Trabajo infantil, un delito que se hace invisible entre la cotidianidad

Miles de niños y niñas en República Dominicana salen a diario a trabajar para asegurar su sustento y el de su familia. El COVID-19 amenaza con aumentar las cifras

Este trabajo es parte del especial de Diario Libre: “Trabajo infantil, la invisibilidad de un delito cotidiano” realizado por Tania Molina y que se enmarca en la declaratoria de la Asamblea General de las Naciones Unidas de que este 2021 es el Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil.

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Juan (nombre ficticio) tiene 11 años. Hace más de tres que dejó la escuela. Vive con su abuela y su padre que, por razones diversas, incluida la salud, no trabajan y sobreviven con los pequeños aportes que les hacen los familiares cercanos.

Las horas que antes dedicaba a la escuela, y unas cuantas más, el niño las pasa ahora en un taller de mecánica en Santo Domingo Este, donde asiste a adultos con algunas tareas. Llega a las 9:00 de la mañana y permanece en el taller hasta las 7:00 de la noche. Al cabo de la jornada, los adultos a los que asiste le dan RD$100 o RD$150, excepto los sábados, cuando pueden llegar a darle entre RD$200 y RD$250 pesos.

Algunos de los adultos en el taller conocen bien a Juan y hablan de las condiciones humilde de la familia del niño y de la necesidad que tiene de poder ganar algo de dinero. En el taller hay otros menores, con edades similares a las de Juan. También en la estrecha calle del pequeño sector donde vive hay varios niños, incluso menores que él que, con entusiasmo, cuentan sus “hazañas” en el mundo laboral.

Juan y sus amiguitos incluso se sienten feliz de poner ganar un dinero que, aunque entregan parte a la familia y pagan su comida, les permite comprarse “cosas”, casi siempre una ropa nueva, sin pensar que esa labor les aleja de un desarrollo integral y de sus derechos de no explotación consagrados en las leyes.

Como la de Juan, hay historias en todo el país de niños que salen a las calles a vender, limpiar botas, pedir, que trabajan en empresas o en los campos agrícolas. Ellos engrosan las cifras de un delito invisible, oculto en la cotidianidad que, de acuerdo a los datos oficiales, afecta a más del 13 % de la niñez dominicana y que puede tener un gran potencializador con la pandemia del COVID-19, la enfermedad causada por el ccoronavirus SARS-CoV-2 que obligó a paralizar las actividades económicas y sociales y que sacó de las escuelas a millones de niños en todo el mundo.

Por trabajo infantil se entiende a las actividades económicas o domésticas que realiza un menor de edad, remuneradas o no, por más horas de las reconocidas para su edad.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) lo define como todo trabajo que priva a los niños de su niñez, su potencial y su dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico y psicológico.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima en 152 millones los niños, niñas y adolescentes entre 5 y 17 años que son víctimas de trabajo infantil o explotación laboral temprana en todo el mundo. De esos, 10.5 millones se encuentran en la región de América Latina y el Caribe.

La Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (Enhogar-MICS 2014), encontró que en República Dominicana el 56.1 por ciento de los niños y niñas de 5 a 17 años realiza algún tipo de actividad económica y que el 12.8 % entra en una de la clasificación de trabajo infantil, que se determina por la edad y la cantidad de horas trabajadas.

La desactualización de los datos, sin embargo, impide hacer un diagnóstico certero de cuál es la situación actual, pero los porcentajes podrían ser más altos a decir de Johnny Bidó, asesor nacional de Protección e Incidencia de World Vision República Dominicana.

“La pandemia ha sido un potencializador de la problemática, dado que las familias en modo de confinamiento han tenido que modificar su dinámica y las formas de generar ingreso. Eso empuja a unos niños que contaban con un sistema de educación que los podía mantener en esos establecimientos por muchas horas, proveyendo, en el caso de la tanda extendida, de comidas y acompañamiento presencial de los maestros”.

Bidó entiende que la dificultad de generar ingresos, sumado a que los niños no están yendo a la escuela, ha movido a las familias a optar por mandar a los niños a las calles para tratar de aumentar las posibilidades ya reducidas para subsistir.

