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Desastres provocados

Pero un escenario distinto tendría lugar si se demuestra que la extracción de petróleo y gas vía fracking está asociada a la ocurrencia de terremotos

Los registros históricos de desastres naturales como terremotos, ciclones, erupciones volcánicas e inundaciones sirven de base para la elaboración de las tablas de tarifas, exclusiones, requisitos y demás condiciones de los seguros. Pero ¿qué sucedería si esos desastres fueran también provocados por actividades económicas? Variarían los cálculos actuariales del seguro, y desde el ángulo legal los culpables podrían ser demandados.

El calentamiento global ha estado alterando los patrones climáticos, pero lo hace con suficiente lentitud como para permitir el ajuste gradual de las condiciones de los seguros. Y como la culpabilidad está repartida por todo el mundo y durante decenios desde la revolución industrial, asignar responsabilidades específicas y recabar indemnizaciones es en ese caso un ejercicio complejo y sujeto a debate, con el agravante de que quienes más han contaminado a lo largo de la historia son los países hoy desarrollados, más poderosos que los subdesarrollados que podrían reclamar ser compensados.

Pero un escenario distinto tendría lugar si se demuestra que la extracción de petróleo y gas vía fracking está asociada a la ocurrencia de terremotos. Habría en ese caso una relación directa entre los siniestros y esa actividad económica específica, llamada a incrementar drásticamente su volumen si los precios del petróleo aumentan según se anticipa. Los sismos podrían entonces tratarse como “externalidades” de la extracción, la cual tendría que asumir los costos correspondientes, incluyendo los efectos sobre las condiciones de los seguros.

El terremoto de magnitud 5.6 ocurrido hace un año en el estado de Oklahoma fue achacado a la extracción de petróleo y gas en la región, amparándose en los registros históricos, los cuales revelaron que la actividad sísmica, con promedio actual de 2.5 temblores diarios de magnitud 3.0 o mayor, era 600 veces más intensa que la que había antes del 2008.