Sobre la violencia económica

Melissa dejó de trabajar cuando nació su única hija. Manuel, su esposo, lo prefería así para no contratar a alguien que cuidara la nueva bebé. La niña creció, pasaba el día en la escuela y aunque Melissa quería, Manuel insistía: “No vas a trabajar. Tu lugar es en la casa. Yo me encargaré de lo del dinero.”
Cada vez que Alaiska se preparaba para ir a una entrevista de trabajo, su compañero la cuestionaba. “¿Pero para qué vas a trabajar? Déjate de eso.” En más de una ocasión la llamaron para que volviera a recibir una oferta, pero él se encargaba de no darle el mensaje ni pasarle la llamada del empleo.
No había forma de que Lery acordara con Esmerlin el manejo del presupuesto familiar. “Yo soy el que sabe de dinero en esta casa. Lo aprendí de mi papá, y no es verdad que voy a cambiar”. Así justificaba que Lery le entregara su tarjeta de débito en la que le pagaban su nómina para retirar todo el dinero y disponer de él.
Con Julia la situación era diferente. Su pareja le permitía manejar sus ingresos como analista de recursos humanos. Ella aportaba, según lo acordado, el 80% de lo que ganaba al presupuesto familiar.
Sin embargo, su esposo le exigía que le diera acceso al sistema de banca en línea, y no pasaba un día sin que él, necio al fin, le cuestionaba este o aquel gasto. “Lo tuyo es gastar y gastar. La verdad es que ustedes las mujeres no saben manejar sus finanzas.”
Shannon se vino a enterar muy tarde de su real condición financiera. Había decidido divorciarse, y se acercó a mí para que la ayudara a revisar su situación financiera. Su historial de crédito, el cual ella revisó por primera vez conmigo, consistía en dos páginas completas llenas de deudas, líneas y tarjetas de crédito, todas copadas hasta el límite.
Perdió todo color en su cara cuando revisó el “CICLA” conmigo. “Pero, Shannon, ¿por qué te sorprendes? Para que el banco aprobara esas facilidades de crédito, seguro que firmaste muchos documentos, solicitudes y contratos... ¿O no?”
Avergonzada, bajó la mirada. “Sí, claro que firmé. Firmé muchísimos documentos que él ni me permitía revisar en sus manos... Todo era siempre de urgencia y rápido. Que firme aquí. Que firme allá. ¿O crees que él me daba alguna alternativa?”
Edwin, por sus malos negocios y decisiones de inversión, todos realizadas con préstamos, había dañado su historial crediticio de forma irrecuperable. ¿Su solución para seguir “negociando”? Poner a Jessica, su compañera de muchos años, a firmar cheques sin fondo, y a solicitar préstamos por su propia cuenta, de los cuales él disponía discrecionalmente. “Después te explico, pero vas a ver que con este negocio sí que nos haremos millonarios... ¡Déjamelo a mí!”
Cristóbal, un exitoso empresario zonafranquero, abandonó a Dalisa, su esposa de siete años, con quien había procreado tres niños, incluyendo una recién nacida.
Aunque se comprometió a pagar mensualmente una suma módica para el sustento de los niños, nunca hizo ni la primera transferencia a favor de sus hijos.
Llorosa, Dali me confesó: “Una cosa es que se divorciara de mí... ¿Pero de sus hijos también? Y no sólo es el dinero, es que dejó de existir en la vida de ellos.”
Marielle y Héctor, juntos construyeron todo un emporio empresarial, en el sector de la salud mental. Aunque ambos eran doctores, ella sólo daba consultas, mientras él, además de atender pacientes, manejó la parte administrativa.
Treinta años de sociedad y matrimonio no impidieron que Héctor se enliara con una joven pasante.
“No me vas a creer, pero durante esas tres décadas yo nunca cobré ni un solo centavo de sueldo. Confié en Héctor plenamente.”
“He tenido que contratar hasta detectives”, prosiguió la doctora Marielle: “Ahora resulta que nada está a mi nombre, ni el de él ni la clínica, sino de unas compañías fantasmas en el exterior. Dice mi abogado que mi ex se dedicó a esconder nuestro patrimonio para no tener que hacer una partición justa conmigo.”
Llorosa y desesperada, Marielle exclamó: “¡Pero eso no es lo peor! Lo increíble es que ahora voy a los bancos, y ni una cuenta corriente me abren. Mucho menos una tarjeta de crédito o un préstamo que necesito para lidiar con esta crisis.”
Imaginé la razón, pero como para apoyarla a desahogarse le pregunté por qué.
“¡Es que no existo económicamente! Yo siempre le había dicho a Héctor que quería sacar una cuenta a mi nombre y mi propia tarjeta de crédito, pero él insistía en que no era necesario, que le dejara eso a él, pues con los números yo no servía.”
Melissa. Alaiska. Lery. Shannon. Jessica y Marielle. ¿Las conoces?
Alejandro Fernández W.
Alejandro Fernández W.