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"El libro le sirve al niño para pensar el mundo; la moraleja es el lugar del adulto"

El cuentacuentos Ilan Brenman cautiva auditorios de niños que lo escuchan en silencio

SANTO DOMINGO. Aunque su formación es de psicólogo y doctor en educación, la verdadera fascinación del brasileño Ilan Brenman es contar cuentos y al hablar de su oficio le brilla los ojos.

La obra del autor, que ha publicado más de 50 libros infato-juveniles, ha sido traducida al español, al coreano y al inglés, por mencionar algunos idiomas. En los auditorios los niños y niñas lo escuchan en silencio.

Brenman no cree en una literatura infantil didáctica. "Para enseñar están los maestros", dice. Y agrega que la literatura se hizo para divertirse, no para dejar moralejas. Es más: uno de sus libros se intitula "Las princesas que se tiraban pedos".

Por esa forma suya de hacer de la vida real su materia prima, los niños se acercan y le hacen confesiones. "Yo también me tiro pedos" o "Mira mi cicatriz", me operaron de apendicitis, en alusión a un cuento suyo llamado intitulado "Cicatriz".

Esa identificación de los niños con sus historias lo ha traído a República Dominicana. Aquí participa en el II Festival de Cuentacuentos, organizado por la Biblioteca Infantil y Juvenil República Dominicana y el Despacho de la Primera Dama.

¿Decidió usted o la vida lo convirtió en un cuentacuentos?

Yo de formación soy psicólogo y en el primer año de la universidad comencé a trabajar con niños de tres a cuatro años, y en un día tres niños se me acercan y me dicen: Ilan queremos una historia. Yo los miré así: ¿Cómo una historia? Y les dije que no sabía contar historias y me dijeron: Inventa. Yo tenía 18 años y empecé a hablar y a crear. Eran tres chicos y cuando pasaron cinco minutos y eran diez chicos. ¡Era el milagro de la multiplicación de los chicos! Me preguntaba de dónde salieron. Y empecé a percibir que mis cuentos acercaban a los niños, se juntaban, me encantaba ser un cuentacuentos y empecé mi profesión.

Cuando terminé mi profesión, yo era ya un cuentacuentos, hacía conferencias y el inicio fue así, con esos niños que me dijeron cuéntanos una historia.

¿Cuándo empezó a publicar las historias que contaba?

Yo hice maestría, hice doctorado en educación, y siempre creando y escribiendo las historias y hace quince annos empecé a publicar las historias que yo creaba, y comencé a percibir que mientras más las ponía en el papel, más gente lo leía. Con una historia cuando la pongo en el papel, va a todo el mundo. Entonces, yo no necesito ir a España o a Corea para que la gente las conozca. Yo recibo correos electrónicos de gente de España. Ahora conozco la fuerza que tiene la historia en el papel.

¿En el Brasil de cultiva mucho el arte de cuentacuentos o son pocos los que se dedican a esa tradición oral?

Brasil tiene una fuerza muy grande de cuenteros. Hoy en día hay muchos cuenteros por Brasil entero. Todo el fin de semana en las librerías hay cuentacuentos. Es algo que está creciendo mucho, mucho. La oralidad es muy fuerte en Brasil.

¿Siente usted que se respeta la profesión de cuentacuentos o cuenteros, como en la antigüedad, cuando ese oficio lo ejercía un anciano venerable que se sentaba y concitaba mucha atención a su alrededor?

Hay cuenteros diferentes. El ancestral, el antiguo, ese que dijiste ahora que es una forma del cuentero que está más cercano de la gente que vive -no en la ciudad- sino en el campo, y sí hay un respeto muy grande. Y hay una fuerza muy grande también de los cuenteros urbanos contemporáneos de la ciudad, que no es eso, que es otra cosa que está más cerca de la cultura, del entretenimiento y que la gente lo busca para eso, para olvidarse de la locura del día, de los coches, de la televisión...y quieren que los niños se sienten, se paren de correr y que el corazón les lata más fuerte.

¿Cuál es la materia prima suya para los cuentos?

Es la vida. Yo no separo la cuentería de la vida. Para mí es algo que sigue. Es una única cosa. Todo lo que yo vivo, lo traigo a la cuentería. Tengo dos hijas hermosas, terribles. Me hacen líos y yo agarro eso de mirar lo que hacen mis hijas, de mirar mi infancia, de mirar la vida. De esta relación nace la cuentería, nace la vida. El cuento es la vida.

¿Cómo hace para llegar al nivel de los niños, para tener un lenguaje para que ellos lo sientan cerca?

Mira, yo tengo una concepción de la infancia muy particular. Yo no tengo esa visión de que el adulto tiene que bajar para estar cerca del niño. No creo que tengamos que bajarnos para hablar con ellos. Yo quiero que ellos se eleven; no que yo baje. Eso es educación, eso es cultura. Eso es abrir el alma de una persona. Yo respeto mucho a los chicos. No hago concepción, yo no pongo palabras más fáciles para que ellos lo comprendan, porque si no hablamos palabras difíciles, ellos nunca van a comprender.

Hace poco un escritor dominicano, Rafael Peralta Romero, decía que la didáctica es enemiga de la literatura infantil ¿pone usted moraleja en cada uno de sus cuentos?

Es cien por ciento real lo que él dice. Didáctica es didáctica y literatura es literatura. La literatura no es para ser usada como una herramienta de la didáctica. Quien enseña es el maestro, que dice siéntate bien, come bien, no tires basura en el suelo. El libro no tiene que enseñar eso. El libro es para soñar, para tener miedo, para llorar, para quedarse feliz, para sonreír. El libro le sirve al niño o al adulto para pensar el mundo. Yo no hago libros con moraleja. Mis libros son políticamente incorrectos. La literatura tiene que hacer que el chico salga del lugar común. La moraleja no es el lugar del libro. La moraleja es el lugar del adulto: del maestro, del papá o de la mamá. Hacerlo así es aburrido.