Señales iniciales
Cuando entramos en algún lugar nuevo, sea éste una oficina, una casa, una tienda o un restaurante, percibimos indicios que nos conducen a forjarnos una idea de lo que podemos esperar. El mobiliario, el ordenamiento de los objetos, el nivel de ruido, los olores, el estilo de la decoración, la iluminación, la limpieza, los colores predominantes, las características de quienes están allí y la distribución de los espacios, entre otros rasgos, nos dan un primer conjunto de impresiones definitorias de lo que allí pasa. Implícitamente, también inciden sobre nuestra idea las cosas que no percibimos. Podemos echar de menos ciertos equipos o enseres, o quizás actitudes y expresiones, que hubiéramos anticipado encontrar en ese sitio.
Esa primera idea está, lógicamente, sujeta a variación, siendo frecuente que luego cambiemos de opinión y que digamos que en realidad era mejor de lo que pensamos, o que por el contrario resultó ser peor. Si sólo somos simples espectadores, o si nuestra reacción inmediata no tiene consecuencia alguna, esa percepción inicial puede no tener mayor importancia y no provocar ningún efecto duradero. Pero si debido a ella decidimos salir del lugar, o variar nuestra respuesta a algo que se nos ofrece o propone, no podríamos asegurar que fuese irrelevante.
Con sus primeras medidas, el nuevo gobierno, contando con el respaldo que los votantes manifestaron en las urnas, enviará señales iniciales acerca de la forma como funcionará y del rumbo que tomarán sus políticas. Cada quien en su esfera de actividades, aunque diga reconocer que falta mucho por determinar, hará uso de esas medidas para elaborar un esquema conceptual de lo que sucederá en lo adelante. Y, muy significativo, adaptará sus propias actuaciones en función de ese esquema, lo que lleva a concluir que dichas señales no son irrelevantes.
Nada obliga a las autoridades a iniciar su gestión con una batería de medidas trascendentales. La población sensata no lo espera.
Gustavo Volmar