A mediados de junio de 2020, la OIT y Unicef publicaron un informe en el que alertaban que el COVID-19 amenazaba con revertir la reducción de 94 millones en el trabajo infantil lograda desde el año 2000.

“Los niños que ya trabajan podrían tener que hacerlo durante más horas o en peores condiciones. Muchos de ellos podrían verse obligados a realizar las peores formas de trabajo, lo que causaría un daño significativo a su salud y a su seguridad”, planteaba el informe sobre el efecto de la pandemia.

El trabajo cita otros estudios que muestran que un aumento de un punto porcentual del nivel de pobreza conlleva un aumento del 0,7% o más del trabajo infantil.

En República Dominicana, la pobreza aumentó de 21 % a un 27 % debido a la pandemia, conforme cifras oficiales.

Justo la pobreza es la primera razón que empuja a los niños al trabajo, a decir del representante de World Vision.

“Primero está la pobreza como elemento común, que detona este flagelo. Segundo, la falta de oportunidades y acceso a orientación oportuna que le permita tener conocimiento adecuado de los aspectos que tienen que ver con el desarrollo pleno de la vida de la adolescencia. Las personas recurren a explotar a sus propios hijos por falta de orientación”, dice Bidó.

En tercer lugar, señala la influencia del medio ambiente en que se desenvuelven las familias, destacando que, en muchas se suele celebrar a los niños que trabajan, porque se les ve como niños emprendedores.

“Las familias lo celebran y dicen que su hijo es un trabajador, que trabaja como un hombre. Eso es una influencia del entorno y es necesario combatirla, pero para hacerlo se necesita intervenciones integrales, no podemos endilgarle a un solo sector la responsabilidad”, comenta Bidó, que celebra que la Asamblea General de las Naciones Unidas haya declarado este 2021 como el Año Internacional para la Eliminación del Trabajo Infantil. La declaratoria, a su juicio, permitirá un mayor enfoque y dedicación de parte de los sistemas de vigilancia y protección de la niñez, así como el que se destine más recursos para la protección y acompañamiento a la niñez víctima de “este flagelo invisible”.

El trabajo infantil es producto de la pobreza y, a la vez, perpetúa las condiciones de vulnerabilidad social, por lo que suprimirlo sería un paso importante para reducirla.

Consecuencias y riesgos

En su informe Estimaciones Mundiales sobre el Trabajo Infantil; Resultados y Tendencias 2012-2016, la OIT hace una vinculación entre el trabajo en los niños y la educación, destacando que muchos no están escolarizados, y los que sí lo están, a menudo, quedan rezagados en el paso de un curso al siguiente con respecto a sus compañeros que no trabajan.

La OIT estimó entonces que para 2016, unos 36 millones de niños y niñas entre 5 y 14 años, igual al 32 % del total de lo que trabajaban, no estaban escolarizados y que, si bien el 68 % restante iba a la escuela, el tiempo y la energía que les demanda el trabajo interfería con su capacidad para aprovechar las oportunidades de aprendizajes en la escuela. Tampoco contaban con tiempo fuera de ella para estudiar. En consecuencia, esos niños tienen una limitante en las perspectivas de obtener un trabajo decente y medio de vida sostenibles en etapas posteriores del ciclo de vida.

La OIT también alerta sobre los tipos de trabajos, con especial énfasis en el trabajo forzoso. Recurre a estimaciones mundiales sobre esclavitud moderna que al 2016 fijaban en 24.8 millones la cantidad de personas en trabajo forzoso en todo el mundo. De esas, 4.3 millones, igual al 18 %, son niños, incluido un millón que es víctima de trabajo forzoso con fines de explotación sexual comercial, 3 millones de trabajo forzoso y 300,000 por trabajo forzoso impuesto por el Estado.

En el caso de República Dominicana, la Oficina Nacional de Estadísticas, en su boletín Panorama Estadístico 2017, señala, con base en la Enhogar 2014, que el 8.4 % de los infantes entre 5 y 17 que realizan trabajo, lo hace en condiciones peligrosas. De esta modalidad el 4.5% es niña y el 11.9% niño, una diferencia de género que podría explicarse en el hecho de que los varones tienden a estar más involucrados en actividades económicas que generalmente se realizan fuera del hogar y en condiciones inseguras.

