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La historia de Padilla: Un deportado en su propia tierra

Los crillos deportados por EEUU tienen la esperanza de volver

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La historia de Padilla: Un deportado en su propia tierra
Santo Domingo. En el Distrito Colonial de esta ciudad, a cinco minutos del barrio de San Carlos, los deportados están en cada esquina, gente de edad media que hablan inglés perfecto y caminan con el aire de un tipo citadino. Así comienza el artículo publicado en el diario The Sun, de Nueva York, bajo la firma de Daniela Gerson, periodista del periódico. A continuación un extracto del artículo.

Se congregan en la Capital para mercadear sus habilidades en inglés. Son guías turísticos, venden cuadros, cambian dinero, algunas veces venden drogas.

El trabajo, particularmente para los deportados, es difícil de encontrar; muchos pasan hambre frecuentemente. Tienen mejor salud que los adictos a la heroína, no están tan desesperados, pero están muy lejos de estar contentos. La mayoría son convictos de drogas, quienes según marcha la historia se van envolviendo con la gente equivocada mientras crecen en los duros vecindarios de los Estados Unidos.

Entre los deportados, cerca de un 25 por ciento vivió más de 20 años en los Estados Unidos, de acuerdo a Nina Siulc, una candidata al doctorado en Antropología en la Universidad de Nueva York, quien se especializa en la gente atrapada en el Programa de Deportación.

La mayoría de ellos dejaron atrás hijos en EEUU, quizás el 50% de ellos han ya abandonado la RD y han regresado ilegalmente a los Estados Unidos.

Manuel Padilla, un veterano de la comunidad de deportados, puede enumerar más de una docena de deportados que él conoce, que murieron después de recaer en las drogas o por Sida.

Para Padilla, que llegó hace doce años, mantenerse fuera del problema es una lucha diaria. "Yo no voy a usar drogas para olvidar, yo no voy a desperdiciar mi espíritu, mi alma", dice Padilla. "Aquí lo que tienes que hacer es ir con la corriente". Padilla sirvió 40 meses en la prisión estatal en los ’70, cuando acusado por robo y drogas aceptó negociar con la Fiscalía.

Creció junto a siete hermanos en un apartamento cerca del proyecto Douglas, en el Upper West Side, y atraía los problemas. A los 14 empezó con marihuana, tres años después lo agarraron en un robo; llegando ya a los 48 e infectado con sida, Padilla no está listo para aceptar que él morirá solo en esta calurosa Capital.

Volvió a la escuela para aprender a leer y escribir en español y se ha convertido en guía turístico, introduciendo a los visitantes extranjeros a la brillante historia colonial de Santo Domingo, la primera ciudad construida por Colón.

Su madre María es una orgullosa mujer que crió siete niños en Washington Height sin tomar ayuda del Gobierno. "Él era tan pequeño cuando vino a este país", dice la señora Padilla en su apartamento en Manhattan - comenzando a llorar-, "todo lo que aprendió, lo aprendió aquí".

En una reciente visita en julio, encontró que la salud de su hijo se había deteriorado mucho. Ahora, con casi 70 años, lucha para que su hijo vuelva a EE.UU..

De acuerdo con abogados de Inmigración, sin embargo, a pesar de su enfermedad y de sus conexiones familiares sus oportunidades de regresar a Nueva York vivo son muy escasas.

"Ahora que voy a cumplir 50 quiero demostrarles que no tengo la misma ignorancia, que no soy el mismo estúpido. Así es que devuélvanme a los Estados Unidos, por favor".