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Amando nuestras playas hasta la muerte

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Amando nuestras playas hasta la muerte
Playa Blanca en Punta Cana (MARVIN DEL CID / ARCHIVO)

En 2016, tuve la oportunidad de presentar los trabajos de la Fundación Grupo Puntacana en varias sesiones de alto nivel en la Conferencia de las Naciones Unidades sobre Biodiversidad (COP 13) en Cancún, México. Compartiendo el escenario con expertos, científicos, y representantes de gobiernos internacionales, presenté la experiencia del sector privado turístico en República Dominicana en la protección de las playas y arrecifes de coral, las especies nativas y la integridad del ecosistema costero en que opera el turismo nacional del país.

En la Conferencia de Biodiversidad, un tema repetido fue un fenómeno creciente, especialmente en destinos turísticos como Cancún, llamado “over-tourism” o “sobre-turismo.” El sobre-turismo se define como “los peligros potenciales para los destinos populares del mundo, presionados por las fuerzas dinámicas que ocasionan consecuencias negativas inevitables si no se gestionan bien. En algunos países, esto puede llevar a una disminución del turismo, ya que nunca se implementa un marco sostenible para hacer frente a los efectos económicos, ambientales y socioculturales del turismo.”

En la reunión de Cancún, se presentó la forma en que el sobre-turismo está afectando distintos destinos del mundo, entre ellos Venecia en Italia, Machu Pichu en Perú, y incluso el mismo Cancún, México. La amenaza de la sobre-visitación en esas zonas es palpable. Existe una congestión de gente en los espacios públicos, atractivos y en el caso de Cancún, en las playas.

En la ausencia de políticas gubernamentales coherentes, el aumento de la densidad de turistas los está sobre-cargando a un ritmo no controlado. En vez de una buena planificación que promueve la utilización de una mas amplia diversidad de atractivos a través de un área extendida, se esta concentrando la mayor cantidad de visitantes posibles en espacios limitados. Eventualmente, la infraestructura natural y humana no aguanta la concentración de visitantes. En pocas palabras, el sobre-turismo lleva los destinos a ser “amados hasta la muerte.”

En mi presentación, la audiencia presente se sorprendió escuchar sobre el éxito de la región de Punta Cana, que se basaba en la visión de un grupo de empresarios que habían tomado una serie de decisiones fundamentales que marcaron la trayectoria del destino. En particular, en la ausencia de una inversión y presencia estatal, esos desarrolladores mostraban una visión marcada de auto-control, asumiendo el rol de reguladores para garantizar el desarrollo sostenible de la zona.

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Infografía
Jake Kheel durante su ponencia en la COP 13 de Cancún.

Entre esas decisiones claves, crearon un sistema de producción eléctrica privada, diseñaron sistemas de distribución de agua potable privados, y construyeron plantas de tratamiento de aguas servidas privadas. Se acordaron voluntariamente limitar la densidad del desarrollo, manteniendo un límite de 40 habitaciones por hectárea, vastas áreas verdes y una altura de las edificaciones de no más alto que un cocotero (4 pisos) para no irrumpir en el paisaje natural.

Esos fundamentos lograron un impacto ecológico positivo que ha permitido la dinamización de la economía turística del Este. Sin lugar a duda, siendo los inicios de los avances de protección ambiental, se cometieron errores. El turismo nacional ha tenido un impacto ambiental. Pero ese impacto es incomparable con las consecuencias de no tener ninguna regulación y de no haber existido esas medidas.

Aproveche mi visita a Cancún para visitar algunos homólogos en el área ambiental del complejo donde se realizaba la conferencia. Me mostraron sus esfuerzos en el manejo de proyectos de residuos sólidos y la conversión de materiales orgánicos en compostaje. Compartimos experiencias sobre el manejo de playas y las zonas costeras. También, hablamos de las importantes lecciones que se habían aplicado para mantener la integridad ecológica dentro de su propiedad.

A diferencia de la mayoría de los complejos en Cancún, ninguno de los edificios ese complejo sobrepasa de 4 pisos. El resort se mantiene un terreno extendido de reserva ecológica de manglares y humedales para especies locales. Sus 3.1 kilómetros de playa cuentan con 2,300 habitaciones, manteniendo las áreas verdes y playas libre de grandes masas de turistas. Me quede gratamente sorprendido de sus buenas prácticas y la perspectiva de una relativa baja concentración de visitantes.

Por eso es tan chocante el cambio radical en el modelo de negocio de ese mismo resort basado en fundamentos de baja densidad, cuando salen a construir hoteles en otros países, como Republica Dominicana y Jamaica. Al contrario, su estrategia fuera de México es precisamente exprimir una mayor cantidad de habitaciones en menos extensión de terreno, poniendo en riesgo la sustentabilidad de otros destinos en otros países. Después de los impactos del sobre-turismo en la zona de Cancún, ese aumento significativo en la densidad de sus proyectos seguro no sería posible en México, precisamente por las amenazas ecológicas que representa.

Esa estrategia tiene riesgos considerables ambientales. Las torres de altura contribuyen al aumento exponencial del número de personas en las playas, la ampliación del consumo de agua potable, la presión sobre el acuífero local, la generación de una cantidad inmanejable de desechos y el tráfico y congestión de los espacios públicos. En destinos como Miami, los edificios costeros han contribuido directamente a la inestabilidad y erosión de las mismas playas, requiriendo inversiones públicas enormes para alimentar las playas de arena. Las torres de altura también implican un impacto visual considerable que interrumpe el paisaje natural afamada que atrae tantos visitantes actualmente al país.

En Punta Cana, donde nunca se ha necesitado edificaciones de altura para lograr un crecimiento sostenido, la presencia de la primera torre creará un nuevo precedente peligroso. Las torres abrirán una caja de pandora de nuevas construcciones en la zona, abriendo el paso a una cantidad ilimitada de edificios y sus negativas secuelas ambientales. Faltando un proceso formal de conciliación publica, ni una vista pública autentica, no se puede esperar tampoco un proceso legítimo en futuros proyectos.

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Infografía
Vista aérea de parte de Bávaro. (MARVIN DEL CID)

En el estudio realizado por el World Travel and Tourism Council por McKinsey y Asociados sobre el sobreturismo (Coping with Success: Managing Overcrowding in Tourism Destinations), se elaboró una serie de recomendaciones técnicas para enfrentar la problemática del sobre-turismo. Entre es recomendaciones, quizás la de mayor relevancia para la Republica Dominicana es la siguiente:

“Involucre a todos los sectores de la sociedad: comercial, público y social en la planificación. Los datos perfectos y la estrategia solo pueden funcionar si todas las partes interesadas están involucradas a lo largo del proceso. Las autoridades de turismo deberían crear comités y otros mecanismos formales para trabajar con las partes interesadas, incluidas las comunidades locales, para discutir problemas y diseñar soluciones para el sobre-turismo.”

En definitivo, eso aún no ha ocurrido en Punta Cana. Las comunidades, empresarios, y familias que dependen del turismo merecen la oportunidad de expresar su visión para el futuro del destino frente un cambio tan radical en la forma de desarrollo. Respetando las intenciones de nuevos desarrolladores de complejos turísticos, y sin cuestionar sus motivos en cambiar su modelo de negocio hacia la realización de edificaciones de altura, el tema de la densidad en el turismo es primordial para garantizar el éxito de la industria hacia el futuro. Los impactos ambientales que iniciará un derrame de torres son lo suficiente serios que se debe estudiar más profundamente. No se puede permitir que la amenaza del sobre-turismo se convierta en nuestra realidad.

Como decía San Bernard de Calairvaux, “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.”

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