Perdido en el mar
Fue a bucear y quedó a la deriva en el mar. Fernando Báez, director de cine, cuenta cómo fueron esas 48 horas perdido en medio de la nada, sin esperanzas de ser rescatado, y cómo, ocurrido lo imposible, ve la vida hoy después de esa experiencia.
Fernando Báez (55 años, cineasta) estaba feliz. Finalmente, tras años realizando documentales de conservación y medio ambiente en República Dominicana, cumpliría un viejo anhelo: viajar al Banco de la Plata a filmar ballenas jorobadas.
Tenía los recursos económicos, el permiso oficial y un equipo de profesionales que lo acompañaría en la expedición que debía durar 21 días. Montado a bordo del Orión -el barco de la Marina de Guerra que los trasladaba-, pensó en las imágenes que podría conseguir. El lugar al que se dirigía era único: Banco de la Plata tiene la mayor población de ballenas jorobadas del Atlántico Norte.
Fernando había escogido marzo para realizar el viaje, época en que las ballenas llegan a aparearse, parir y criar sus ballenatos. Pensaba en filmarlo todo. Pensaba en la posibilidad de nadar con ellas. Pensaba que, finalmente, se había hecho realidad su sueño.

Fernando con parte de su equipo de filmación submarina
***
Banco de la Plata es una plataforma submarina que está ubicada a unos cien kilómetros al norte de República Dominicana. La mayoría de las embarcaciones nacionales sale de Puerto Plata, el punto más cercano desde tierra. En un buque grande, como el que utilizó Fernando, la distancia se cubre en 28 a 30 horas.
Banco de la Plata fue declarado Santuario de Ballenas en 1986. Su base de coral forma un arrecife protector que hace del lugar la zona ideal para la reproducción y cría de las ballenas jorobadas. Se calcula que en la época de apareamiento puede haber entre tres y cinco mil de estos mamíferos acuáticos.
Banco de la Plata, en otras palabras, es una zona marina plagada de colosos de 36 toneladas. Una zona marina sin tierra a la vista.
***
El mar estaba picado. Las horas a bordo del Orión se hicieron largas. Durante todo el viaje arreció el mal tiempo. Solo por la madrugada, cuando llegaron a destino, se calmaron las aguas. Entonces, Fernando, su asistente y el divemaster -buzo de seguridad- partieron a lo suyo.
Se alejaron del barco en un zódiac. Eran las 7:45 de la mañana. En la pequeña embarcación se quedaron el capitán de la marina y un asistente, mientras que Fernando y sus dos compañeros se sumergieron en el mar.
Fueron exactamente 29 minutos en otra dimensión. Fernando nadó junto a una ballena y su ballenato: "Tuvimos un espectáculo. Es difícil que uno logre el contacto, porque no es que te tires y la ballena se quede ahí, es todo un proceso para que la ballena te acepte en su entorno. Puede no gustarle el color de tu traje y solo por eso hace un pequeño movimiento y en segundos no la ves más, pero esta se quedó con nosotros. Filmé con ella, bajé, subí... fue bellísimo".
A una señal de Gustavo Torreira, el divemaster, subieron para descomprimir. Fernando salió al aire con un grito de alegría. Todavía estaba en éxtasis con lo que acababa de experimentar. Manipulaba su cámara para ver cuánto había filmado.
Tardó algunos segundos en notar que una tormenta había caído sobre ellos, y que el mar estaba agresivo. Tardó unos segundos, también, en notar la cara de preocupación de sus compañeros. Entonces Gustavo y Alan Guerrero, el asistente de cámara, le dieron la noticia: el zódiac no estaba.
Habían perdido contacto con su única posibilidad de volver al Orión. Y solo había mar a la vista.
"Campeón, tenemos problemas serios"
El capitán que se queda a bordo en una expedición de buceo está entrenado para monitorear las burbujas que desprenden los hombres bajo el mar. De esa manera se mantiene el contacto.
—También usamos un boyarín mamei que soltamos para que ellos [los de la embarcación] le caigan atrás -explica Fernando-. Pero cuando el mar se pica como se picó en esa ocasión, ahí no vale nada de eso, absolutamente.
