Combates aéreos

Las cosechas en África oriental están siendo devoradas por las langostas, no las rojas marítimas tan apreciadas por los paladares acostumbrados a la buena cocina, sino los tipos de saltamontes de ominosa fama bíblica. Son criaturas del desierto, que este año han proliferado y asolado vastas zonas de esa región. Muchos lo atribuyen al cambio climático, el cual se ha convertido en la explicación preferida de cualquier anomalía ambiental. Pero sea cual sea la causa, el costo económico ha sido enorme.
Cientos de millones de langostas, con aparente apetito voraz, se han desplazado a través de países como Etiopía, Kenia y Somalia, e incursionado en otros como Uganda y Eritrea. En una parte del mundo que no se caracteriza por la abundancia de comida, la plaga ha incrementado la habitual y cíclica incidencia del hambre en la población.
No es con matamoscas que se combaten esos insectos. Se utiliza la fumigación aérea de los enjambres. Pero en la lucha entre aviones y langostas, éstas están ganando la batalla. En un solo día pueden recorrer hasta 150 kilómetros de distancia, convirtiéndolas en blancos móviles difíciles de derrotar. Habría que tener otro enjambre de aeronaves para poder hacerles frente. Y puede ser que ésa sea la solución.
Las Naciones Unidas, muy involucrada en programas de ayuda al continente más pobre del planeta, ensayará una nueva arma, gracias a adelantos tecnológicos no disponibles hasta hace poco tiempo. Empleará drones no tripulados equipados con sensores que detectan los enjambres, ajustando automáticamente la altitud y velocidad para dispersar los agentes insecticidas sobre ellos, en combates y maniobras que podrían rivalizar las hazañas del Barón Rojo a principios del siglo pasado, aunque sin la emoción y descargas de adrenalina de aquel entonces.
Los manjares preferidos por las langostas son los pastizales y las plantaciones de maíz y sorgo. Se ha reportado que uno de los enjambres cubre un área de 60 por 40 kilómetros.
Gustavo Volmar