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Amenazas cercanas

Hay quienes afirman que la situación no es tan grave como parece, muy por debajo de países como Honduras, Jamaica, Venezuela o El Salvador

La llegada de la semana santa, ocasión de reflexión y descanso para algunos, y de juerga para otros, encuentra a la población atemorizada por el auge de la delincuencia, en la que con preocupante frecuencia participan miembros activos de los organismos que deberían combatirla. No hay duda de que la impunidad que parece rodear la comisión de delitos de mayor envergadura crea condiciones propicias para otras prácticas criminales, al llevar al ánimo colectivo la percepción de que el riesgo asociado con el comportamiento antisocial es bajo.

No es probable, sin embargo, que por esa causa haya una gran disminución en las actividades recreativas, los viajes al interior, el disfrute de playas y montañas, o el consumo de alimentos y bebidas. Podría decirse, de hecho, que el mayor peligro está en quedarse en la ciudad, haciendo las cosas que normalmente se hacen, pues es ahí donde es más probable encontrarse con un problema inesperado, detenido en un semáforo, caminando por la calle, saliendo de una tienda o abriendo la puerta de su casa.

Lo dicho anteriormente pone de relieve uno de los rasgos más inquietantes de la presente oleada delictiva. Y es que los eventos ocurren en el entorno en el que las personas desarrollan sus actividades normales. No hay que alejarse de ese entorno para estar expuesto al peligro, como lo demuestran los casos de los que las personas se enteran a diario, en los cuales han sido víctimas amigos o familiares. La percepción de amenaza es, por lo tanto, más cercana, despojando a la población de la tranquilidad que debería sentir cuando se encuentra en los ambientes con los que está familiarizada.

Hay quienes afirman que la situación no es tan grave como parece, muy por debajo de países como Honduras, Jamaica, Venezuela o El Salvador, y hacen mención de las estadísticas de homicidio y otros crímenes mayores. Pero esos datos no mitigan el temor ni sirven de consuelo a las víctimas.