El zódiac los buscó desesperadamente durante todo el día, sin resultados. Volvió a la nave matriz cuando la noche ya había caído, pasadas las diez.
***
Eran las 8:15 de la mañana. La marejada y la lluvia les impedían ver con claridad. Las olas, altas, elevaban a los tres buzos y les rompían encima.
—Campeón, tenemos problemas muy serios -le comunicó Gustavo.
Fernando supo que era grave. "Él es un profesional veterano, sabía de qué se trataba. Y nosotros, de hecho, sabemos muy bien lo que significa perder la embarcación. Son muy pocos los que tienen el chance de contarlo después".
A la cabeza de los tres se vino de inmediato la tragedia del año anterior. Habían perdido a dos de cinco amigos que habían quedado a la deriva en La Parguera -entre Isla Catalina y La Romana-. "Eran súper veteranos, o sea, si nosotros éramos profesionales ellos eran otra cosa. Uno de ellos era general de las Fuerzas Armadas, un tipo con una condición física impresionante. Pasaron cinco días; dos de ellos nunca aparecieron. Y en ese lugar tenían todo a favor de ellos: puedes decir ‘voy a nadar hacia el norte o hacia el sur', porque te vas a encontrar con Isla Catalina o la costa de La Romana. El caso de nosotros no era ese: estábamos en medio de la nada".
***
La boya salchicha es uno de los elementos más sencillos, baratos y eficientes con los que cuentan los buzos para señalar su ubicación. Ante una emergencia, como lo es haber perdido la embarcación, los que están en el agua inflan este largo gusano colorido para llamar la atención de su posición.
A este elemento acudieron Fernando y sus compañeros cuando tomaron conciencia de su situación. Acompañaron la acción con el silbido de los pitos de auxilio. Nada de eso sirvió. Las olas no dejaban ver ni ser vistos.
***
Las horas pasaron. Y pasaron. Y pasaron. Los tres buzos se mantenían a flote gracias a unos salvavidas inflables en sus espaldas. Se ataron para no perderse, y se abrazaban para alejar el frío marino: "Cuando caía una ola arriba de nosotros era terrible, el agua era fría y nos separaba. Perdíamos entonces el calor humano y teníamos que nadar para reunirnos".
Al hambre, a la deshidratación, al miedo y al frío se sumaba otro peligro: tiburones. Fernando guardaba información inquietante al respecto, que no quiso compartir con sus compañeros: "Cuando la grúa del Orión bajó el zódiac al mar, yo como director iba montado en él. En esa embarcación había un radio de comunicación de un inspector de partes. Mientras la grúa me bajaba, oí la conversación de otro zódiac comunicándose con su nave matriz, pidiendo autorización para regresar a la embarcación porque los tiburones toro estaban muy agresivos:
—Pero ¿qué están haciendo los tiburones que están tan agresivos? -oyó en la conversación.
—Se están comiendo un ballenato muerto.
—Eso se termina en 15 minutos, tranquilos.
—No, no. Hemos pasado mucho susto. Están demasiado agresivos, preferimos irnos".
Ese diálogo penaba a Fernando. "Pienso: no le voy a contar a los muchachos para que no se preocupen. Pero en la noche, cuando no ves lo que puede pasar allá abajo, yo pensaba ‘espero que hayan comido muchas ballenas, para que estén llenos y no tengan hambre".
La entrega
Las horas a la deriva iban mermando el estado físico y anímico de Fernando y sus compañeros. Alan fue el primero en colapsar: "Él andaba en la expedición con el anillo de compromiso. Tenía planeada la sorpresa para el final del viaje, cuando la novia lo fuera a buscar al puerto. Era hermoso. Pero entonces empezó ‘no me voy a poder casar', habló del anillo y se quebró".
El cansancio también le pasó la cuenta al cineasta. Cuando empezó a anochecer, decidió que no aguantaba más el peso de la cámara. Estaba dispuesto a dejar ir las imágenes que había filmado. Se dirigió a Alan y Gustavo: "Bueno, señores, la primera mala noticia es que voy a dejar la cámara".
