Hoy concluye un proceso natural nunca ocurrido en nuestro país. La ciudad rusa de Murmansk, situada más allá del círculo polar ártico, permanece en la oscuridad durante cuarenta días, período que termina hoy y que es causado por la inclinación del planeta. La llegada de los primeros rayos de luz es festejada con una celebración a la que se le llama fiesta del sol. Los 315 mil habitantes de la ciudad tienen, no obstante, una segunda celebración posteriormente, cuando la luz solar permanece por más tiempo. Conciertos en las plazas, fotografías familiares, caminatas y excursiones a la montaña más cercana rompen el encierro y depresión de los días oscuros, en los que la temperatura no llega a los cero grados centígrados y las personas dependen de suplementos de vitamina D.

El lapso de noche polar tiene una contrapartida opuesta. Entre mayo y junio la ciudad disfruta, si así puede describirse, de los días con 24 horas de sol. Aunque sus efectos son menos dramáticos, ese período de día polar continuo también altera el ciclo de vida de las personas. Dados a escoger entre uno y el otro, sin embargo, la preferencia colectiva se inclina decididamente en favor de la luz.

Pero aparte de sus peculiares características ambientales y sus innegables consecuencias biológicas, esos procesos anuales recurrentes pueden darnos una lección de planificación. Como durante los días sin oscuridad el gasto en energía eléctrica desciende radicalmente, el dinero ahorrado es guardado para ser utilizado durante los días sin sol. Se exime de ese modo a los residentes del costo adicional por iluminación y calefacción en ese último período.

Los países subdesarrollados del mundo que incurrieron en grandes deudas públicas externas durante sus períodos luminosos de rápido crecimiento económico, en lugar de aprovecharlos para reducirlas, no acumularon los ahorros que ahora necesitan para enfrentar las deudas contraídas durante el actual período oscuro de la pandemia.

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