Superó la Gran Depresión de los 1930s, pero no sobrevivió a las fuerzas de su propia economía. El cierre en mayo pasado del más famoso de los circos estadounidenses, luego de una larga y colorida historia de 146 años, puso de relieve el cambio ocurrido en el sector del entretenimiento.

Visto anteriormente como un evento familiar, al punto que la compañía de juguetes Mattel fue su dueña entre 1971 y 1982, el circo, igual que muchos zoológicos, pasó a ser objeto de los embates de las sociedades protectoras de animales, opuestas al cautiverio y alegado maltrato de especies para fines de exhibición o explotación. Su ocaso, sin embargo, se debió a que su modelo de negocio ya no era viable.

El circo Ringling Bros. Barnum & Bailey describía sus actuaciones como el espectáculo más grande del mundo, parecido a como las Grandes Ligas del béisbol llaman Serie Mundial a su evento anual cumbre. Pero fuese el más grande o no, era ciertamente impresionante, y una película de 1952, protagonizada por luminarias como Charlton Heston y James Stewart, celebró sus peripecias.

En sus sedes itinerantes presentaba hasta tres escenarios simultáneamente, siendo en una época una atracción habitual para residentes y visitantes. Sus dos trenes, cada uno con cerca de 60 vagones llenos de elefantes, tigres, leones, camellos, payasos, jinetes, magos y demás integrantes, viajaban de una ciudad a otra, donde eran esperados con alegría por niños y adultos. Eran otros tiempos. Hoy en día, cuando los efectos especiales y la realidad virtual hacen ver cualquier proeza física como algo trivial, el mundo de los equilibristas, acróbatas y domadores no despierta el mismo asombro de antes.

El año pasado, supuestamente debido a la presión de los activistas por los derechos de los animales, pero quizás más bien por el alto costo de mantenerlos y transportarlos, el circo retiró sus trece elefantes, lo que agravó el descenso de sus ingresos.

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