Estatus desiguales
Hasta hace poco tiempo los economistas no habían otorgado suficiente atención a los efectos del estatus social. Sus análisis del consumo, por ejemplo, estaban basados en el concepto de utilidad, derivado de la capacidad de un bien o servicio para satisfacer necesidades. Se admitía que la noción de necesidad era subjetiva, diferente para cada individuo y dependiente de criterios personales, lo que permitía que la búsqueda de estatus pudiera ser parte del conjunto de necesidades, pero en la práctica no solía figurar entre las motivaciones más mencionadas. Lo que más se le aproximaba era el prestigio que la persona entendía se derivaba de poseer tal o cual bien.
A diferencia de los economistas, otros tipos de profesionales, incluidos sicólogos y sociólogos, han tenido tradicionalmente en cuenta al estatus en sus evaluaciones del comportamiento. Sus enfoques lo colocan dentro de la esfera de la cultura de una comunidad, y es un factor de gran trascendencia para su estructura y funcionamiento.
En estos tiempos en los que el estudio de las desigualdades ocupa un lugar destacado por sus consecuencias sobre el desarrollo, los economistas vislumbran al estatus como un componente de dichas desigualdades, vía su rol en la segmentación y diferenciación de los grupos sociales. Actúa, desde ese ángulo, como causa y complemento de las diferencias en las oportunidades y la distribución de los ingresos.
Hay quienes opinan que el estatus y sus correspondientes jerarquías son un resultado de la especialización funcional, que influye a su vez sobre las asignaciones de recursos y la formación y orientación de las instituciones. En un interesante libro publicado en noviembre del 2019, Cecilia Ridgeway, profesora emérita de sociología en la Universidad de Stanford, explora el papel desempeñado por esas jerarquías en la estratificación de las sociedades, y aplica también sus análisis a contextos más específicos, tales como empresas, familias o compañeros de escuela.

Gustavo Volmar