Divisiones conceptuales
Ganarle a Donald Trump en noviembre del 2020 no debería ser muy complicado. Después de todo, él ha despertado reacciones emotivas en su contra, tratando a amigos y adversarios con desdén y desprecio, hecho de la prensa, los ambientalistas y los liberales sus más enconados oponentes, e incurrido en comportamientos heterodoxos alejados de los principios aceptados. La ventaja de Trump, sin embargo, aparte de los méritos que se le atribuyen respecto de la economía, es la división que existe en las filas de sus contrarios. Ellos comparten el objetivo de salir de él, pero no coinciden en cuanto al tipo de gobierno que desearían tener.
En cierto modo no es una situación novedosa, pues fue esa división la que permitió que el candidato republicano conquistara la presidencia hace tres años. En aquella ocasión, fortalecidos por encuestas que daban por segura la victoria de su candidata, los demócratas ignoraron que entre sus miembros había una fuerte confrontación de ideas, existiendo un segmento compuesto por jóvenes descontentos para quienes el blanco de su rechazo no eran los republicanos per se, sino un sistema socioeconómico dominado por intereses tradicionales. Ese segmento, el más entusiasta y militante, no se sintió representado por Hillary Clinton ni le dio su apoyo.
Los estamentos partidistas demócratas esperan que la meta de desalojar a Trump sea más poderosa que las divisiones conceptuales, lo que conduciría al consenso de que el candidato para el 2020 debería ser capaz de atraer a una amplia gama de votantes, desde los más a la izquierda hasta los moderados. Ese alguien, como Joe Biden, sería potable para quienes ven las propuestas sociales de otros aspirantes como un camino seguro hacia la ruina. Pero las divisiones podrían impedir ese consenso, y aunque una encuesta Ipsos-Reuters de mediados de octubre colocó a Biden como puntero con 21%, la suma de B. Sanders y E. Warren, cuyas ideas son afines, le superó con el 31%.
Gustavo Volmar