Eslabones rotos
La presencia de un organismo viral hizo tambalear los mercados.

Definitivamente, no hay enemigo que sea pequeño. La presencia de un organismo viral, de minúsculo tamaño, hizo tambalear los mercados financieros internacionales, principalmente en Asia, la región donde su incidencia comenzó y fue más intensa. Su capacidad de infectar seres humanos y transmitirse de persona a persona, combinada con su morfología novedosa, lo convirtió en una seria amenaza para la salud, suficientemente grave como para motivar alertas mundiales, suspensiones de vuelos, chequeos en puertos y aeropuertos, cuarentenas y operativos de emergencia. Sus víctimas mortales aumentaron rápidamente, mientras científicos laboraban contra el reloj para elaborar tratamientos efectivos en su contra.
La economía, sin embargo, no es muy sensible a las pérdidas humanas. No se apena, ni se conmueve, ni se pone de luto. Lo que provocó la reacción a la baja de los índices financieros no fueron los fallecimientos a causa del coronavirus, sino las medidas tomadas para contenerlo. Las autoridades chinas, en un procedimiento digno de figurar en una de esas películas sobre epidemias apocalípticas, aislaron la zona más afectada, interrumpiendo efectivamente el intercambio con ella de bienes y servicios. Y resultó ser que esa zona era un eslabón crítico en la cadena de suministro de componentes de varios tipos de equipos electrónicos. Fueron los temores a las consecuencias económicas de esa interrupción, los que dieron pie al descenso en los mercados.
El incidente fue aprovechado por los sectores que perciben a la globalización y a los chinos como peligrosas amenazas. No obstante, la realidad es que lo mismo, o algo peor, podría haber sucedido si el centro de la infección hubiera estado en una ciudad alemana o estadounidense, si esa localidad fuese también un eslabón importante en las cadenas de producción. No fue la globalización, por lo tanto, la responsable, sino la concentración derivada de la especialización técnica y los rendimientos de escala.

Gustavo Volmar