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Samaná y la tecnología del encanto (1 de 3)

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Samaná y la tecnología del encanto (1 de 3)
La arquitectura típica de Samaná es uno de los principales atractivos para los turistas que visitan la zona.

Samaná necesita de una estrategia formal que acelere su crecimiento turístico. Su aplicación deliberada debe ser capaz no solo de atraer nuevas inversiones.
Por Juan Lladó

Samaná califica, cual alada juventud, como un divino tesoro. Tal vez por eso fue que el presidente Fernández, al inaugurar la carretera Catey-Las Terrenas el pasado año, dijo que "el potencial que tiene hacia el futuro es inmenso; será el que nosotros le querramos proporcionar. Para mí el sueño será cumplido. Samaná ya se está convirtiendo en el Montecarlo del Caribe". Pero el futuro turístico "que le querramos proporcionar" implica la definición de una correcta visión de lo que sería este "Montecarlo en el Caribe".

Fundado en 1866, Montecarlo es el distrito administrativo más rico del Principado de Mónaco, una diminuta nación independiente ubicada en el sureste de Francia. Su nombre fue hecho famoso por el casino que se instaló allí en 1862 y que pronto se convirtió en un gran foco de atracción. Hoy día el casino, el glamour y el lujo de sus gentes son su marca de distinción. Mónaco, por si mismo, es uno de los más importantes destinos turísticos de Europa.

El hacinado paisaje urbano de Montecarlo, sin embargo, no compagina con las características de paraíso tropical que es Samaná. La noble aspiración del Presidente Fernández sería la de atraer un desarrollo de alto lujo, no de recrear una reglada jungla urbana. Esa no sería la visión de desarrollo correcta para una provincia que conjuga, según algunos, la mayor riqueza cultural con la mayor riqueza natural en el país. Se debe armonizar los atractivos de la península con los segmentos más altos del mercado porque el producto, cual diamante sin tallar, así lo amerita.

Al igual que Montecarlo, la historia de Samaná está signada por un gran interés de los extranjeros por poseerla. En "Breve Historia de Samaná", Bernardo Vega nos cuenta como Colón, en su primer viaje, tuvo en Samaná la primera escaramuza militar de los españoles en el Nuevo Mundo. Ocurrió en el Golfo de Las Flechas, situado en Bahía Rincón (y no frente a Cayo Levantado como se creía). Ahí Colón finalizó su primer viaje y zarpó de regreso a España llevando ciguayos de Samaná, lo cual podría significar que fueron estos indígenas los primeros "turistas" americanos en visitar a Europa. Al llegar en su segundo viaje, Colón recaló primero en Bahía Rincón y, eventualmente, los españoles hicieron desaparecer a los indígenas de la península.

A partir de entonces los españoles, franceses e ingleses se turnaron para ocupar, a través de los siglos, diversas áreas del norte y sur de la península. Los primeros franceses vinieron desde Haití para escapar la guerra de la emancipación, pero los gobernadores españoles de la isla los desalojaban con frecuencia. Los españoles se disputaron el dominio con los franceses según el vaivén de sus guerras con Francia, aunque también veían un potencial agrícola para el cultivo del café, caña, cocos y cacao. Uno de esos gobernadores mandó en 1756 a un grupo de canarios para que fundaran la hoy Santa Bárbara de Samaná.

Por otra parte, el negro aparece en Samaná para los 1520 cuando algunos esclavos cimarrones buscaron allí refugio. Para 1824 llegaron los 200 esclavos libertos de Filadelfia que mandó Boyer y que se establecieron en el sur de la península. Mas adelante Boyer también envió un contingente de haitianos que se estableció en Tesson, al norte de Santa Bárbara.

La presencia francesa volvió a imponerse cuando Louis Ferrand consiguió en el 1804 dominar la parte española de la isla y luego repartió las tierras de la península entre colonos franceses para que las desarrollaran. Ya en 1808 Ferrand inclusive mando a diseñar una nueva Santa Bárbara con jardines similares a los de Versalles y otros rasgos de París. Mientras, los corsarios y bucaneros ingleses merodeaban de vez en cuando por las costas y ocuparon varias veces la península. Pero la presencia más cosmopolita se dio en Sánchez con los sirio-libaneses, italianos, ingleses y escoceses que, a finales del siglo XIX, comenzaron a manejar por su puerto las exportaciones de frutos agrícolas del Cibao.

La codicia de los extranjeros por Samaná, por supuesto, no se debió a un interés turístico. En varias ocasiones los franceses se interesaron por razones geopolíticas, llegando hasta envisionar el canje de la península por Gibraltar y el pago de las reparaciones de guerra haitianas con ella. A partir de l844, fueron varios los gobiernos dominicanos que vendieron o arrendaron a Samaná, pero las disputas entre las potencias frustraron esos planes. El interés de EE.UU. en plantar en la bahía una base naval quedó trunco en 1870 cuando su Congreso no aprobó la transacción.

Estos antecedentes calificarían a Samaná como la provincia de mayor vocación internacional. Sin embargo, el interés turístico surgió apenas en la década de los 70 cuando el Presidente Balaguer remodeló a Santa Bárbara y construyó dos hoteles en sitios estratégicos. Desde entonces el desarrollo turístico ha sido lento y solo en la ultima década es cuando ha tomado cuerpo. Existen hoy unas 3,600 habitaciones hoteleras y menos de 10 grandes proyectos turistico-inmobiliarios. Si bien Las Terrenas es tal vez la comunidad más cosmopolita del país, ni siquiera con un gran aeropuerto en la península se está logrando un flujo turístico considerable.

El desarrollo turístico de Samaná hoy no se apareja con las grandes expectativas que despiertan sus dotes tropicales. Aun con los 123 kms del Boulevard Turístico del Atlántico y precios de terrenos playeros que en algunos sitios oscilan entre US$300 y 400 por metro, las perspectivas actuales no auguran un desarrollo acelerado. El optimista pronostico de algunos de que habrá 15,000 habitaciones en la península para el 2015 no parece viable. No es solo que la crisis mundial ha deparado una notable parálisis a nuestro crecimiento turístico. Es también que los encantos tropicales abundan en la región del Caribe y en Centroamérica y la competencia en la captación de nuevas inversiones se intensifica cada día.

Samaná necesita entonces de una estrategia formal que acelere su crecimiento turístico. Su aplicación deliberada debe ser capaz no solo de atraer nuevas inversiones sino también de pescar las compatibles con las expectativas que marcó el Presidente Fernández. No deberán albergarse sueños irrealistas de que el desarrollo caerá como maná del cielo, y mucho menos se puede pretender que el desarrollo sea de los quilates que se ambicionan. Por tanto, la nación y los líderes provinciales tienen que abocarse a la definición de esa estrategia. De lo contrario seguiremos ignorando como le entra el agua al coco.