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Fácil de ganar

Han constatado que en una guerra comercial los países deficitarios pueden perder tanto o más que los superavitarios

Se sabía que el presidente Trump estaba dispuesto a batallar para cerrar el enorme déficit comercial de su país con otras naciones. Lo que no se conocía con tanta claridad era su criterio de que una guerra comercial podía ser buena y fácil de ganar.

Ese criterio reposa sobre dos pilares.

El primero radica en la creencia de que los déficits comerciales son siempre lesivos para las naciones que incurren en ellos. Ve el monto del déficit como una salida de dinero que no retorna, por eso su afirmación de que procura traer esos fondos de vuelta a los EE.UU. Es como si fuera un drenaje de recursos, succionados por extranjeros habilidosos que durante años han estado aprovechándose de la inequidad de los acuerdos de liberalización comercial. De no haberse ido al exterior, ese dinero hubiera sido utilizado para comprar bienes y servicios estadounidenses, lo que habría prevenido el empobrecimiento de millones de personas, industrias, comunidades y regiones. De ahí que la batalla comercial pueda ser buena.

El segundo consiste en la percepción de que en una guerra comercial los países que disfrutan del superávit tienen más que perder y son más vulnerables. Por cada dólar de exportaciones estadounidenses que ellos puedan restringir, los EE.UU. podrán restringir mucho más de uno de las de ellos. De ahí que el conflicto comercial pueda ser ganable con facilidad.

Los economistas vienen rechazando ese tipo de argumentos desde hace décadas, si no siglos. Han constatado que en una guerra comercial los países deficitarios pueden perder tanto o más que los superavitarios, que las estructuras productivas se hacen menos eficientes, que decae el poder adquisitivo de los consumidores, que tener un déficit no equivale a perder dinero, y que conviene tener una moneda en que los extranjeros inviertan. Pero para los estadounidenses que antes fabricaban cosas que ahora llegan desde China, los conceptos de los economistas no tienen valor alguno.