“Es preciso destacar que una mayor proporción de niños(as) que realizan este tipo de trabajo, el 12.7% no asiste a la escuela, frente al 8.1% que está inscrito en el sistema educativo”, señala la ONE.

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La Constitución dominicana, en su artículo 56 establece que el Estado debe proteger a los niños, niñas y adolescentes contra toda forma de abuso, explotación económica y laboral, y en su Estrategia Nacional de Desarrollo (END) 2030 se declara que es de alto interés nacional la erradicación del trabajo infantil.

El país también ha firmado convenios internacionales, como el No. 182 de la OIT sobre las peores formas de trabajo infantil, que ratificó en el año 2000, o los números 7, que fija la edad mínima de los niños al trabajo marítimo, y el 10 relativo a la edad mínima de admisión de los niños al trabajo agrícola, ratificados ambos en 1932.

Desde 1997 existe el Comité Directivo Nacional de Lucha contra el Trabajo Infantil (CDN), que viene a fortalecer la aplicación de la Ley 136-03 que crea el Sistema de Protección de los Derechos Fundamentales de los Niños, Niñas y Adolescentes.

Sin embargo, el aparato jurídico no exime de las violaciones de esos derechos que se pretenden consagrar. En 2018, el Observatorio de Políticas Sociales y Desarrollo que coordina la Vicepresidencia de la República, planteaba en su boletín “Trabajo Infantil y Bienestar social en la niñez” que además del trabajo infantil sin remuneración, existen violaciones a la normativa laboral dominicana con la presencia de menores de edad en condición de empleados.

Su consideración se soportaba en el dato de que 2,259 niños, niñas y adolescentes entre 12 y 14 años figuraba como empleado en empresa privada, conforme la Encuesta Nacional de Fuerza de Trabajo (ENFT) 2016, que también mostraba que otros 7,448 eran “ayudantes no remunerados”.

Pero en el país no existen registros oficiales o exactos sobre la persecución a estos delitos. A más de un mes de solicitud, la Procuraduría General de la República no respondió al requerimiento de información en ese sentido.

Solo en el ámbito de la explotación sexual comercial, considerada una de las formas más horrendas de trabajo infantil, se tienen registro de 90 sentencias y 67 órdenes de restricción contra infractores. La información la aporta la Misión Internacional de Justicia (IJM, por sus siglas en inglés), una organización que desde 2013 trabaja junto con las autoridades nacionales para rescatar a niños de la explotación y brindarles servicios de asistencia social.

“Juntos, estamos fortaleciendo el sistema de justicia mediante el desarrollo de estrategias para mejorar la respuesta a este delito por parte de la policía, de los tribunales y de los proveedores de servicios sociales, de manera que el sistema de justicia proteja a todos los niños víctimas de explotación sexual”, destaca el organismo que ha colaborado en el rescate de 253 niños y niñas víctimas de explotación sexual comercial desde 2014, según informaciones que suministró a Diario Libre.

Como reflexiona Bidó y lo demuestra los testimonios de menores de edad y adultos en el audiovisual que acompaña este trabajo, en sentido general el delito del trabajo infantil pasa desapercibido, oculto entre lo cotidiano.

“Hay flagelos que se convierten en uso y costumbre generación tras generación y la gente no lo ve como un delito, en el mejor de los casos lo ve como mala práctica o inconveniente, pero no necesariamente delitos, por ende, a la hora de identificar esa situación no existe el ánimo ni el convencimiento de que debe acudir a las autoridades, sea del sistema de protección o de justicia”.

Por eso, los adultos del taller donde trabaja Juan, igual que sus familiares, destacan la iniciativa del niño de querer ir a ganarse unos pesos. Ajeno a las implicaciones legales o sociales de su oficio, el niño sigue moviéndose entre hierros y neumáticos, soñando con el gran mecánico que será algún día.

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