa, logró salvarse.

Un jurado impuso a González cadenas perpetuas consecutivas por cada una de las víctimas. Este, obviamente, nunca saldrá de la cárcel, como jamás podrán salir de las tumbas sus víctimas.

Cada año para la fecha, docenas de parientes de los quemados acuden al memorial para rendir tributo a sus deudos. Allí, depositan flores, vejigas, peluches, objetos memoriales, rezan y tratan de restregar sus lágrimas en el amargo recuerdo de un pasado traumático que acompañará el trauma probablemente por el resto de sus vidas.

A 17 años de la tragedia, el décimo séptimo aniversario, se celebró con algunos actos especiales como una misa en la iglesia Santo Tomás de Aquino, situada próximo a la escena de la tragedia, que forzó a las autoridades locales de entonces a modificar todas las regulaciones de seguridad, especialmente en cuanto a las entradas y salidas de ese tipo de establecimientos.

Sesenta y un hombres y 26 mujeres ardieron para siempre, al no poder encontrar rápidamente puertas de emergencias que les permitieran escapar de las despiadadas y voraces lenguas de fuego.

Una gran parte de los hondureños que murieron pertenecían a la comunidad garífuna de su país.

Más de 40 padres se quedaron sin sus hijos y cerca de 100 niños pasaron a la orfandad.