El divemaster, que conocía bien el equipo de buzo, sacó correas entre los bolsillos, ató la cámara a Fernando y la dejó caer. Ahí, en la profundidad de la noche, el aparato se balanceó al compás de las olas. Una lucecita intermitente le avisaría más tarde a Báez que la cámara se estaba prendiendo y apagando bajo la dirección del mar. Las imágenes capturadas incluirían una que días más tarde, cuando Fernando la viera, le remecería hasta el alma.
***
"Cuando estás fotografiando animales, lo primero es quedarte tranquilo y no hacer movimientos bruscos, hasta que te sientan parte del ecosistema", explica Fernando. Mientras estuvo sumergido con las ballenas aplicó esta técnica, que le ganó un compañero adicional: "Había un pececito que le daba vueltas a mis chapaletas -que eran amarillas chillonas-. Eso me chocaba muchísimo. Y cuando subimos, el pececito se quedó conmigo hasta que nos rescataron, todo el tiempo".
"Hubo un momento en que el hambre, tú sabes... no teníamos nada en los bolsillos, entonces empezamos ‘oye, tenemos que tratar de comer algo', y recuerdo que pensamos en el pececito. Fue imposible cogerlo. Pero aun así, queriéndolo agarrar, el pececito no se iba. Y eso fue una cosa interesante, porque sentí ahí una presencia espiritual especial. Toda la vida ese pececito ha estado en mi recuerdo como algo que me estuvo cuidando y chequeando".
Ese pececito, revoloteando alrededor de las aletas de Fernando, es el que aparece entre las imágenes capturadas en el vaivén submarino de la cámara.
El pececito captado involuntariamente por la cámara, una de las tantas veces que se prendió sola.
***
¿Qué se hace cuando la vida tiene fecha de caducidad? ¿Qué se hace cuando se está a la deriva hacia la muerte? ¿De qué se habla, si es que se habla? "Primero te quiebras. Cuando haces el análisis de sobrevivencia, te das cuenta inmediatamente de cuáles son tus posibilidades. La sensación es la misma que si entras a un consultorio médico porque te duele una muela, y de repente te dicen: ‘tienes una enfermedad y te quedan con suerte 48 horas de vida'. Y tú sabes que no puedes hacer nada, que nada te lo va a curar".
"Nosotros no teníamos ninguna posibilidad, porque el lugar donde estábamos era demasiado grande, demasiado lejos, no había nada... todo estaba en contra de nosotros. Era imposible, ¡imposible!, que nos rescataran. Cuando sabes eso, empiezas a reaccionar".
"Mi gran ventaja en ese grupo era mi condición de hombre de fe. Eso era lo que me movía a hablarles a mis hermanos. Yo sabía que si Dios estaba permitiendo todo eso tenía un propósito. Aun así, sentía el pesar de muerte sobre mi vida, de eso no tenía ninguna duda".
"Pactamos entre los tres: ‘Si estamos en esta prueba, por qué no analizamos qué parte de nuestras vidas no estamos llevando conforme a lo que Dios quisiera para cada uno de nosotros'. Hicimos -recuerdo- un silencio larguísimo, un silencio de horas para hacer ese análisis. Nos revisamos. Fue un ejercicio que nos sirvió de mucho a los tres, y nos cambió de manera contundente".
"Yo le pedía al Señor que me diera una segunda oportunidad, que me dejara ver una vez más a mi esposa y a mis seis hijos. Y entonces llegué a un momento en que le dije ‘esto es lo que yo te pido, Señor, pero de verdad yo prefiero que se haga tu voluntad, no la mía, sino la tuya, que es perfecta. Lo que tú decidas, yo lo acepto. Y si se acaba todo aquí, dame la valentía para no tener miedo'. Y cuando concluí, cambió mi vida porque me di cuenta de que estaba haciendo exactamente la misma oración que hizo Jesucristo en el huerto de Getsemaní antes de ir a la cruz. Eso para mí fue contundente, y sentí mucha paz".
