Reportes de felicidad

Los índices que miden la felicidad de las personas no suelen ser muy apreciados por los economistas. Desde el punto de vista analítico, la ausencia de un patrón de medida cuantificable y uniforme hace que los resultados dependan demasiado de las consideraciones subjetivas de cada individuo. Eso provoca que las comparaciones entre personas, países, regiones o grupos sociales sean poco confiables. Habría que tener algún aparato de escaneo cerebral para conseguir mejores datos.

De todos modos, las encuestas para determinar la satisfacción de las personas se siguen haciendo, y aunque su utilidad para algunos propósitos sea cuestionable, pueden servir para saber cómo ha variado la percepción de felicidad de un mismo individuo o segmento de la población a lo largo del tiempo.

Las evaluaciones al respecto muestran un evidente descenso en el nivel mundial de felicidad por causa de la pandemia. Influyen, lógicamente, las deterioradas condiciones económicas derivadas del Covid-19, pero también inciden las restricciones a la movilidad, los menores contactos sociales y familiares, las aprensiones en cuanto a la salud, los fallecimientos de amigos y parientes y, de modo especial, la incertidumbre acerca del futuro. Y a pesar de que esa disminución ocurre para todas las clases sociales, se manifiesta de forma más intensa en las clases de ingresos medios.

Es interesante observar que las peculiaridades de las encuestas de satisfacción mantienen su vigencia. Un ejemplo de ello fue constatado inicialmente tres años atrás por el economista Alberto Prati, actualmente investigador posdoctoral en la Universidad de Oxford. Pudo establecer en ese entonces que, contrario a lo esperado, las personas menos satisfechas con sus ingresos tienden a reportarlos por debajo de su nivel real, en tanto que las más satisfechas tienden a reportarlos por encima, aun sabiendo que no serán identificadas y que la información no será revelada ni usada para otros objetivos.

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