El recuerdo del tsunami ensombrece la Navidad
(EFE/AP)- Los festejos de la Navidad tuvieron un talante sombrío en las zonas azotadas por el tsunami del Océano Indico, mientras algunos deudos se mezclaban con los que celebraban en las playas donde murieron cientos de miles de personas.
Turistas occidentales que lograron sobrevivir a las mortíferas olas hace 364 días y los familiares de algunos que no lo lograron estuvieron entre las personas que visitaron el afamado distrito playero tailandés cerca de la isla de Phuket, azotada por el desastre el pasado 26 de diciembre. Muchos asistirán el lunes a ceremonias en memoria de las víctimas.
Numerosos dolientes se congregaron en playas y fosas comunes, el domingo, para recordar a los 216.000 muertos o desaparecidos hace un año, cuando un poderoso terremoto provocó una serie de olas gigantes que arrasó con varias poblaciones costeras en Asia y África.
Turistas occidentales que sobrevivieron al desastre figuraron entre los asistentes a las ceremonias en Tailandia, para recordar a los familiares y amigos que perdieron la vida.
En India, varios niños vestidos de blanco marcharon por una calle donde miles de personas fueron arrastradas por el tsunami.
La gente en Indonesia, el país más afectado, se reunió ante una fosa común donde yacen unos 47.000 cadáveres, sepultados a toda prisa en los días posteriores al maremoto del 26 de diciembre.
Los dolientes acudieron al acto para orar por sus seres queridos y en busca de dejar atrás parte de su pesar.
"Después de venir aquí me sentí aliviado en cierto modo", dijo Dasniati, una mujer que viajó 15 horas para colocar unos pétalos de flores sobre la fosa común, donde cree que está sepultada su hija de 10 años. "Oré para que Alá la acoja a su lado".
A la medianoche, en una misa católica oficiada en un hotel junto a una playa en Patong, Tailandia, el sacerdote instó a los asistentes a "recordar a todos los que perdieron la vida en el tsunami".
En India, más de 300 personas asistieron a una ceremonia interreligiosa de hindúes, cristianos y musulmanes, el domingo, antes de unirse a una marcha encabezada por niños vestidos de blanco, en Nagapatinam, donde miles de personas fueron embestidas por las olas.
Al menos 216.000 personas murieron o desaparecieron por el cataclismo, según un recuento de AP, con base en datos creíbles de los gobiernos y agencias asistenciales en cada país. Sin embargo, las Naciones Unidas estiman el número en 223.000.
A un año del maremoto que asoló la costa de Sri Lanka, la población musulmana de la isla se queja de discriminación en las ayudas y en las tareas de realojamiento y reconstrucción, pese a que fue la más afectada.
De las 35.000 personas que murieron en Sri Lanka por el tsunami, quince mil eran musulmanas y, de ellas, 12.000 vivían en el distrito de Ampara, en el este, predominantemente musulmán.
Cerca de 200.000 personas en ese distrito fueron desplazadas como resultado de las olas gigantes y de ese número más del 80 por ciento son musulmanes.
"El gobierno está muy ocupado en ayudar a las zonas budistas de Sinhala y la mayor parte de la ayuda exterior de las ONG va dirigida a las zonas controladas por los Tigres para la Liberación de la Patria Tamil", se queja Mohamed Faleel, un tendero en Ampara.
"No hay nadie apoyando a los desplazados en las áreas musulmanas. Sólo algunas organizaciones locales", dijo.
Según Faleel, apenas un 10 por ciento de los desplazados en el distrito han recibido una casa y el 60 por ciento de los desplazados está en asentamientos temporales y "dudan si algún día tendrán una casa permanente".
Esta opinión es compartida por Mohamed Athas, un pescador del vecino pueblo de Karathivu, también en Ampara.
"Los políticos musulmanes están tan divididos que es casi imposible lanzar un llamamiento colectivo dirigido al gobierno para que considere las quejas de la colectividad", afirmó.
"Además, los donantes extranjeros están ayudando a los tamiles, mientras que nosotros los musulmanes, la comunidad más afectada, está desatendida", se quejó Athas.
