Diferencia inexplicada

Al concluir la primera semana de este mes, el número de casos de COVID-19 en América Latina llegó a los 7.8 millones, mientras África sólo había tenido 1.3 millones. En cuanto a muertes, las cifras eran de 296,246 y 31,277, respectivamente. Y eso sucede a pesar de que la población africana duplica la de Latinoamérica. Diferencias de esa magnitud no pueden atribuirse a que el porcentaje de subestimación de los contagios y fallecimientos sea mayor en África que en América Latina.

En cuanto a la República Dominicana, nuestros cien mil casos superan a los de cualquier nación africana tomada individualmente, con excepción de Sudáfrica y Egipto, la primera con una población cinco veces mayor que la nuestra, y la de la segunda diez veces mayor.

Al inicio de la pandemia, expertos epidemiólogos predijeron que el virus se esparciría en África como el fuego en un matorral seco. Todos los factores que facilitarían los contagios, tales como la pobreza, el hacinamiento, la falta de información y la dificultad de cerrar actividades económicas informales, estaban presentes en ese continente. Y después de los contagios, se temía que las grandes deficiencias en los servicios de salud africanos darían paso a elevadas tasas de mortalidad. Evidentemente, seis meses después, se ha constatado que esos pronósticos estuvieron equivocados.

Igual que ocurre cuando las encuestas electorales fallan en sus predicciones, los investigadores médicos están indagando las causas por las que África ha sido menos afectada. El calor ha sido descartado, pues otras zonas cálidas del planeta han sido severamente golpeadas. El Instituto Tony Blair para el Cambio Global dice que se debe a que la expectativa de vida en África es más baja, lo que deja menos ancianos vulnerables, pero eso no parece explicar una diferencia tan amplia. Otros opinan que obedece a que los africanos han estado más expuestos a otros coronavirus, y adquirieron una respuesta inmunológica más rápida.

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