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El Refor es modelo entre los centros que reeducan a menores

Investigación de los primero 50 años indica que el 80% de los egresados logró reinsertarse

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El Refor es modelo entre los centros que reeducan a menores
Como parte del proceso, los adolescentes reciben una charla motivacional todos los días.
San Cristóbal. Visto desde afuera, el Instituto Preparatorio de Menores de San Cristóbal (conocido como El Refor) dista de la imagen que se tiene de los reformatorios de menores en conflicto con la ley. Más bien parece una escuela privilegiada con un extenso espacio físico.

Adentro, un total de 90 muchachos de entre 13 y 18 años que han entrado en conflicto con la ley, se mueven sin custodia policial, sólo supervisados por educadores que dan seguimiento a sus programas de reeducación. En igual "libertad" realizan sus obligaciones, entre las que se incluye el aseo de las instalaciones.

Abierto desde hace 54 años en el municipio de San Cristóbal, bajo la administración de los Padres Religiosos Terciarios Capuchinos (amigonianos), este centro es un modelo exitoso de reeducación de menores en conflicto con la ley. Sus logros no sólo lo atestiguan jóvenes reinsertados en la sociedad, sino las estadísticas. Una evaluación que hicieron de los primeros 50 años del centro reveló que el 80% de los egresados se encontraba estable. "O sea, se habían recuperado, estaban trabajando, estudiando; otros estaban casados ya con sus familias", explica el padre Carlos Montoya Elizondo, director del Instituto.

Del 20% restante, un 10% volvió a delinquir, mientras que de los demás no se tenían noticias. En El Refor, como en otros institutos del país, hay internos por homicidios, robos, atracos, violaciones, porte de armas, consumo y tráfico de drogas, delitos para los que la Ley 136-03 (Código del Menor) establece penas desde uno a cinco años.

El acierto del centro se ubica en la aplicación de la pedagogía amigoniana, que parte del principio de que "todo joven está en condiciones de recuperarse", en un programa de educación integral que incluye formación académica, técnico vocacional y religiosa; y en un seguimiento estricto del menor desde que ingresa hasta seis meses después que abandona el recinto.

"Cuando un menor ingresa al centro, lo primero que se le dice es que no fue a cumplir una condena, sino a reeducarse", explica el religioso de nacionalidad costarricense. "Entonces en esa oportunidad que vamos a darle es para que él reevalúe su vida y vea qué rumbo le va a dar". Así, lo siguiente que memoriza el adolescente es que va a "encontrarse consigo mismo, a enfrentar su realidad y a hallar sentido a su vida".

Montoya enfatiza que en el proceso de reeducación lo importante es el programa que se aplique. Indica que en el centro hay muchachos con las mismas características, la misma problemática, el mismo motivo que en Najayo (cuya efectividad ha estado en cuestión), pero argumenta que la diferencia está en el enfoque y el estímulo. "En Najayo, los muchachos van a cumplir una condena", sentencia el sacerdote.

Rutina

Los días en el Instituto comienzan temprano. Los muchachos deben dejar sus camas arregladas y pasar al comedor a desayunar. Luego asisten a la escuela, mientras las tardes las ocupan en los talleres técnicos. Pero además, deben cumplir con las tareas asignadas, pues cada una tiene una puntuación que al final se traduce en vales. "Cada uno sabe qué hacer", comenta el padre, mientras guía al equipo de DL por las instalaciones.

De camino al "hogar" Luis Amigó (que no es más que una habitación) revela que la estructura fue construida por Trujillo para albergar una Secretaría de Estado, pero nunca se concretó. Entonces fue asignada a los amigonianos para las labores de reeducación de menores. La vieja estructura aún conserva los pisos originales y en sentido general se ve en buen estado, aunque hay grietas en paredes y techos, y por ende, filtraciones. El sacerdote no oculta su deseo de que se aplique un plan de mantenimiento que corrija los problemas.

Al llegar al "hogar Amigó", una larga habitación de camas alineadas y bien tendidas, el religioso explica que decidieron ponerles nombres (a las habitaciones) para "que los muchachos se sientan en confianza". En las habitaciones hay, además, una silla y una caja para cada interno, y murales en donde se indica la etapa en que se encuentra. Las etapas son tres: acogida, adaptación y superación.

