Un cáncer tras otro, la lucha de madre e hija en medio del COVID

El distanciamiento de sus familiares y la falta de transporte le suman al drama de enfrentar cada día sus enfermedades

Enterarse que sufría de cáncer de mama en 2010 y tener la posibilidad de padecer otro de pulmón en medio del COVID-19 no ha sido lo peor que le pudo pasar a Esperanza Mariano Mendoza, de 69 años.

Su golpe más duro fue cuando supo que su hija Narda Severino (51), que también padeció cáncer de mama en 2016, fue recientemente diagnosticada con cáncer de pulmón.

También fue un gran choque para Narda, pero no la detuvo. “A veces digo que soy como rara, porque al momento el mundo se me cae y luego me digo: Dios es mi guía y él tiene el control de que todo estará bien”, comenta sobre la situación suya y la de su madre.

Padecer cáncer en medio de la pandemia del COVID-19 constituye un arma de doble riesgo para los pacientes. Por un lado, son más vulnerables a los efectos del virus, debido a las condiciones delicadas de salud; y por otro, la pandemia supone dificultades a la hora de recibir el tratamiento oportuno.

El informe “Implicaciones de la pandemia por COVID-19 sobre el cáncer en España”, publicado por la Escuela Andaluza de Salud Pública, cita datos recientes que muestran que las personas con cáncer activo pueden tener un riesgo más alto que las personas en remisión en medio de la crisis sanitaria.

“Los primeros análisis apuntan a que los pacientes con cáncer tienen más riesgo de eventos graves, como ingreso en UCI, ventilación mecánica o fallecimiento, y tienen una progresión más rápida de la enfermedad. Se ha observado también que el riesgo de estos desenlaces fatales es mayor en pacientes que han recibido quimioterapia y cirugía recientemente”, plantea.

El Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos explica que algunos tratamientos del cáncer, como la quimioterapia, suelen debilitar el sistema inmunitario (esto causa inmunodeficiencia) y aumenta los riesgos de tener COVID-19 grave.

Entre enero y agosto de este año el Instituto Nacional del Cáncer Rosa Emilia Sánchez Pérez de Tavares (Incart) realizó unas 28,522 consultas.

Debido a la pandemia del COVID-19, y al dar servicios a pacientes oncológicos de alto riesgo, las consultas se redujeron drásticamente entre abril, cuando solo se realizaron 585 consultas, y agosto (2,024 consultas), cuando se empezaron a retomar con mayor énfasis.

Sumado al alto riesgo que presentan madre e hija por haber padecido cáncer y tener uno activo actualmente, están las dificultades que arraiga la pandemia más allá de la enfermedad, como el tema de la movilidad, la crisis económica por las suspensiones laborales y el nivel de cuidado al que las dos deben someterse.

“Es bien difícil porque a veces uno dice ¿por qué a mí?, pero son cosas que no se pueden cuestionar a Dios y se deben aceptar, porque yo me he dado cuenta que el cáncer no es una sentencia de muerte y tenemos que luchar para salir victoriosos”,
Narda Severino, paciente de cáncer.

Esperanza cuenta que cuando se enteró que tenía cáncer sufrió por sus hijos y esposo, pero todavía más cuando se enteró del diagnóstico de su hija.

“Mira, mi hija nunca me dijo que tenía sospecha de tener cáncer, me lo comentó al tiempo porque ella sabía que yo iba a sufrir. Pero ella es fuerte, me dijo: ´mamá tengo que decirle algo, pero eso se va a solucionar...Yo tengo cáncer de mama´” rememora.

Aunque en ese momento intento hacerse la fuerte para no llorar, cuando estuvo sola lo hizo, aunque ahora se dice que no se puede desfallecer.

Esperanza se siente agradecida con Dios, los médicos y su hija, que se traslada desde La Romana hasta la residencia de su madre en El Seibo, para cuidarla. Aun así, no logra ocultar que le pesa mucho la soledad a la que el COVID-19 la tiene sometida.

“La principal dificultad que he enfrentado durante esta pandemia, sumado al cáncer, es la soledad. Mi esposo falleció hace seis meses y desde entonces paso tiempo sola por el distanciamiento”, indicó.

El esposo de Esperanza falleció por insuficiencia renal, tras varios años de haber perdido la funcionalidad en uno de sus pulmones.

Esperanza vive sola y, además de Narda que se queda con ella algún tiempo para cuidarla, sus otros cuatro hijos pasan a visitarla, pero no se quedan mucho tiempo ya que deben trabajar “chiripiando”, pues la pandemia los dejo sin trabajo.

Sus hijos se dedicaban a la hostelería, uno de los grupos de la economía más afectados por la pandemia. Tras perder sus trabajos, la ayuda económica que ofrecen a su madre se redujo.

“Antes éramos mi esposo y yo, yo tengo mis hijos, pero no podíamos estarlos recibiendo por el tema del COVID-19 y porque algunos se quedaron sin trabajo y se les hacía difícil porque no había vehículo para viajar”, manifestó.

