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Defensa emocional

Esta noche la tradición se hace presente en los hogares dominicanos. Es una ocasión propicia para reunirnos y festejar con parientes y relacionados, en algunos casos luego de ausencias prolongadas. La alegría está llamada a inundar esos encuentros, en los que la presencia de los seres amados se combina con las comidas, bebidas y decoraciones típicas de la temporada navideña.

Lamentablemente, para poder adquirir esas cosas que complementan la alegría de compartir con personas queridas, se necesita dinero, y muchos hogares no lo tienen. En sus humildes moradas, numerosos padres, madres y abuelos tendrán hoy que explicar a sus niños por qué razón ellos no pueden disfrutar de lo mismo que ven que otros tienen. Tratarán de alejar de ellos la tristeza y convencerles de que, de alguna forma, ellos tendrán un futuro mejor.

Dada la situación de esos hogares, el que otros dominicanos gastemos en cosas superfluas y sigamos adelante con nuestras celebraciones podría ser considerado como un indicio de insensibilidad social. La economía del comportamiento, sin embargo, ayuda a tranquilizar nuestras conciencias.

Estudios sobre el consumo indican que la sensación de bienestar no depende sólo del consumo propio. Es afectada también por el consumo de las personas con las que estamos en contacto. Por ejemplo, la satisfacción que una persona rica deriva del consumo tiende a ser menor si ella se desenvuelve en un entorno de miseria, y mayor si está entre individuos con un nivel de vida similar al suyo. Dada la propensión humana a evadir el dolor y acercarse al placer, cuando consumimos ocurre un proceso natural que bloquea o atenúa las percepciones de miseria ajena susceptibles de mermar nuestra satisfacción propia.

¡Tenemos ya una magnífica justificación! No actuamos como lo hacemos porque seamos egoístas o insensibles. Nos comportarnos así debido a un inevitable, involuntario e inconsciente proceso psicológico de defensa emocional.