Diálogo para reformas
Después de transcurridos varios días de arduas y acaloradas discusiones, los delegados gubernamentales participantes pudieron finalmente anunciar que habían llegado a un consenso. Se habían puesto de acuerdo respecto de la forma que debía tener la mesa que sería utilizada durante las sesiones de trabajo. Ocurrió en ocasión de una de esas infructuosas negociaciones que se llevaban a cabo entre las potencias de la época, encaminadas a encontrar soluciones para los múltiples asuntos en los que sostenían posiciones opuestas. Unas cuantas de esas conversaciones produjeron resultados concretos. La mayoría fueron estériles.
El fracaso de algunas de esas discusiones no se debió a que los puntos a debatir sólo interesaran a uno de los participantes. En principio, la paz, la reducción de armamentos y el cese de los conflictos eran de interés general. Fracasaron porque otros objetivos particulares, como la supremacía militar, la ampliación de las esferas de influencia, el control de recursos naturales y consideraciones políticas domésticas, les superaron en importancia como guías para las iniciativas, posiciones y estrategias a seguir.
Las reformas que el presidente Abinader planteó discutir ampliamente, a fin de arribar a posiciones comunes respecto de su contenido y puesta en marcha, son de interés para toda la población. En estos tiempos de reuniones virtuales y variados niveles de representación, no deben ser motivo de pugna la forma de la mesa y la ubicación de los puestos a su alrededor. Otros objetivos adicionales, no obstante, distintos para cada participante, estarán presentes también y harán sentir su influencia.
A veces sucede que acuerdos sobre puntos menos trascendentales facilitan soluciones posteriores para temas más controversiales. Pasó así con el ya famoso teléfono rojo entre los líderes de los EE.UU. y la Unión Soviética, el cual creó un mecanismo directo de comunicación entre ellos y mejoró el ambiente para futuras discusiones.

Gustavo Volmar