Alfileres en el mar
Fue bajo la forma de una casa que la deshidratación le pasó la cuenta a Fernando. Pasadas las horas, el director tocó suelo. Sus piernas se apoyaron en el piso duro y asfaltado de una escalera, que él subió peldaño a peldaño. Al final de los escalones esperaba una casona enmarcada por dos columnas. Fernando se dio impulso y agarró cada pilar con una mano.
En ese momento, se dio cuenta de que las columnas eran Alan y Gustavo.
***
Habían pasado la noche sumergidos en la más absoluta oscuridad y el sonido de las ballenas, que salían de tanto en tanto a respirar. "De repente se levantaba una y tú sentías ‘braaa' cuando se quedaba respirando, como una vaca grande. Y de repente se iba. Eso me hacía sentir muy tranquilo, porque sabes que no hay tiburones. Por alguna razón las ballenas los ahuyentan".
Los rescatistas habían pasado largas horas buscando. Hasta la Guardia Costera de Miami se había involucrado. El viaje era tan largo, que los que participaban de la búsqueda tenían como orden avistarlos, dar las coordenadas y volver: el combustible no alcanzaba para quedarse en el aire.
Los buzos llegaron a ver aviones y dos helicópteros. "Pero nunca nos vieron. Imagínate lo que era eso: buscaban cabecitas, alfileres en medio del mar".
Al mediodía de la jornada siguiente no daban más del hambre. El mar les regaló un alga. "La cogimos y dijimos ‘Vamos a ver, esto debe tener algún tipo de nutrientes, vamos a comérnoslo'. Pero yo propuse: ‘no es bueno que comamos los tres, porque si es venenoso nos fuimos todos, mejor vamos a comer uno y si no pasa nada van a comer los otros'. Yo fui el conejillo", cuenta Fernando.

Alan flotando entre las olas al amanecer, filmado por Fernando. Estas imágenes formarán parte de un documental de CBS.
***
Eran pasadas las tres de la tarde cuando un avión de la Guardia Costera norteamericana los avistó. "Era un jet enormemente grande. Nunca pensamos que ese sí nos iba a ver, pero estaba haciendo un patrón de vuelo muy característico y eso nos trajo esperanzas. En un momento voló bien bajito y exactamente donde estábamos nosotros dejó caer una bomba de humo. Gritamos como niños los tres, porque sabíamos que era para que los GPS de las embarcaciones enfilaran a ese punto".
Solo cuando ya estaba anocheciendo por segunda vez, llegó el rescate. "Ya estábamos pensando que nos habían perdido de nuevo". Fue el mismo Orión que apareció a salvarlos. "Cuando vimos ese barco que venía para arriba de nosotros fue increíble. La alegría no te la puedo describir".
Bajaron el zódiac para buscar a los buzos. "Mientras venían, nos voceaban y nos tiraban agua. Nos decían que no nos la bebiéramos muy rápido, pero imagínate. ¡Cuando destapé la primera botella no sabía por dónde más echarme el agua!"
***
Alan nunca más volvió a bucear. Se casó y vive fuera de país. Gustavo mantiene aún su centro de buceo. Fernando prepara una película sobre lo vivido, pero, sobre todo, ha cambiado su forma de ver la vida:
"Tal vez ahora soy un poco más comedido. Hago las cosas con más cuidado, sobre todo con las personas que me rodean. Una de las sensaciones más terribles que pasé ahí fue pensar que esas personas que estaban conmigo, hermanos queridos y ahora mucho más, Alan y Gustavo, estuvieron allí porque yo fui el gestor de todo eso".
"Pero mi verdadero cambio es interior. A partir de esta experiencia mi relación con Dios es más íntima, más verdadera. Aprendí que con la misma intensidad que puedes estar cerca de Dios lo estás del mal. En todo momento sentí la presencia de Dios y la presencia de lo malo: malicia en el ambiente, en el frío, en las olas, en el desaliento, en la ira, en la rebelión, en todo. Pero sabía que Dios estaba en medio de todo".
Diario Libre



Diario Libre