Mientras que los musulmanes de la zona este de Sri Lanka se quejan de discriminación, lo mismo les sucede a los que viven en las zonas budistas de Sinhala, en el sur.
El sureño distrito de Hambantota, uno de los más afectados y que es además feudo del presidente Mahina Rajapakse, es fundamentalmente budista pero hay una importante población musulmana en la costa, la mayor parte pescadora que resultó muy afectada por el tsunami.
Casi el 30 por ciento de los desplazados por el tsunami en ese distrito son musulmanes, lo que según los afectados debería significar que al menos tres de cada diez realojamientos deberían ser para esta confesión.
"Sin embargo, de las 2000 casas que se han entregado hasta el momento, no tenemos ni 50", se queja M.Muzzmmil, un pescador en Hambantota.
Según este pescador, los políticos pertenecen a los partidos nacionalistas y marxistas, están dando prioridad a los budistas y marginan a los musulmanes.
Los musulmanes se quejaron incluso de que hay un plan para reconstruir la ciudad que instala la mezquita de la localidad en otro lugar, cuando resultó con daños menores.
Las organizaciones no gubernamentales musulmanas comparten estos puntos de vista. "Cuando uno viaja por las zonas afectadas, siente la diferencia de trato, los musulmanes están muy enfadados con esta discriminación", dice un miembro de la Organización de Mujeres Musulmanas.
El grupo creado por el gobierno para ayudar a las víctimas del tsunami estuvo coordinado por un antiguo presidente, Chandrika Kumaratunga, que fue acusado de descoordinación, mala administración e ineficacia.
El presidente Mahinda Rajapakse, quien fue elegido el pasado noviembre, nombró un nuevo director, Shanti Fernando, quien admitió que no se habían cumplido las expectativas.
"Ha habido algunos errores, falta de consulta con la población afectada, pero es difícil saber si hay discriminación étnica", dijo Fernando.
"Sin embargo, estamos dispuestos a corregir los errores y vamos a investigar las acusaciones de discriminación étnica contra los musulmanes, dijo.
Por su parte, la ONU advirtió en Nueva York que el proceso de reconstrucción en los países del océano Indico azotados por la ola gigante no ha hecho más que empezar y podría durar una década.
Turistas occidentales que lograron sobrevivir a las mortíferas olas hace 364 días y los familiares de algunos que no lo lograron estuvieron entre las personas que visitaron el afamado distrito playero tailandés cerca de la isla de Phuket, azotada por el desastre el pasado 26 de diciembre. Muchos asistirán el lunes a ceremonias en memoria de las víctimas.
Numerosos dolientes se congregaron en playas y fosas comunes, el domingo, para recordar a los 216.000 muertos o desaparecidos hace un año, cuando un poderoso terremoto provocó una serie de olas gigantes que arrasó con varias poblaciones costeras en Asia y África.
Turistas occidentales que sobrevivieron al desastre figuraron entre los asistentes a las ceremonias en Tailandia, para recordar a los familiares y amigos que perdieron la vida.
En India, varios niños vestidos de blanco marcharon por una calle donde miles de personas fueron arrastradas por el tsunami.
La gente en Indonesia, el país más afectado, se reunió ante una fosa común donde yacen unos 47.000 cadáveres, sepultados a toda prisa en los días posteriores al maremoto del 26 de diciembre.
Los dolientes acudieron al acto para orar por sus seres queridos y en busca de dejar atrás parte de su pesar.
"Después de venir aquí me sentí aliviado en cierto modo", dijo Dasniati, una mujer que viajó 15 horas para colocar unos pétalos de flores sobre la fosa común, donde cree que está sepultada su hija de 10 años. "Oré para que Alá la acoja a su lado".
A la medianoche, en una misa católica oficiada en un hotel junto a una playa en Patong, Tailandia, el sacerdote instó a los asistentes a "recordar a todos los que perdieron la vida en el tsunami".
En India, más de 300 personas asistieron a una ceremonia interreligiosa de hindúes, cristianos y musulmanes, el domingo, antes de unirse a una marcha encabezada por niños vestidos de blanco, en Nagapatinam, donde miles de personas fueron embestidas por las olas.
