Azotes urbanos
Durante siglos la humanidad ha sido asolada por las enfermedades infecciosas, una parte de las cuales son contagiosas de persona a persona.
Los historiadores de la economía asignan un papel estelar a la urbanización en el incremento de los niveles de vida. La proximidad de productores y consumidores hizo posible la mayor parte de las actividades económicas tal como las conocemos hoy en día, las cuales no están diseñadas para ser llevadas a cabo en contextos rurales, con poblaciones dispersas.
El ejemplo clásico a ese respecto es lo que se conoce como la revolución industrial, la cual combinó avances tecnológicos y procesos fabriles para multiplicar los volúmenes de bienes producidos. Las ciudades fueron su centro, agruparon a los trabajadores que a su vez llegarían a ser los principales consumidores. La urbanización y la industrialización se apoyaron mutuamente, concentraron una porción creciente de las transacciones, los ingresos y los gastos.
Entre los rasgos más distintivos de ese proceso dual se encuentran el desborde de las murallas que antes rodeaban a los pueblos, la aparición de las factorías, la especialización laboral, la explotación de los trabajadores, la transformación de los medios y rutas del transporte y la evolución de las monedas. La pandemia del coronavirus hizo recordar, sin embargo, otro factor que fue esencial para que todo eso pudiera suceder.
Durante siglos la humanidad ha sido asolada por las enfermedades infecciosas, una parte de las cuales son contagiosas de persona a persona. Éstas últimas son particularmente destructivas en ambientes urbanos, dada la mayor facilidad y rapidez con las que se propagan. Algunos analistas del crecimiento económico han postulado que de no haber sido por los avances en los conocimientos médicos, y por el desarrollo de vacunas y tratamientos, la progresiva urbanización podría haber quedado detenida por causa de la incidencia de las enfermedades transmisibles y sus terribles consecuencias. Gracias a esos avances, hoy vivimos aglomerados en las ciudades.
Pero aunque permitieron un enorme progreso, nos hicieron vulnerables a nuevas amenazas.
Gustavo Volmar