Otra de las dificultades que ha enfrentado por el COVID-19 es el traslado hacia sus consultas, ya que es atendida en el Instituto Oncológico Dr. Heriberto Pieter en Santo Domingo. Esto ha hecho que ambas se retrasen hasta cinco días a la espera de que alguien les brinde una mano amiga y las alcance a la provincia.

Esperanza vive la pensión de su esposo y la ayuda que le puedan brindar sus cincos hijos, por lo cual indica que nunca le ha faltado la comida. Con el tema de los medicamentos ha salido adelante en parte por su seguro, aunque la cobertura no es total.

Narda tiene una mayor cobertura y la única vez que no contó con fondos en su póliza, el Oncológico le facilitó los medicamentos a través de su programa social.

Explica que, al estar en tratamiento, ambas han continuado asistiendo a sus citas y que, gracias al Oncológico, nunca les han faltado medicamentos durante la pandemia.

La lucha de Esperanza

En 2010, cuando Esperanza notó una diferencia en uno de sus senos, fue a su ginecólogo y éste le indicó una biopsia. A los 18 días le confirmaron el cáncer.

“Empezamos el proceso, el mismo médico nos ayudó bastante a llegar al Heriberto Pieter. A los dos meses, el doctor me dijo que había que hacer cirugía porque el cáncer estaba muy avanzado y había que evitar que se propagara a otra parte del cuerpo. Ya estaba en etapa dos”, explica.

El tema de movilidad desde el inicio ha sido un problema para Esperanza. Cuenta cómo debe madrugar para lograr llegar temprano a la consulta, a fin de que le dé tiempo a realizarse cualquier examen que le indiquen.

“Tú sabes que el que anda en vehículo público no es a la hora que uno quiere, sino a la hora que sale ese vehículo”, dijo.

Para el primer proceso recibió ocho quimioterapias y 25 radioterapias y, actualmente su tratamiento incluye inyecciones y pastillas.

“Ahora me están inyectando un medicamento porque después de cinco años me detectaron unos pequeños nódulos en el pulmón, pero no han podido descifrar que tan malignos son porque son tan pequeños que han querido hacerme biopsia, pero no han podido”, precisó.

Un cáncer tras otro, la lucha de madre e hija en medio del COVID
Narda, 73 radioterapias y en espera

Sentada en la galería de la casa de su madre, Narda Severino cuenta cómo en 2016, luego de varios años de haberse sometido a una histerectomía, notó que algo no andaba bien en uno de sus senos.

“Un día me estoy bañando y siento que el nódulo se había trasladado a la parte de arriba del seno, entonces decidí ir a chequearme. Como siempre iba a buscar los medicamentos de mi madre, me mandaron hacer biopsia y me salió positivo”, indica Narda, la única hembra de cinco hijos de Esperanza.

Su cáncer estaba avanzado, había alcanzado el grado tres, así que tuvieron que operarla de urgencia. Le dieron ocho quimioterapias y 73 radioterapias.

La peor parte fue cuando recibió las quimios rojas, pues considera que son las más agresivas.

“Las quimio rojas te dan náuseas, te quitan el apetito, te quitan hasta el deseo de vivir, son cosas que solo los que pasamos por el proceso podemos entender”, narra.

La quimioterapia trata muchos tipos de cáncer de forma eficaz, pero al igual que otros tratamientos, a menudo causa efectos secundarios, estos son diferentes en cada persona y dependen del tipo de cáncer, la ubicación, los fármacos y la dosis y su estado de salud general.

“En 2019 me descubrieron un pequeño nódulo en un pulmón y me pusieron en tratamiento hasta el 06 de octubre, por lo que me tocó otra vez 17 quimioterapias. Ahora tengo que esperar, porque tengo que hacerme todos los estudios para ver cómo estoy”, indica.

A pesar de esta situación, Narda se traslada desde La Romana a El Seibo a atender a su madre y desde ahí las dos viajan juntas a Santo Domingo para recibir sus tratamientos.

“Es bien difícil porque a veces uno dice ¿por qué a mí?, pero son cosas que no se pueden cuestionar a Dios y se deben aceptar, porque, yo me he dado cuenta que el cáncer no es una sentencia de muerte y tenemos que luchar para salir victoriosos”, expresa.

Por el mismo tema de la falta de transporte, en ocasiones a Narda le ha tocado mover el día de su cita hasta cinco días más tarde de la fecha original

“Todo fue a base de sacrificio, tocaba cita cada 21 días, pero a veces iba cada 25. La institución siempre nos ha ayudado a cubrir los medicamentos y, por esta razón, nuca nos hemos visto desabastecidas”.

Dice que los medicamentos para el cáncer son muy costosos y lamenta que, en muchos casos, las personas mueren no por la enfermedad sino por falta del medicamento.

A propósito de que este mes de octubre está dedicado a la prevención del cáncer de mama, Narda recomienda a las mujeres que conozcan su cuerpo y que no dejen de asistir a su médico por chequeos, porque “el cáncer no avisa, es un asesino silente”.

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