Al menos 216.000 personas murieron o desaparecieron por el cataclismo, según un recuento de AP, con base en datos creíbles de los gobiernos y agencias asistenciales en cada país. Sin embargo, las Naciones Unidas estiman el número en 223.000.
A un año del maremoto que asoló la costa de Sri Lanka, la población musulmana de la isla se queja de discriminación en las ayudas y en las tareas de realojamiento y reconstrucción, pese a que fue la más afectada.
De las 35.000 personas que murieron en Sri Lanka por el tsunami, quince mil eran musulmanas y, de ellas, 12.000 vivían en el distrito de Ampara, en el este, predominantemente musulmán.
Cerca de 200.000 personas en ese distrito fueron desplazadas como resultado de las olas gigantes y de ese número más del 80 por ciento son musulmanes.
"El gobierno está muy ocupado en ayudar a las zonas budistas de Sinhala y la mayor parte de la ayuda exterior de las ONG va dirigida a las zonas controladas por los Tigres para la Liberación de la Patria Tamil", se queja Mohamed Faleel, un tendero en Ampara.
"No hay nadie apoyando a los desplazados en las áreas musulmanas. Sólo algunas organizaciones locales", dijo.
Según Faleel, apenas un 10 por ciento de los desplazados en el distrito han recibido una casa y el 60 por ciento de los desplazados está en asentamientos temporales y "dudan si algún día tendrán una casa permanente".
Esta opinión es compartida por Mohamed Athas, un pescador del vecino pueblo de Karathivu, también en Ampara.
"Los políticos musulmanes están tan divididos que es casi imposible lanzar un llamamiento colectivo dirigido al gobierno para que considere las quejas de la colectividad", afirmó.
"Además, los donantes extranjeros están ayudando a los tamiles, mientras que nosotros los musulmanes, la comunidad más afectada, está desatendida", se quejó Athas.
Mientras que los musulmanes de la zona este de Sri Lanka se quejan de discriminación, lo mismo les sucede a los que viven en las zonas budistas de Sinhala, en el sur.
El sureño distrito de Hambantota, uno de los más afectados y que es además feudo del presidente Mahina Rajapakse, es fundamentalmente budista pero hay una importante población musulmana en la costa, la mayor parte pescadora que resultó muy afectada por el tsunami.
Casi el 30 por ciento de los desplazados por el tsunami en ese distrito son musulmanes, lo que según los afectados debería significar que al menos tres de cada diez realojamientos deberían ser para esta confesión.
"Sin embargo, de las 2000 casas que se han entregado hasta el momento, no tenemos ni 50", se queja M.Muzzmmil, un pescador en Hambantota.
Según este pescador, los políticos pertenecen a los partidos nacionalistas y marxistas, están dando prioridad a los budistas y marginan a los musulmanes.
Los musulmanes se quejaron incluso de que hay un plan para reconstruir la ciudad que instala la mezquita de la localidad en otro lugar, cuando resultó con daños menores.
Las organizaciones no gubernamentales musulmanas comparten estos puntos de vista. "Cuando uno viaja por las zonas afectadas, siente la diferencia de trato, los musulmanes están muy enfadados con esta discriminación", dice un miembro de la Organización de Mujeres Musulmanas.
El grupo creado por el gobierno para ayudar a las víctimas del tsunami estuvo coordinado por un antiguo presidente, Chandrika Kumaratunga, que fue acusado de descoordinación, mala administración e ineficacia.
El presidente Mahinda Rajapakse, quien fue elegido el pasado noviembre, nombró un nuevo director, Shanti Fernando, quien admitió que no se habían cumplido las expectativas.
"Ha habido algunos errores, falta de consulta con la población afectada, pero es difícil saber si hay discriminación étnica", dijo Fernando.
"Sin embargo, estamos dispuestos a corregir los errores y vamos a investigar las acusaciones de discriminación étnica contra los musulmanes, dijo.
Por su parte, la ONU advirtió en Nueva York que el proceso de reconstrucción en los países del océano Indico azotados por la ola gigante no ha hecho más que empezar y podría durar una década.
Diario Libre
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