De uno a tres
Las autoridades chinas han aumentado el número de hijos permitido
Hay ocasiones en que las medidas son demasiado eficaces. Una de las más controversiales disposiciones aplicadas por los gobiernos comunistas chinos fue la política del hijo único. Los gobernantes en ese entonces reconocieron que el crecimiento demográfico del país absorbía casi la totalidad de los recursos, lo que impedía o limitaba las inversiones con otros propósitos, entre ellos la modernización de las fuerzas armadas, la construcción de infraestructuras y la tecnificación.
Esa política se apoyó en la vinculación entre el bienestar personal y las decisiones estatales, en materia de oportunidades de trabajo, permisos de residencia, programas escolares, asignación de ayudas, fijación de precios y salarios, y perspectivas de progreso. Su poder de persuasión era, por lo tanto, muy considerable, reforzado por métodos de vigilancia y control suficientemente drásticos como para disuadir potenciales incumplimientos. Las autoridades no previeron, sin embargo, lo que sucedería después.
Con frecuencia se indica que el agudo declive posterior en la tasa de natalidad, y los pronósticos de descenso de la población, fueron el resultado de un cambio en los hábitos de las nuevas generaciones. Se dice que acostumbrados ya a un solo hijo, muchos jóvenes resolvieron no tener ninguno, situación agravada por el desbalance entre hombres y mujeres auspiciado por la selección deliberada de hijos varones.
Esa explicación de índole cultural con vertientes sociales pasa por alto, sin embargo, la conexión entre el aumento en el nivel de vida y las decisiones de procreación. Los nuevos objetivos de gasto, el trabajo de las mujeres, la creciente urbanización, los horarios extendidos, y, sobre todo, la variación en las prioridades de inversión, fueron disminuyendo el rol de los hijos y retrasando su llegada al hogar.
Alarmadas por la tendencia demográfica, las autoridades chinas han aumentado el número permitido de hijos, primero a dos, y el mes pasado a tres, después del último censo.

Gustavo Volmar