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Robo de señales

La racha de 37 victorias y sólo siete derrotas de los Gigantes al final de la temporada pudo deberse a ese mecanismo

Un día como hoy hace muchos años, el 3 de octubre de 1951, un jonrón pasó a formar parte de los momentos estelares del béisbol de las Grandes Ligas. En el último partido de la serie de desempate y faltando dos outs para que los Dodgers de Brooklyn se coronaran campeones de la Liga Nacional, el tercera base de los Gigantes de Nueva York, Bobby Thomson, envió la pelota a las gradas del jardín izquierdo en la parte baja del noveno episodio, dejando a los Dodgers en el terreno y haciendo a los Gigantes campeones. Ese jonrón de tres carreras se llegó a conocer como el “disparo que se escuchó alrededor del mundo”.

Lo que en ese momento no se escuchó, y vino a saberse después, fue que durante meses los Gigantes habían estado robando las señales que los receptores de los equipos contrarios enviaban a los lanzadores. Con un telescopio instalado en la casa club de los Gigantes detrás del jardín central de su estadio, veían la señal e informaban al bateador desde la zona de calentamiento de los lanzadores. Su racha de 37 victorias y sólo siete derrotas al final de la temporada pudo deberse a ese mecanismo. Thomson dijo luego que no lo utilizó al conectar su famoso jonrón, pero su hazaña quedó ensombrecida desde entonces.

En la esfera corporativa la frontera entre el robo de señales y las actividades legítimas de “inteligencia de negocios” es con frecuencia difusa. Puede haber casos flagrantes que no dejan lugar a dudas, como cuando se paga a empleados de otras empresas para que revelen fórmulas químicas, planes de inversión, memos, diseños, intenciones de compra, campañas publicitarias o el lanzamiento de nuevos productos.

Pero en otros casos que involucran analizar proyecciones, informes, impuestos, declaraciones de ejecutivos, políticas de precios, fusiones, adquisiciones, cambios organizacionales, emisiones de deuda o acciones, contrataciones de personal y otros indicios reveladores, no es evidente que algo haya sido robado.