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Manuel Vicente Diez Méndez; un hombre de superación

Papá fue un hombre de superación. Tallado en una gran generación que poco a poco empieza a dejarnos. La generación que creó el mundo empresarial y social que hoy tenemos y que rápidamente está cambiando para ajustarse a las nuevas realidades globales.

Hoy hubiera cumplido 80 años y hasta el final tenía ese ímpetu y vigor que se tiene cuando hay que empezar con muy poco, para llegar a lo mucho. Ese espíritu de siempre querer exceder, lo llevó lejos. Tuvo que dejar sus estudios universitarios pero llenó ese vacío leyendo a menudo y ofreciéndole a sus hijos la mejor educación posible.

Se consideraba un hombre de maneras y gustos sencillos, pero bien seguro de sí, de lo que quería y de hacia dónde se dirigía. Tanto así, que buscó el complemento y se casó con la mujer de la que se enamoró, aun siendo ésta de más roce social que él.

Su ávido deseo de conocer y explorar otros mundos, lo sació viajando en cada oportunidad que tuvo. En uno de esos viajes vivió una desagradable experiencia pidiendo un vino, porque lo miraron como insinuando "éste no sabe lo que está pidiendo para beber". Se sintió avergonzado, y eso lo motivó a tomar acción para no volver a vivir una situación similar. Así fue como se entregó de lleno al estudio de los vinos hasta convertirse en un gran enólogo.

Un hombre que siempre quiso ser mejor y más de lo que era. Recuerdo que constantemente me preguntaba "¿sólo quieres ser uno más en la vida?". No le gustaba perder, pero tenía una capacidad única de borrar problemas y empezar de nuevo.

No le dedicaba muchas energías a cosas que no iban bien y preferiría eliminar las dificultades rápidamente. Me viene a la memoria una inversión que tenía en una compañía que no iba bien. Después de un tiempo de buscarle soluciones que sólo se convertían en más aportes de capital para el negocio, un día fríamente tomó las acciones que le correspondían y se las regaló a la persona que administraba el negocio.

Yo le pregunté que si estaba loco, porque con esa decisión lo que hacía era perder su inversión. Sin embargo, era su manera de quitarse preocupaciones de arriba. En su cabeza, no había desaprovechado su inversión, sino que había salido de una encrucijada: lo que adicionalmente perdería si seguía en ese intento.

Tenía una capacidad única de "animar-frustrarnos" con sus fuertes riendas. El dinero para un carro para sus hijos nunca apareció: "Manuel, esto no es una negociación, tú no vas a tener un carro hasta que trabajes, punto y se acabó". Sin embargo, a la semana siguiente aparecía el dinero para algún proyecto de la escuela o cualquier viaje que nos hiciera aprender. Nos negaba un carro, pero nos pagaba una experta en admisión a universidades en Estados Unidos.

Hace muchos años me llevó a un evento deportivo en Finlandia y por primera vez volamos en primera clase... ¡y qué primera clase! Había hasta un chef que venía y te preguntaba que deseabas comer. Yo estaba fascinado con el viaje y en medio del Océano Atlántico, a más de treinta mil pies de altura, Papá se inclina hacia mí y me dice que íbamos en primera clase porque quería que yo me diera cuenta de lo que se podía conseguir en la vida, si se trabajaba mucho y uno se superaba permanentemente…"a esto se puede llegar, pero tienes que ganártelo".

Le apasionaban los caballos de Paso Fino, y al igual que en los negocios, quiso superar la raza dominicana de estos équidos. En un viaje a Medellín, Colombia, tuvo la oportunidad de comprar a muy buen precio unos caballos y yeguas a los que veía no sólo con mucho potencial, sino también como su medio de realmente crear algo mejor del caballo de Paso Fino en República Dominicana.

Uno de esos caballos era un potro al que le pusimos el nombre de Ladrillo. Un tiempo después, Ladrillo se convirtió en campeón Panamericano en el 1979. Era uno de sus grandes orgullos.

Nunca vi a Papá dando un mal ejemplo, nunca lo vi borracho, nunca lo vi con otra mujer, nunca lo vi con una pistola, nunca lo vi desequilibrado. Le encantaban los deportes y de los mejores momentos que pasé con él, recuerdo claramente los viajes al Yankee Stadium en Nueva York y los juegos de la NBA en la televisión en su estudio en casa. Yo iba a los 76ers de Philadelphia y él a los Celtics de Boston.