También cuelgan murales con mensajes filosóficos y una lista de artículos y precios en vales. Los vales son dinero inorgánico ganados por el muchacho gracias al desempeño y con ellos pueden adquirir productos básicos y personales en el bazar de la institución. Por ejemplo, para comprar un jabón hay que tener 68 vales, pero si el joven no los tiene, se le presta por un corto período.

Las habitaciones son también escenarios para los seminarios de formación impartidos por educadores, donde cada día se trata un tema diferente, que generalmente refuerza los valores.

También preventivo

Otra gran fortaleza de los amigonianos es que no sólo trabajan con los adolescentes que ya han delinquido, sino también con los que tienen problemas de conducta y que en el futuro podrían entrar en conflicto con la ley. Para estos fines, abrieron una escuela que recibe a menores expulsados de otros recintos y algunos que son llevados por los padres.

La escuela funciona de primero a octavo en horario matutino y vespertino, y en sus aulas se integran tanto los internos como los externos. El padre Montoya afirma que pese a la integración, los conflictos son mínimos. Todos reciben asistencia sicológica por parte del equipo que integran cuatro sicólogas.

El acceso al bachillerato se hace a través del programa a distancia de Cenapec, en el que actualmente hay 19 internos inscritos.

Pocas fugas

A pesar de que El Refor es un centro semiabierto donde no hay policías de forma permanente, las fugas son esporádicas, según reveló el sacerdote. "Deberían escaparse más, porque el centro es muy abierto, pero es muy poco el que se va, generalmente el que se va es el que viene con un problema de adicción muy grave y no logra desintoxicarse, pero el que viene por otra situación y nosotros trabajamos con él para decirles que es una ayuda que la vamos a brindar y que necesitamos que se quede para eso, se queda", sostuvo el religioso.

Los policías sólo van al centro cuando se les solicita ayuda para trasladar a uno de los internos al tribunal. No obstante, su ausencia a veces provoca que vándalos de las comunidades vecinas roben en las instalaciones, especialmente en los talleres. El padre Montoya ha propuesto que le manden vigilancia para las noches.

El equipo

Además del programa, el éxito de El Refor se debe al trabajo mancomunado de un equipo de 54 personas. La parte administrativa (dirección general y pedagógica) está conformada por cuatro religiosos; el área de salud la integran cuatro sicólogos, un médico y tres enfermeras. El equipo pedagógico lo integran 12 personas. Luego están los educadores (que son los que dan seguimiento al menor desde que llega hasta seis meses después) y el personal administrativo.

Un dato a resaltar de este equipo es que tres de sus miembros son egresados. Dos son maestros de talleres y uno es educador. Según dijo a DL Reyna Tavárez María, titular de la Dirección Nacional de Atención de la Persona Adolescente en Conflicto con la Ley Penal, el equipo de El Refor es uno de los más completos de los siete centros que hay en el país.


Datos

Talleres


En El Refor, el horario de la tarde está reservado para los talleres técnicos. Se imparte sastrería, desabolladura y pintura, mecánica, ebanistería e informática.

Visitas

Las visitas oficiales son los sábados y domingo, pero si algún familiar puede ir otro día le dejan entrar.

Deportes


Los chicos tienen acceso a instalaciones deportivas donde practican fútbol y béisbol. Más de dos docenas de trofeos certifican la importancia que se le da a estas actividades en este centro especial.

Testimonio

A. Domínguez estuvo dos años interno en El Refor y es un testimonio de que la regeneración es posible. Llegó cuando cursaba segundo de bachillerato y allí terminó el cuarto. Además aprendió sastrería, informática y contabilidad, tres áreas técnicas que le permitieron conseguir empleo a su salida del recinto.

Hoy tiene 25 años y una carpeta de planes por realizar, pero sobre todo, satisfacción por haber superado un obstáculo en su vida. "Lo principal es analizar su conducta y no llenarse de odio, porque la mayoría se llena de odio hacia sí mismo y hacia la sociedad", indica.

Es tal su agradecimiento, que cada vez que puede, visita y colabora con el centro, porque a su juicio, el trabajo que se realiza allí no es reconocido por la sociedad. "Esto es totalmente desconocido lo que se hace aquí, la sociedad dominicana no se entera hasta que un menor cae aquí, entonces los familiares comienzan a buscar qué hacen ahí... la gente no apoya esta causa", se queja.