Amigo del oro
A la República Dominicana le beneficia que el metal amarillo, origen de tantas leyendas, batallas y traiciones, cuente con un poderoso amigo en estos días. Cada vez que el presidente de los Estados Unidos atiza los temores de una guerra comercial, o de una guerra más real en el Medio Oriente, los inversionistas tocan las puertas de su tradicional refugio. Acuden, presurosos, al objeto en el que por generaciones se han cobijado en las épocas tormentosas. Los inversionistas compran oro y otros metales preciosos, y no anticipan quedarse con ellos para siempre, sino hasta que el disturbio pase y sea prudente retornar a sus prácticas habituales.
Debido a la disputa comercial entre las dos economías más grandes del planeta, a la que se sumaron las tensiones con Irán y su programa nuclear, los fondos especializados en metales preciosos recibieron en la segunda semana de agosto la cuarta mayor entrada semanal de inversiones en su historia. Los inversionistas retiraron recursos que tenían colocados en acciones y otros activos de mayor riesgo, y los trasladaron hacia alternativas percibidas como más seguras.
No es sorprendente que exista una gran volatilidad en esas decisiones de inversión, dado el nivel record que han alcanzado los precios de las acciones de compañías. Su alza no guarda relación con el comportamiento de la productividad ni de las utilidades, siendo el resultado de políticas monetarias deliberadas, cuyo propósito ha sido precisamente proveer al mercado accionario de un flujo continuo de dinero para generar ganancias de capital a los inversionistas. Conocedores de esa realidad, los inversionistas atisban ansiosos por señales y eventos que puedan interferir con su bonanza. Pero ya que es un mercado apuntalado por la política monetaria, las aprensiones de los inversionistas son susceptibles de desaparecer súbitamente. Basta una declaración, un índice o un dato para restaurar su confianza, dejar el oro y volver a su conducta previa.
Gustavo Volmar