Las cabalgatas a caballo en Jarabacoa fueron muchas y variadas. Sus sesiones diarias con la "famosa tarea de la escuela" eran legendarias y origen de muchos desalientos con él; era su manera de asegurar el mejor provecho de sus hijos en la educación.

Aunque no era hombre de grandes demostraciones físicas de amor, me consta que sus hijos eran su gran orgullo; creo que en parte porque veía en nosotros una continuación lógica de su proceso de permanente crecimiento que quería llevar aún más lejos. Quizás lo veía como una extensión de sí mismo.

No tuve el privilegio de trabajar mucho con Papá porque su enfermedad le robó rápidamente su capacidad de tomar decisiones, y cuando regresé a Dominicana a trabajar, me di cuenta que éramos muy diferentes en nuestras visiones de negocios, pero muy similares en nuestro deseo de superación. Papá ya no estaba en la capacidad de hacer el cambio necesario, al cual forzaba la transición que estaba sucediendo en el país en la década de los noventas.

El mundo estaba cambiando rápido y su enfermedad no le permitía luchar contra nada más que no fuera eso. Mi deseo de expansión empezó a chocar con su padecimiento, pero entiendo que él siempre se dio cuenta de que no había otro camino. Pienso que los encontronazos con él eran su única manera de desacelerar el proceso de cambio. Recuerdo claramente una reunión en el salón de conferencias de su oficina, sobre algunos proyectos y preocupaciones, donde estaba toda la plana mayor del grupo que dirigía.

Después de algunos momentos tensos, yo no dije mucho más en la reunión. Cuando todos se fueron él me llamó, me sentó y me dijo: "¿Tú crees que yo no te conozco? Ahí estaba todo el mundo hablando mucha teoría y tú al final no dijiste nada. Yo sé que tú vas a salir por ahí y hacer las cosas como tú consideras, porque sé que no estas de acuerdo con lo que se discutió ahí". ¡Tenía toda la razón del mundo!

Durante toda su vida, ese deseo de superación le permitió muchos privilegios y oportunidades, pero lo más importante es que nunca perdió la sencillez y humildad que siempre lo caracterizaron. Aprendió inglés, aprendió de vinos, aprendió a viajar pero lo que al final de sus tiempos hacía era irse a un pequeño comedor en Jarabacoa donde podía comer pastelón de plátanos maduros, arroz, habichuelas y fritos verdes.

Prefería un dulce de leche, aunque le encantaba un soufflé de chocolate. Degustaba pato pequinés, pero adoraba un plátano con huevos. Se deleitaba con Sinatra, pero bailaba Juan Luis Guerra. Iba a la ópera, pero era hombre de cine. Condujo Mercedes, pero se sentía más cómodo en Toyota. Le fascinaba el vino francés La Mision Haut Brion, pero cuando le preguntaban cuál era el mejor vino del mundo, él respondía: "el que mejor te sepa a ti".

Lamentablemente Papá finalmente se cansó de luchar en contra de la terrible enfermedad que le robó una gran parte de su vejez. Nunca se rindió y nunca le escuché cuestionar el porqué le había tocado a él ese camino. Era un hombre regio y a veces poco expresivo, pero con una fuerza de voluntad increíble. Quizás fue esa misma capacidad la que le permitió llegar tan lejos ante una enfermedad tan fuerte como el Parkinsons. No creo que le temía a la muerte; era un hombre muy práctico y realista para eso, y sé que de alguna manera se fue en paz.

Brindaremos siempre a tu nombre Papá: Feliz Cumpleaños. Espero que finalmente consigas el descanso que tanto te mereces y aunque no lo creas, superaste hasta la enfermedad que te agobió. Sobrepasaremos mucho en nuestras vidas y celebraremos la tuya con toda la sencillez y humildad conque la viviste. Es duro enfrentar el no tenerte presente, pero de alguna manera nos dejas ese reto, que nos toca vivir a nosotros ahora.

Que en paz descanses... con mucho amor,

Manuel